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Angola, una experiencia en incubación
17-09-2006, Emilio Suri Quesada

Aunque fueron muchos los internacionalistas cubanos que pasaron por Angola puedo afirmarte que Angola, sobre todo en los años ochenta, pasó por muy pocos de ellos. África fue la prolongación de Cuba en la distancia.

¿Por qué fuimos a un lugar tan lejos? ¿De veras teníamos una deuda con la humanidad como decía el Comandante en Jefe? ¿Por qué fuimos? Esa es la pregunta que, lejos de diluirse en el interior de los que fueron, es un bajo continuo que aumenta o decrece en dependencia del grado de frustración de cada cual.

A Angola se podía ir de muchas maneras: por creer en las enseñanzas de Che Guevara, por cumplir las órdenes del Comandante en Jefe, por moda, por oportunismo, para limpiar cualquier falta cometida, por cabronada del jefe que te mandaba, para hacer méritos y ganarse el carné del Partido o de la juventud comunista o para demostrar que eras digno de un ascenso o de un cargo.

Angola, para muchas cubanas, se convirtió en el lugar ideal para que las solteronas, las divorciadas, las infieles, las inligables y las guerreras fuesen útiles a la Revolución. Si la mayoría de aquellas estoicas patriotas hubiesen sido centrales azucareros, con la cantidad de caña que molieron, hubiesen salvado del fracaso a la industria azucarera que el invencible e iluminado Máximo Líder acaba de sepultar. Mandar a la gente a cumplir misión internacionalista era la forma con que los machistas cubanos que, muchos años habían tirado su tiritos en la Sierra Maestra, probaban la valentía de los más jóvenes.

Ir a aquel país africano fue para los médicos cubanos un aula ideal en donde poder practicar todo lo aprendido en clases. En dos años cualquier médico podía convertirse en todo un especialista en enfermedades endémicas o en todo un experto en coser muñones de piernas y brazos que los nativos, en muchos casos, habían perdido a causa de las minas que sus colegas cubanos habían sembrado o le habían enseñado a colocar a las tropas angolanas.

Carente de especialistas, cualquier enfermero negro era un personaje y, en nómina, dirigía un hospital que, profesionalmente, estaba llevado por el personal cubano. Los fines de semana para cualquier médico cubano que estuviese de guardia en un centro hospitalario era un reto contra todo. He sido testigo de cómo un médico y una anestesista tuvieron que vérselas con intervenciones quirúrgicas sin ayuda de nadie más.

Otro de los colectivos cubanos que me llamó la atención en Angola fue los caravaneros de la UNECA, una empresa del gobierno cubano que explota a sus trabajadores con la mentalidad de un esclavista de la más baja estofa. Viajé con aquellos hombres por casi toda Angola y estuve en la caravana que, camino a Luena, durante varios días, fue atacada y cercada por la UNITA. No mencionar el valor y la demencia de aquellos trabajadores por llegar a su lugar de destino, sería una injusticia. Tras estar varios días junto a ellos, de bebernos varios litros de alcohol, de salir de la emboscada, de hacerles fotos con el AK-47 en la mano o disparando sus ametralladoras a la entrada de una curva peligrosa, después de todo aquello, algunos, por separado, me confesaron que aquello no era vida, pero que resultaba mejor que estar en Cuba. Más que trabajadores civiles, eran paramilitares, trabajaban como esclavos y recibían una miseria de salario. Pese a todo, se sentían dichosos de poder andar de un lado para otro en la carretera, lo cual les permitía contrabandear con mayor libertad.

Cuando un caravanero de la UNECA salía de Luanda echaba en su camión sacos de azúcar, sal, harina, leche en polvo, cajas de sardinas, carne en conserva y cuanto encontraba a su paso. Luego, por el camino, los iba vendiendo o trocando. El dinero lo recogía en el acto, pero si eran pagos en especie, como conocían a los habitantes del lugar, lo recogían a la vuelta. En Luanda, lo que acababan de conseguir podía venderse en la candonga hasta diez veces más caro que lo que se había gastado. Eran bucaneros del asfalto.

-¿Te imaginas cuántas cosas pudiéramos construir si trabajáramos en Cuba? – me preguntó una noche Juanito, un prieto de Matanzas que había aprendido a hablar kioko y umbundo en las camas de sus mujeres angolanas.

-Sí, pero entonces tú no tendrías cinco mujeres angolanas esperando que aparecieras con tu camión.

Meditó un rato y, como desahogándose, soltó parte de lo que llevaba dentro:

-Total, ¿para qué allá? ¿Para qué, si sólo hacen refugios subterráneos?
Y, al darse cuenta que se le había ido la lengua, se hizo el borracho y disculpándose se fue a dormir la mona a casa de su angolana de turno.

Juanito es el único caso que aparte del portugués hablaba kioko, se defendía en lingala y podía contar por pelos y señales cómo se cocinaban infinidad de platos angolanos y también cómo se preparaba el kachí y el kaporoto, dos bebidas que le encendían las orejas al pinto de la paloma. Aquel matancero, palero por más señas, es la única persona que en una de las aldeas en la zona de Mbanza Congo, sin haberse leído El Monte de la Cabrera era capaz de entenderse con los brujos de la zona cantando en congo y tocando el tambor. Fue el único internacionalista cubano que tenía una libreta en donde escribía con su puño y letra lo que le contaban los Tata Nganga. Aparte de las latas de comida y el ron que les llevaba de regalo, no había dudas de que aquellos viejos olvidados hasta por sus propios santos, veían a Juanito como su ángel guardián.

La vida de los internacionalistas cubanos en Angola es una de las páginas más sórdidas y aberrantes que han escrito los cubanos en estos delirantes y demenciales cuarenta y tantos años de pesadilla. Estaban en África, pero vivían en Cuba y habían sido agrupados en unos edificios cárceles llamados predios donde la promiscuidad y el control total de cada persona era la regla.

En el predio, generalmente, vivía personal militar y paramilitar, o sea, civiles. Aquello era Cuba en chiquito pero con la agravante que era mucho más difícil escurrir el bulto que en Cuba. El Partido, la juventud, la inteligencia y la contrainteligencia de las FAR y el MININT, la chivatería de plantilla y la aficionada, el chisme como deporte de masa, la envidia, los ojos y los oídos de todos contra todos formando una red que funcionaba las veinticuatro horas del día. El único momento para escapar de la presión del cubaneo era cuando se estaba en el trabajo si tenías la suerte de no tener a otro cubano cerca. El resto del día tenías que estar dispuesto a participar en cualquier actividad que programasen los mandantes del edificio si no querías caer bajo sospecha y ser acusado, como mínimo, de presentar problemas de convivencia y de apatía ante las actividades del Partido. A quien le cayese encima un San Benito de esos y le mancharan el expediente ya sabía que, al regresar a Cuba, estaba marcado para siempre.

Ante aquella presión la mayoría, como en la Isla, se dejaba llevar por la corriente. Otros buscaban los puntos débiles de los controladores y en una cacería perenne en donde ya no se sabía quién espiaba a quién, muchas veces, se llegaban a crear alianzas en donde quedaba un margen de maniobrabilidad. De esa manera, podías terminar con éxito tu misión internacionalista pero, en el fondo, siempre dentro de aquella maquinaria te sentías en falta.

Una de las aberraciones más grandes en aquella aventura cubana fue que los cubanos luego de pasar años allí, se fueron como llegaron: sin saber casi nada de Angola y su gente. Casi todo se resumía a relaciones de trabajo.

Durante mis viajes a África, y también en Cuba tuve la curiosidad de hacer una encuesta y escogí, de manera aleatoria a setecientos internacionalistas. Cuatrocientos eran militares y trescientos civiles. Entre todos sólo quince cubanos hablaban o escribían el portugués. Sólo nueve pudieron citarme el nombre de un escritor africano. Sólo uno mantenía correspondencia con angolanos. Todos conocían y habían negociado en los mercados llamados candongas . El setenta y ocho por ciento de los militares cubanos repetían que los angolanos eran unos cobardes en el combate. Un diez los catalogaba de valientes y un doce por ciento opinaba que bastante buenos eran para los jefes corruptos y sin vergüenza que tenían. Para un ochenta y dos por ciento los angolanos eran unos vagos. Sólo un cubano hablaba lenguas africanas, tocaba música religiosa de aquel país y vivía orgulloso de sus mujeres africanas.

Resultaba llamativo comprobar cómo los internacionalistas que en la Isla practicaban religiones animistas africanas, en Angola, se pasaban con ficha y no se atrevían a profesar su fe ante quienes decía eran sus hermanos. Los cubanos, antes de que Fidel Castro les permitiera profesar sus creencias se contentaban con llevar en secreto, amarrado a la cintura, los resguardos y amuletos que ellos pensaban los alejaría de la muerte. Los creyentes caribeños, al regreso, preferían llevarse elementos animales, vegetales y minerales para alimentar y potenciar en la Isla sus prendas o Ngangas.

Algo que nunca entendí fue la cerrazón de los internacionalista cubanos a la hora de romper con la rutina del arroz congrí, la yuca hervida y la carne de cerdo. Nadie entre los encuestados pudo decirme cómo se preparaba algún plato de la cocina angolana. Casi la totalidad me dijo que la comida africana le daba asco.

Durante años, Fidel Castro se ha llenado la boca en defensa de los valores del internacionalismo. Sin embargo, nunca se preocupó por los hombres y mujeres que lo ponían en práctica. Y, para colmo, cuando alguno se destacó en el frente y el enfermizo ego del gobernante cubano creyó que para los cubanos era mucho más llamativo dirigir la guerra desde Luanda y no desde una oficina en La Habana, por envidia, lo mandó a fusilar.

Toda la miseria del régimen sociofidelista cubano, en el exterior, alcanzaba dimensiones monstruosas. Fidel Castro logró encerrar y matar en vida a los internacionalistas que contrajeron SIDA en Angola, escondió y experimentó con quienes regresaban con enfermedades desconocidas, cogió de conejillos de Indias a miles de cubanos para sus experimentos internacionalistas, pero lo que no pudo y a lo que le teme es a que esa, experiencia adquirida por miles de cubanos, está en incubación y cuando reviente puede que no sea para gritar socialismo o muerte.

 


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