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José Martí y el gato de Schrödinger
28-01-2007, Aguila, Nicolás

El gato de Schrödinger permanece encerrado en una caja junto a un frasco de gas venenoso. Este se rompería y mataría al gato si se disparara el mecanismo accionado por una partícula radiactiva con un 50 por ciento de probabilidades de ser liberada. Pero según la mecánica cuántica, la fuente radiactiva habrá emitido y a la vez no habrá emitido la partícula en tanto no se haya perturbado el sistema con el fin de verificar el resultado. Por lo que, mientras no se abra la caja, el gato estará vivo y al mismo tiempo muerto.

El experimento mental sucintamente descrito en el párrafo anterior puso la teoría cuántica contra las cuerdas del absurdo, violentando el sentido común mediante la presentación como algo factible de la bivalencia vida/muerte. Sin embargo, aparte de haber sacudido el pensamiento científicamente correcto de su época, la famosa paradoja sigue causando no poca fascinación tanto por el apabullante desafío teórico del constructor como por la envoltura retórica de su formulación. El gato de Schrödinger es un oxímoron que no maúlla pero dice miau.

Algo similar acaso suceda con la figura de José Martí. El prócer cubano por excelencia parecería estar muerto a la vez que vivo en la percepción contrapuesta de idólatras y detractores, que exaltan o niegan de plano su relevancia biometafórica.

Cada 28 de enero se celebra el natalicio del Apóstol de la independencia de Cuba con numerosas conferencias, artículos, ofrendas florales y otros actos de recordación, pero no siempre el ritual conmemorativo había permitido soltar el gato encerrado. En la conmemoración del año pasado, sin embargo, se destapó la caja de Schrödinger (y en cierta medida también la de Pandora) al intentar varios estudiosos del exilio cubano abordar la indeterminación del ser o el estar vivo/muerto de Martí, con el fin de definir la vigencia o no, en términos simbólicos, del legado histórico de su vida y su obra.

Constantemente expuesto a la manipulación política, la mitificación provinciana, la sacralización deshumanizadora, la humanización trivial, la simplificación esterilizante, la descontextualización tendenciosa, la parodia y la deconstrucción, a Martí lo matan y al mismo tiempo le dan vida en cada (anti) homenaje.

Si resultó todo un acontecimiento la edición a mediados del pasado siglo de las obras (casi) completas de Martí, sus frases publicadas en forma de catecismo (fuera de contexto, corregidas, adaptadas e incluso desvirtuadas) contribuyeron a divulgar su pensamiento, pero al mismo tiempo lo estandarizaban con igual rigidez que los bustos cabezones en que el Apóstol parece aquejado de tortícolis crónica.

Junto al culto martiano se generalizaba el marticidio estético, disparado a las alturas por el obelisco del proyecto Plaza Cívica, popularmente conocido como “la raspadura”, que rompe agresivamente el criterio de horizontalidad dominante en el conjunto monumental y nos deja un Martí estatuario, reducido a la mínima expresión del convidado de piedra, impasible por fuerza ante los discursos más descabellados que se hayan pronunciado en toda nuestra historia.

Por otro lado, a Martí lo intentan matar a cada paso con el fuego cruzado de la intertextualidad y la parodia irreverente. Sólo que si la desacralización lo humaniza, el disparo paródico lo mata y al mismo tiempo le da otra vida, otorgándole nuevo sentido al texto original por la vía de la relectura y la reescritura. La posmodernidad, en definitiva, no ha hecho más que reafirmar la pertinencia de los valores de la obra martiana, aun en los casos en que éstos hayan sido sometidos a la implacable deconstrucción del choteo.

Tal vez la irreverencia compense de algún modo una cualidad que le faltó al Apóstol: el sentido del humor, del que también suele carecer la mayoría de los estudiosos martianos, cuya actitud poco lúdica hacia la cultura con seguridad los haría tachar de sacrílega esta divertida y actualizada recreación paródica: “Hay sol bueno y mar de espuma / y arena fina, y Pilar / quiere irse a jinetear / al Malecón con un yuma...”

Aparte de “Los zapaticos de rosa”, uno de los blancos preferidos de los bromistas de todos los tiempos han sido los 'Versos Sencillos'. Pero digan lo que digan sus impugnadores, los VS constituyen una especie de evangelio cívico que ha calado hondo en el imaginario cubano. Además de ser el mejor trazo autobiográfico que nos legara Martí, constituye un canto al decoro cuya gracia y candor han resistido el paso del tiempo como pocos poemarios.
Más de cien años después, la rosa blanca martiana permanece lozana y fresca, sin marchitarse, aunque se mire bajo otra luz generacional y desde otra perspectiva crítica. Su permanencia y atemporalidad es indiferente a los duelos verbales entre martiófilos y martiófobos. Al final, ambos bandos vienen solamente a confirmar y desmentir a un tiempo el constructor paradójico en que se emite y a la vez no se emite la radiación que dispara y que no dispara el gas que mata y que no mata al gato experimental.

Siempre oscilando entre la Calle Paula y Dos Ríos, a Martí lo entierran y resucitan con las mejores y las peores intenciones. “Martí no debió de morir,” clamaba la conocida melodía al tiempo que le insuflaba nueva vida a la figura del Apóstol. “Martí ahora vuelve a vivir,” le corregían la letra los castristas mientras arreciaban la manipulación marticida.

Martí siempre en la memoria, como ara y pedestal, en lo oscuro pero de cara al sol, muriendo pero renaciendo de sus rescoldos ideológicos. Y no como fénix, sino como el felino bivalente del experimento mental. ¿De qué modo asumirlo entonces, muerto o preferentemente vivo?

Gato escaldado, de los esquemas huye. Al abrirse el sistema cerrado de la caja negra de Schrödinger para dar solución a la dualidad vida/muerte, se desbordan los resultados y quedan desmentidas las expectativas. Martí no es gato en jaba. Se escabulle del encierro mortal, se va como en un suspiro y vuelve fosco a su rincón martiano.

El Apóstol por antonomasia se resiste a ser encasillado en las coordenadas convencionales del 28 de enero y el 19 de mayo. Muy por encima del accidente bioanecdótico, el discurso martiano no se ha fosilizado en su metadiscurso, ni ha caído en la trampa de su propia entropía.

Si partimos de la teoría del caos como premisa para la intelección de los eventos socioculturales, podemos asumir que Martí se debate en un grado considerable de estabilidad dinámica que tiende a la inestabilidad para volver a estabilizarse. O dicho en términos más exactos, se mantiene en un permanente estado de equilibrio metaestable. Como los clásicos, que ya es decir.


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