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Debut de un poeta
27-12-2006, Aguila, Nicolás

Entre los juegos de mi infancia había uno que se destacaba por su sana agresividad. Era una broma pesada en forma de adivinanza: “Juan y Dame fueron al río. Juan se ahogó. ¿Quién quedó?”

Si respondías “dame”, ya sabes que en el acto te sonaban un golpe bajo sin derecho a reclamación ni desquite.

Lo mismo que otros juegos orales infantiles, la adivinanza de Juan y Dame desapareció con el relevo generacional.

Pero mira por dónde. Fue rescatada del olvido por la poesía coloquial que se puso de moda a partir de los años 60 en la isla del espanto y la nueva trova. Y a mí me tocó ser testigo de excepción.

Todos hemos sentido alguna vez eso que llaman vergüenza ajena. Yo la sentí la tarde que vi a un antiguo compañero de la secundaria leer un poema del que se decía su autor.

En realidad era una copia casi exacta de aquella adivinanza de mi niñez. Con algunos retoques. Donde decía Juan y Dame, ponía el CDR y la CTC. Luego agregaba un coño y un carajo y ya tenía resuelto el poema. Muy original y vanguardista.

Sin percatarme de toda su trascendencia, ese día estaba asistiendo al debut de una joven promesa de la poesía conversacional.

Hoy sigue de figurón oficialista, haciéndose pasar todavía por poeta y ya sin prometer absolutamente nada. Pero aquella tarde inaugural impresionaba al auditorio de la Casa de la Cultura Municipal (y espesa) con el jadeo de su verso de plomo. Muy en la onda telúrica y sudando la calentura de la antipoesía, que por entonces era la fiebre de la Patagonia al Bravo.

América Latina se estremecía con dolores de parto, pero no acababa de producirse el alumbramiento histórico. Y en eso llega el partero de la Nueva Trova y la puso a parir. "La era está pariendo un corazón" se convertía en la canción emblemática de aquellos años.

Los cubanos más jóvenes (y otros que no lo eran tanto) llegaron a creerse que esa cursilería obstétrica sobre un corazón mal parido era lo máximo de la poética tercermundista.

En los años del teque y la inseminación artificial, mermaba el ganado vacuno y pululaban los poetas. La era lo que estaba pariendo era un bolo fecal.

Si lo que tuve que oír aquella lejana tarde se llama poesía, mi abuela seguramente fue una gran poetisa que nunca se dio cuenta de que lo era y no le dio por anotar sus ocurrencias.

Le faltó la malicia precursora de aquel caradura, que después del pujo en forma de adivinanza pasó a leer un segundo poema sobre el cultivo del tomate hidropónico.

Fue tal el impacto, que recibió una andanada de aplausos y hasta lo fue a felicitar un funcionario de Cultura allí presente.

—Sigue escribiendo así, que vas por el buen camino de la poesía agropecuaria— le aseguró el mayimbe culturoso.

Y el joven poetiso, venciendo las inhibiciones del miedo escénico, se envalentonó y se dispuso a leer el resto del poemario.

—Quiero leerles otras cositas mías que he hecho últimamente— anunció entre coloquial y modestico, pero amenazando con la ventolera de un recital.

Las cositas tuyas se las mete otro animal, me dije yo. Me levanté del asiento con ganas de ir al baño. Y le vendí el cajetín


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