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La peligrosa manipulación del concepto de salud


14-10-2006, Amado Reyes Marrero

Mi intervención de hoy quiero dedicarla especialmente a tratar de contribuir en el uso más apropiado del concepto de salud, de la salud pública y de la medicina, de los cuales en muchas ocasiones hacemos uso indebido y fuera de contexto de estos términos que aunque suenan muy parecidos y van de la mano en el quehacer sanitario de un país, definitivamente no son iguales. Me atrevo a brindar este punto de vista, pues a pesar de haber sido un salubrista formado en Cuba con más de 20 años en el ejercicio, hoy tengo la oportunidad de desenvolverme en otro medio y en condiciones totalmente diferentes, que permiten algunas reflexiones acerca del tema a debate, aunque no lo ubique exclusivamente en la época de Batista totalmente. Pienso que sería poco objetivo de mi parte brindar datos de comparación de un período de sólo 7 años contra 40, si no analizamos la esencia fundamental de lo que queremos debatir.

Existe a mi juicio una forma tradicional de analizar la salud de una población atendiendo a datos de mortalidad y de cobertura de los servicios médicos, que pueden plantear a quien los lea que nos dicen toda la verdad, y realmente no es así. Y no es así, si partimos del concepto de que la salud es un producto social, como lo son otros productos que "fabrica" la sociedad en su desarrollo y con el involucramiento de todos sus actores sociales. De qué se enferma y de qué muere una población no siempre nos dice la situación de salud de esa población, y no podemos asegurar que además de vivir más tiempo que otros, podamos vivir con mejor calidad de vida. Nos han educado en que los indicadores de mortalidad infantil y esperanza de vida al nacer son indicadores de desarrollo social importantes y que con estos dos parámetros podemos medir la salud y establecer comparaciones absolutas. Así estamos cometiendo el error en desestimar otros elementos importantes dentro de ese concepto. Hoy no se trata sólo de vivir más, sino mejor. Ninguna sociedad puede gozar de una verdadera salud si sus miembros no cuentan con entera libertad de seleccionar las formas y estilos de vida que prefieren y si no cuentan tampoco con la información disponible para poder elegir su propio camino en la autodisciplina para su salud. Un ejemplo: Castro y los médicos saben que para poder disminuir los riesgos fatales de las enfermedades cardiovasculares, primera causa de muerte en Cuba y en muchos países, es imprescindible además de estimular el ejercicio, una dieta regulada y cambios en los estilos de vida de las personas expuestas. ¿Cómo es posible que un pueblo que no tiene opciones en la selección de alimentos, con hábitos tóxicos (café, tabaco, alcohol) bien arraigados, pueda eliminar o disminuir sus altas tasas de mortalidad por estas causas? Y todos bien sabemos que la disponibilidad de esos alimentos y de crear esas opciones, no radican en el levantamiento de sanciones económicas por parte de EEUU, sino radican en los manejos centralizados de un gobierno totalitario, que se honra con repartir la miseria entre su población y no de crear condiciones que mejoren esa situación de salud.

Quienes tengan la posibilidad de consultar los anuarios estadísticos publicados por el Ministerio de Salud Pública de Cuba, pudieran revisar los resultados de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares en los años de plenitud y de gozo del socialismo en el mundo y en Cuba y me darán la razón: en 1970 la tasa de mortalidad por Enfermedades Cardiovasculares en Cuba fue de 148.6 por 100.000 habitantes; 20 años después en 1990 era de 200.3 por 100.000 habitantes. En esta época no se hablaba de bloqueo imperialista y más bien, Castro se mofaba del mismo. Pudiéramos preguntarnos: ¿Y de qué sirvieron en esos 20 años tantos programas contra la obesidad, el sedentarismo y mal hábito de fumar, las miles de reuniones con los salubristas, los miles de programas, la educación radial, escrita, televisiva? Era ineficaz y Castro lo sabe y sus dirigentes médicos lo afirmarán en silencio, pues nada podía hacerse si no había la posibilidad de que el pueblo contara con otras opciones para alimentarse, para definir su vida y sobre todo, para enfrentar con libertad muchos de los retos en su propia vida, que dependen, en primerísimo lugar, de esa libertad que le está conculcada a cada cubano de la isla. ¿Por qué no cambiar la manteca de cerdo por aceite de soya sin colesterol? ¿Desconocían los planificadores del socialismo, los médicos nutricionistas, los profesores de educación física o los cardiólogos cubanos de estos riesgos ? No, pero hoy siguen consumiendo aún mucho más manteca de cerdo y la que aparezca. ¿Es eso dirigir y crear una buena salud? ¿Es un pueblo sano aquél que eleva ostensiblemente las tasas de fumadores entre la población joven y el cáncer de pulmón? La gran falacia creada con las Tasas de Mortalidad Infantil en Cuba y en cualquier lugar del mundo que se manipulen políticamente como lo hace Castro, nos hace reflexionar sobre la realidad de estos resultados.

Conocí muy bien los aspectos administrativos de los programas de mortalidad infantil y puedo asegurar que el tener un fallecido menor de un año más que el año anterior, le podía costar el puesto a un secretario del partido de una provincia. Era todo el recurso de un país puesto en función de un objetivo: bajar cada año más puntos la tasa de mortalidad infantil. No importaba que se nos muriera un Doctor en Ciencias Veterinarias de 34 años por no disponer de un diagnóstico descentralizado de laboratorio para la leptospirosis o el no haber una cama donde ingresarlo pues se habían destinado más camas del hospital a la urgente tarea de la mortalidad infantil. Y sin embargo, gran contradicción, en 1980 en las zonas más orientales del país, se tenían que acostar en una misma cama dos y más mujeres embarazadas, por ser insuficientes las disponibles o simplemente limitar las camas dedicadas a las cirugías para brindar apoyo al programa de mortalidad infantil, situación que en 1986 aún persistía, mientras que en La Habana, se cerraba por orden del Gran Hipócrates cubano el Instituto de Desarrollo de la Salud, donde se producían las mayores investigaciones sobre la salud pública del país y se convertía en poco tiempo en la mayor maternidad del país a un costo jamás conocido pero de injustificado valor sanitario. No importaba que los alumnos becados e hijos predilectos de también esa revolución educacional que tanto habla Castro, desarrollaran su vida estudiantil y hábitos de formación entre inundaciones de piojos y ladillas o que la tasa de alcoholismo siguiera subiendo. De nada o muy poco valió la encuesta nacional de suicidio realizada en 1983, pues en esa época de floreciente relación con el bloque socialista, Cuba gozaba de la tasa más elevada por suicidio en el continente y era la segunda tasa más alta del mundo (Díganme entonces, dónde está la salud).

Lo que importaba e importa actualmente, es exhibir una tasa de mortalidad infantil más baja que la de los EEUU y otros países desarrollados y que Castro pueda exhibirla cada año como un logro de su revolución. Nos han hecho creer que este dato dice la realidad de un país. Pero la realidad es otra. Podría explicarse estos resultados si sabemos que a partir de 1959, hubo un aumento de la cobertura en la atención médica de las personas, esto trajo como consecuencia la disminución de las muertes por muchas enfermedades evitables, así como los programas contra enfermedades prevenibles por vacunas. Las muertes se redujeron especialmente por el aumento de esa cobertura que permitió un acceso mucho mayor a los servicios médicos. Viéndolo de este modo, podría decirse que estaban bien dirigidas estas medidas, lo que no fueron completas ni mucho menos sostenibles muchas de ellas. Las medidas en su mayoría no aseguraron antes, ni ahora, la eliminación de las principales causas de esas enfermedades. El hecho queda demostrado en la encuesta nacional de parasitismo intestinal de 1983, donde la población nacional tenía un índice de infestación mayor del 85%. Una epidemia de dengue en 1977 y otra en 1981 de dengue hemorrágico. En esta última la dirección del ministerio de salud de la época había sido avisada que de no tomarse medidas contra el mosquito transmisor, se podría producir una debacle mayor. Pero no se prestó atención a la advertencia, había mucho que hacer en la mortalidad infantil y otras tareas de ese corte y le costó al país más de 100 muertos y gastos considerables e irrecuperables. En esa ocasión, el Máximo Responsable en Jefe exigió de algunos dirigentes del Ministerio de Salud que Él no podía jamás dejar de ser informado de algo así. Diez años más tarde, aquel mismo dirigente le alertó personalmente de la Neuropatía Epidémica y que sus causas estaban centradas en la mala alimentación de la población lo que fue suficiente como para que lo despidieran y pasara a un descanso permanente en su casa.

Con ese voluntarismo y dirigismo casi unipersonal es fácil encontrar un país donde no hay asegurado un crecimiento sostenible de la infraestructura sanitaria (acueductos, alcantarillados, rellenos sanitarios, fuentes protegidas y otros) Y donde estos problemas ocurren mucho antes de la caída del Muro de Berlín. ¿Y por qué sucedía esto? En parte, además de los disparates del Gran Orate en erigirse Ministro de Salud Permanente, su nivel de improvisación que alcanza niveles insospechados, se llegó a lo que yo he llamado la "medicalización " de la salud pública. Castro y sus estrategas creyeron siempre que con un gran número de médicos y otros profesionales de la salud, dispuestos por todo el país, iban a mejorar y a erradicar los males de la salud según al concepto y obra de Castro, que aquejaban al pueblo. Para Castro no era problema ordenar la fabricación de 22 edificios y convertirlos en 3 años en facultades de medicina para allí graduar a los futuros médicos de familia que resolverían todos estos problemas. La megalomanía del Gran Médico de Cuba lo llevó a inaugurar esos centros de educación superior, a reclutar entre los bachilleres a todo el ejercito, gustarle más o menos para así cumplir su Gran Objetivo. Pero olvidaba algo: que había que improvisar 22 claustros de profesores de medicina y cirugía.

Todavía muchas facultades están pagando ese desatino irresponsable, por no contar con el personal idóneo en muchas cátedras y especialidades y mientras más alejado se está de la capital, los problemas pintan más negros. Después de requisar y obligar a todo un país a realizar una tarea de esta magnitud, al cabo de un tiempo, se encontraba conque sus planes habían tropezado con un pequeño problema: ¿qué hacer con tantos médicos ahora?. Lo que sigue es conocido por todos. Hoy es mejor asistir en Cuba a un babalawo o naturista que a un médico de familia, pues no tiene nada con qué trabajar, además de la mística con la que vive este médico, es totalmente diferente al graduado de hace unas décadas. ¡Y a todas estas realidades de ayer y de hoy, quieren pintar al mismo imperialismo yanqui, como el cruel y devastador asesino del pueblo cubano!

Es importante dejar claro que cuando hablamos de medicina, hablamos en términos relacionados directamente a la atención médica de las personas y de la participación directa del médico o profesional de la salud en esta atención y cuando hablamos de la salud pública estamos hablando de la salud del público, estamos hablando de que una sociedad puede hablar de buena salud cuando tiene un desarrollo mantenido e ininterrumpido de su desarrollo social que aunque modesto, para un país pobre, siga ofreciendo opciones de acceso a aspectos tan importantes como la vivienda, el agua potable, los alimentos nutritivos, la ropa, el calzado, el transporte, la disposición de los desechos sólidos y líquidos adecuadamente, empleos decentes y que puedan sus ciudadanos cada día luchar por alcanzar una escala superior; que cada ciudadano se sienta realmente libre de escoger su propio camino. Es por ello que cuando oigo hablar de los logros de la Salud en Cuba que ha alcanzado Castro, veo minimizado este concepto, veo manipulado esos mismos resultados y me da pena que muchas personas como Terence J. afirme que Castro ha priorizado la medicina antes que la pintura. Le sugiero con todo respeto, que trate de visitar más a Cuba, camine por sus calles llenas de policías, de militares, de aguas negras, de viejos y viejas recogiendo agua en baldes maltrechos, de gente hablando sola, se siente en una mesa a comer con una familia cubana con lo que come cotidianamente esa familia y que le expliquen los milagros del sistema de salud cubano y la propaganda de la mortalidad infantil. No se vaya a asustar si se ríen mucho de usted, porque ese pueblo hasta muriéndose de hambre material y espiritual, tiene una gran capacidad de reírse de sus propios males. Esa es la salud que les queda y a esa salud también le hace falta la pintura de la vida.


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