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Angola: Sabemos a qué huele la sangre
29-09-2006, Emilio Suri Quesada

De la pierna sólo me acuerdo cuando llueve porque el muñón duele. A veces siento que se me van a cruzar los cables y me digo aguanta, aguanta, falta poco pero todavía no es el tiempo. Entonces, siento miedo, porque aunque estoy como estoy, todavía puedo hacer mucho daño. Tú sabes que soy una máquina de matar. Aunque ahora nos ignoren y seamos como cacharros rotos, somos un verdadero peligro. Tú mismo viste lo bien que nos infiltramos en aquel campamento de la UNITA y luego lo que hicimos en aquel kimbo en donde luego se escondieron los que lograron escapar. Allí no quedó títere con cabeza.

La carta acaba de llegarme de Cuba. Me la envía uno de los tantos mutilados que dejó la guerra en Angola. Tiene treinta años y nos conocimos cuando él acababa de graduarse como oficial y lo habían enviado al 1er batallón de Destino Especial de la Brigada de Desembarco Aéreo. Luego, años después, lo entrevisté en el sureste angolano y pude, aunque estaba prohibido, acompañarlo junto a sus hombres a varias misiones en la retaguardia de las tropas de la UNITA.

Desde La Habana lo bauticé como Monstruo Prieto y le agradaba que le dijera así, como también que le hiciera fotos lanzándose en paracaídas o disparando. Cuando nos encontramos en Angola ya había alcanzado los grados de capitán y había sido siempre uno de los más destacados en los cursos impartidos por los rusos, los vietnamitas y los coreanos.

Creo que se alegró por el encuentro y como uno, entonces, estaba en forma y conocía a tres o cuatro oficiales que odiaban la censura, pude hacer con su grupo dos o tres incursiones. Si lograbas vencer el recelo de aquellos muchachones, tenías garantizado un material de primera que, aunque la mayoría de las veces no dejaban publicarlo, valía la pena realizarlo. Para darte a respetar era imprescindible haberte lanzado en paracaídas con el hombre que los comandaba, haber buceado con él, tener cinturón negro en artes marciales y haberte ganado un barril de cerveza jugando a la ruleta rusa con un Magnun 44 y, después de eso, haber hecho buenas fotos de todos e, incumpliendo la ley militar, habérselas hecho llegar a sus familiares de Cuba.

Descrito así puede parecer una fanfarronada, pero quienes de verdad han conocido la adrenalina y el machismo que se vive en un frente de combate, saben que digo la verdad. Para darte a respetar entre aquella gente tenías que subirle la apuesta y luego hacer tu trabajo. Era la única manera de que te respetaran. Hay gentes que han escrito de la guerra, han hecho algún viajecito hasta el lugar donde llegan los jefes y se han retratado de uniforme, con cantimploras de güisqui a la cintura, intentando imitar al Hemingway, y se han inventado batallitas. Esos, si han tenido la habilidad de subir jalando levas y acariciando el escroto de viejos generales, allá ellos. Pero quiero dejar muy claro que mienten. La guerra de Angola no se escribió en la casa de ningún general cubano. Lo turbio, lo desgarrante de aquel conflicto se padeció bien adentro de la mata, allá, muy abajo donde nunca iban los jefazos. Allá, donde jóvenes que no llegaban a los veinte años vivían meses y meses, en unidades soterradas, sin ver la luz del sol.

Monstruo Prieto y los suyos, en el combate, eran una piña. Llamaba la atención comprobar cómo, teniendo la mayoría caracteres muy espinosos, congeniasen tan bien bajo los tiros. Lo malo venía cuando tenían que encarar el tedio existente entre dos combates y cada uno se las arreglaba para hacer lo que le viniese en ganas o para buscarle las pulgas y sacar de quicio al compañero más cercano. Cubanos al fin, en momentos de apuros, eran la disciplina hecha personas, pero enseguida que aflojaba la tensión, sólo el capitán era capaz de entrarlos en camino. Aquel grupo de Destino Especial estaba formado en su totalidad por prietos y su jefe se reía conmigo al escucharlos referirse a los angolanos diciéndoles: estos negros.

-¿Pero y ustedes?¿ Y nosotros qué somos? – preguntaba para picarlos Monstruo-. ¿Quién, coño, somos?
-Somos unos come candelas. Somos los perros de la guerra. Somos unos monstruicos. Nosotros, aunque tengamos el mismo color que ellos, somos muy distintos a estos parientes.

Una sola vez toqué con el capitán el tema de Angola y la presencia allí de negros cubanos y, esa madrugada, comprendí muy claro que algo muy gordo podía derivarse del conflicto.

-Mejor dejamos ese asunto- sugirió-. Desde que Cuba es Cuba, siempre a los negros nos ha tocado lo peor. El día que a un loco se le ocurra pedir lo que reclamaban los de la Guerra de los Negros de Cuba; el día que los negros nos cansemos de ser deportistas, rumberos, singantes de turistas o carne de presidio... ese día vamos a tener jodienda. No, mejor lo dejamos, porque eso no es bueno ni hablarlo.

Nos fuimos de Angola y pasaron como tres años hasta que volví a verlo.

-¿A que hubieras preferido ver mi nombre en un nicho a no encontrarme así? –preguntó a rajatabla al notar mi desconcierto-.Vamos, hombre, cambia esa cara que el jodido soy yo.
-¡Estas entero, Monstruo! –mentí-. Coño, esto hay que celebrarlo. Vamos a echarnos unos buches.

-Loco, estoy en candela. No te conviene juntarte conmigo- me alertó, pero no le hice caso. Al ver mi insistencia, dijo: Ahora no puedo irme de esta esquina. Sí, aquí donde tú me ves estoy trabajando. No, nada de las FAR. Me expulsaron. Me exprimieron o me dejé exprimir y, luego, a la calle. Es una historia sucia. Piénsalo, y si quieres venir, pasa a la diez de la noche. A esa hora termino.

El trabajo de aquel condecorado ex capitán era cuidarle el automóvil a un ex subordinado suyo que, ahora, se había transformado en un prospero empresario con cargos en una de las empresas camufladas de Raúl Castro dedicadas al turismo.

-Me paga en dólares –me explicaría luego-. No sólo me ocupo de su carro, sino de que nadie robe en el apartamento que tiene camuflado para ver a sus niñas. Es muy jodido todo esto, pero hay que vivir. ¿Te acuerdas lo que te dije una noche? ¿Ves? Siempre nos ha tocado lo peor.

Lo recogí a la hora acordada y con dos botellas de Flor de Caña de Nicaragua fuimos entrando en ambiente. Era bueno aquel ron. Mucho mejor que el Havana Club que pese a la propaganda no pegaba. No demoramos mucho en calentarnos las orejas.

-¿Por qué te juntas conmigo? Estoy en candela. ¿Qué me miras? El pie lo perdí en Angola y todo lo demás, aquí. Sí, aquí, como lo oyes- afirmó y me miró desafiante.

-Estoy en deuda contigo. ¿Te acuerdas que me salvaste la vida cuando los G-5 comenzaron a machacarnos? ¿Piensas que no me doy cuenta cómo te sientes? N o estás tan mal. Tu único problema es pensar en un país en donde no se puede pensar. ¡Atrevido!...

Bebimos con premura hasta que nos dejamos cercar por el silencio que envuelve a los que sufren. Pasamos por la etapa en la que uno rumia todo lo vivido e intenta vanamente dorarlo y hacerlo más humano.

A quienes solo hayan visto la guerra en películas, les pido paciencia. Sepan que si uno libra en un conflicto bélico y se encuentra con un colega que pasó por lo mismo, casi siempre, para demostrar y demostrarse que están vivos los dos, vuelven a darle marcha atrás a la película y la comentan con cinismo, alejamiento y condescendencia. Es uno de los pocos lujos que pueden darse los que sobreviven. Incluso, los más inteligentes hasta humanizan al enemigo y a los muertos de los dos bandos porque es una forma de humanizarse ellos mismos. Claro, eso ocurre cuando los que se encuentran están sobrios, y daba la coincidencia que el Monstruo ya estaba más allá del bien y el mal y quien le acompañaba se había empeñado en tirarle de la lengua.

-Soy negro de los que gustan de las negras. No soporto a esos que proclaman su negritud y, en cuanto pueden, se buscan una blanca. O sea, que yo sí vivo orgulloso de mi color y hubiera querido tener también hijos tan negros. ¿Me escuchas?

-Sí, claro que te escucho –afirme-. Y sé que te graduaste como oficial en plena guerra y que tienes una hermana médica y que en tu casa, en tu familia nadie ha ido a la cárcel por robar. Sé que te ganaste los grados tirando tiros y no como tu ex ministro...

-No me hables de ese maricón – dijo en voz baja como si intentara morderse la rabia-. Sí, dije maricón.

-Oye, compórtate, que ahora está de moda ser maricón y pueden acusarte de troglodita y machista –dije, y la provocación surtió efecto.

-Eso será fuera de Cuba, aquí hasta mucho después que nosotros seamos polvo, los maricones serán maricones y esto será machismo o muerte. Que me acusen de lo que quieran, me da igual. Pero yo me refería a los maricones de alma, esos que aparentan ser hombres, matan gentes y tienen hasta hijos.

Se había desplayado y, al revés de casi todos los borrachos, bebía ahora con tragos lentos como si aún pudiese saborear el ron.

-Desde que vine de África me da lo mismo un homenaje que un escándalo. Cuando mataron a Ochoa dije bien alto que aquello era un crimen. Así no se mata a un hombre. El General sabía menos de drogas que Guillermo García o Crescencio Pérez que tenían fincas llenas de marihuana y nunca les pasó nada.¿Por qué no metieron en chirona a Aldo Santamaría y a Osmany Cienfuegos? Esos dos sí que comercian con drogas. Claro, Ochoa le sabía a la guerra; tenía cojones; tenía gentes que le seguíamos y además, no era pesao. En las FAR, era insoportable tener que, en una recepción o en un acto, aguantar las bromas de Raúl Castro. ¡Ñooo, que pesá es la China esa cuando bebe!

Pensé que estaba tan metido en su monólogo que no me veía.

-¿Estas ahí? ¿No te has apencao porque le diga La China?
-Estoy a tu lado – contesté-. Sigue que te escucho.
-¿Sabes que le dije al de la contrainteligencia que me interrogó? ¿Sabes qué pasó cuando me vino con el cuento de que yo tenía que estar loco, porque ningún negro, por agradecimiento, podía estar en contra del Comandante?

Lo miré a los ojos como se miran los perros cuando se retan y él atacó con su relato:

-Tuvieron que romperme la cabeza con el cabo de una pistola, dejarme sin sentido y ponerme una inyección. Después me ingresaron en una sala con locos y me pusieron electroshock. No importa. Me di el lujo de romperle la cara con mi prótesis. Me quedé sin pierna, pero ese nunca más se mete con un negro patriota. ¡Mira que ofender a un perro de la guerra.¡Atrevido! ¡Parejero!
Y, tras las últimas expresiones, se echó a reír porque recordaba mis carcajadas cuando se las escuchaba decir en Angola. Intenté complacerlo y hacer como entonces, pero parece que no pude y él me tiró un cabo:

-Oye, Loco, quita esa cara. Total, ¿para qué quiero dientes si no hay casi que comer? ¿para qué las dos piernas si no tengo a ninguna parte a donde ir?
-Una pierna la perdiste en África pero la otra, ¿te la echaron a perder ellos en el interrogatorio? ¡Hijos...
-Tranquilo – me contuvo-. No, lo de la otra pierna no fue en el interrogatorio. Esperaron a darme del alta del hospital y como a la semana, cuando regresaba a mi casa me cayeron arriba. Eran un montón y lo traían todo estudiado. Fractura de cráneo, me dejaron sin dientes y, para colmo, con un martillo, me fracturaron los dedos de la pierna buena. Después me metieron una botella de alcohol de hospital en la boca y entre todos me la hicieron tomar. La policía dijo que había sido una pelea entre locos y borrachos. Nunca aparecieron los agresores. Quiero que sepas que esa noche no me había tomado ni un trago.

Lo que escuchaba era tan fuerte que me bebí a morro lo que quedaba de la segunda botella. Monstruo, prosiguió como si la historia no fuera la suya:

-¿Sabes a quién me mandaron al hospital? Pues al oficialito de la contrainteligencia que me interrogó. Me vino con el cuento que la Revolución no olvidaba a sus hijos aunque estuvieran como yo: locos y equivocados. Le dije que sí con la cabeza y se lanzó a decirme que yo era un héroe y tal y tal. En resumen, me propuso que me convirtiera en chivato y le dijera quiénes más, de los que estuvimos en Angola y Etiopía, estaban conspirando.

-¿Y? –pregunté en tono provocador.

Monstruo, más distendido, se acarició el muñón de la pierna y arrellanado en el asiento, dijo:

-Volvió a subestimarme. Llegó a decirme que si colaboraba, me aceptarían de nuevo en las FAR y hasta me ascenderían. Volví a decirle sí con la cabeza. Oriné en el pato de cristal y con la mano buena se lo tiré y por suerte, volví a darle en la caraza. Me sublevé. Volvieron a inyectarme. No sé cuantos días estuve fuera de circulación. Pensé que esa vez sí me iban a pasar por la piedra. Pero, no. Quizás todavía no les han dado la orden.

-¿Y qué harás? –dije ya por decir algo y con la corazonada de que aquel sobreviviente estaba ya para el arrastre. Sin embargo, debo reconocer que me equivoqué.

-¿Tú confías en mi? –preguntó sin ocultar el cansancio.
-Sí –respondí al momento-.¿Y tú? ¿Confías en ti?
-Sí, pero yo pregunté primero- se defendió y pasó a la ofensiva-. No nos subestimes. Fuimos y somos muchos los que aprendimos a matar en Angola y en Etiopía. Fuimos y somos muchos los puteados. Muchos a quien no nos sirven para nada las medallas. Somos demasiados los que vivimos en Centro Habana, la Lisa, Palo Cagao, Guanabacoa y Buenavista. Somos muchos los que sabemos a qué huele la sangre. De nosotros nadie escribe. Nos enseñaron a ser perros de la guerra. Cuando la jauría encuentre un jefe, empezará el cerco. Si quien tú sabes y la China no acaban de irse, sí siguen, puedes estar seguro que vamos a ponernos majaderos.¡Atrevidos y parejeros que son! No se dan cuenta que somos perros con odio. Somos un peligro.

Pienso en Monstruo y en los miles de cubanos que cumplieron misión internacionalista y no puedo dejar de pensar en su advertencia de que son un peligro.

 


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