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LA IZQUIERDA ANTIDEMOCRÁTICA Y SU FURIA ANTIEXILIO
24-07-2006, Aguila, Nicolás
La izquierda antidemocrática cambió de discurso después de la caída del Muro de Berlín, pero no de actitud. Los mismos que ayer eran furiosos abanderados de la lucha de clases, la dictadura del proletariado y otros tópicos de la ideología de la envidia y el rencor, hoy sospechosamente se han convertido en arcángeles del apaciguamiento y la tolerancia. Pero ¿con quiénes se muestran tolerantes?

El presidente del gobierno español, por ejemplo, suspira a lo Neruda y suelta la cursilada de sus “ansias infinitas de paz” y luego aparece, en plena crisis del Medio Oriente, sonriendo en una foto con una pañoleta palestina estilo Arafat. La tolerancia del presidente Zapatero es hacia los terroristas agresores de Hizbulá y Hamas, pero en contra de Israel, el único país democrático del área. Su famoso ‘talante’, igualmente, se queda en condescendencia dialogante hacia los castristas que se traduce en desdén por la suerte del pueblo cubano o la oposición dentro de la Isla. Su visión maniquea del mundo hace que la izquierda radical se decante siempre, por defecto, en contra de los demócratas.

Con la izquierda diaspórica -- que tiene excelente sintonía con el socialismo antidemocrático español-- sucede exactamente lo mismo. Si en el condado de Miami-Dade un padre llamado Juan Amador Rodríguez se indigna al ver un libro groseramente procastrista en la escuela de su hija y pide que se retire de la biblioteca escolar, enseguida los 'tolerantes' saltan enfurecidos en defensa del libro y arremeten contra el exilio histórico, al que aparentemente consideran causante de todos los males de Cuba. Siempre reforzando el estereotipo de la cultura autoritaria de los cubanos (los de Miami, claro), los acusan de practicar la censura y llegan al extremo de invocar la Primera Enmienda. Se vuelven puntillosamente leguleyos y citan incluso la quema de la bandera norteamericana como el ejemplo más sublime de libertad de expresión.

De nada vale aclararles que los que se pronuncian por retirar el libro Volver a Cuba (y otros de la misma camada) de un estante donde nunca debió estar, no han pretendido prohibir su venta ni boicotear a su autora. Simplemente hacen uso de un derecho y se oponen a la mala selección de material escolar que se paga con dinero del contribuyente. Y eso no es censura.

Muchos nos opondríamos igualmente a que en nombre de la libertad de expresión volvieran a las escuelas norteamericanas aquellos libros de lectura en que el gracioso perrito de la historia se llamaba Bolívar, o donde se le escamoteaban los créditos al sabio cubano Carlos Juan Finlay por su descubrimiento científico del agente trasmisor de la fiebre amarilla, entre otras perlas antihispanas que en otros tiempos eran permitidas bajo la misma Constitución y la misma famosa enmienda.

Ahora los supuestos tolerantes de la izquierda gruñona recurren sesgadamente a la Primera Enmienda, pretendiendo ignorar que ésta también ampara a los que pensamos diferente a ellos. Es más, el padre que hizo la impugnación del libro, así como quienes lo respaldamos, podemos invocar la Primera Enmienda por partida doble: primero, porque tenemos igual derecho a la libertad de expresión (libertad de palabra, o free speech, es como en realidad reza el texto constitucional); y segundo, porque estamos haciendo una petición para reparar un agravio, tal como estipula dicha enmienda al final de su breve formulación.

Pero de eso, claro, no hablan los legueleyos antiexilio. Al contrario, se atreven a citar una parrafada de Dwight D. Eisenhower contra la censura en una época en que lo que estaba de moda no era precisamente la primera sino la Quinta Enmienda. Los acusados por 'actividades antinorteamericanas' se acogían entonces no a la libre expresión sino al derecho de morderse la lengua para no decir nada que pudiera usarse en su contra.

Por otro lado, los cubanos que llegaron a Miami en tiempos del presidente Ike y aun después, a la hora de buscar casa, se encontraron con unos simpáticos cartelitos que decían FOR RENT NO CUBANS NO PETS (se alquila, pero no se aceptan cubanos ni animales). La libertad de expresión bajo la Primera Enmienda era tan amplia que les permitía a los racistas anglos expresar muy libremente su odio anticubano. Pero ya esos tiempos pasaron, mal que les pese a muchos que no reconocen que su bienestar actual en no poca medida se debe a la obra precursora del exilio histórico.

Lo más lamentable de la polémica en torno a Volver a Cuba no es de todos modos la arrogancia de la izquierda en su pretendida superioridad intelectual y moral, desmentida por su propia praxis y por la historia. Lo más infame es que, al tachar a Juan Amador de censor autoritario, lo hayan acusado nada menos que de querer trasplantar en Miami los métodos del castrismo, cuando bien se sabe que es exactamente todo lo contrario. En Cuba ningún padre jamás podría, ni en sueños, desafiar a las autoridades con una queja exigiendo participación y poder de decisión en la educación de sus hijos. Eso sólo lo pueden hacer los padres en Estados Unidos. Y eso es democracia en la base, desde abajo y participativa. Y eso es lo que no existe en Cuba y quisieran borrar de Miami los izquierdosos que sienten apego nostálgico por las decisiones verticales, de arriba abajo, autoritarias, inapelables.

Lo que suena autoritario es precisamente invocar la Primera Enmienda para concederles facultades excesivas a bibliotecarios poco profesionales y nada cuidadosos en el desempeño de sus funciones. Lo que resulta intolerante (e intolerable) es querer otorgarles poderes ilimitados a burócratas frívolos, racistas y anticubanos. Y luego, de contra, llamar cavernícola al exilio cubano por expresar su justa indignación.

Francamente, yo no he conocido gente más agresiva e histérica que la izquierda ponzoñosa. Me podrán gritar cavernícola si eso les sirve de catarsis pero no me van a meter en la caverna, porque allí son precisamente ellos los que predominan. Y yo no me codeo con esa fauna prehistórica.

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