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Cuba y su Realidad Social 23-05-2017

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El basurero de la Historia
15-09-2006, Jaime Leygonier Fernandez
Los libros son una pasión. Un lector los ama. Su librero no es un mueble, sino el rincón más valioso de su hogar, un joyero que acaricia avaro.
Los libros son también peldaños de ambiciones lícitas. El lector cree -con razón o sin ella- que cada libro lo capacita para mejor desempeño profesional, incluso para llegar a jefe.
Arrojar la biblioteca personal a la basura es un crimen pasional, con rasgos de suicidio y autoexorcismo. Un grito de "¡He desperdiciado buena parte de mi vida! ¡Me traicionaron!"
Desde que los vientos de la perestroika soplaron en Cuba a mediados de los 80 hasta que llegaron a huracán tropical en los 90, tales ráfagas arrojaron a la basura literatura que se podría considerar había pasado "la fecha de vencimiento". Fue un plebiscito de lectores.
Recuerdo en 1991, en la Avenida del Puerto, un contenedor desbordado de flamantes obras completas de Lenin. Algún transeúnte cogía un tomo, lo hojeaba, lo pensaba un instante y lo devolvía al contenedor.
A los montones de basura de las esquinas fueron arrojadas toneladas de marxismo y revistas soviéticas. Rara vez dentro de la basura misma, casi siempre junto a ella, quizás por piadoso deseo de que lo aprovechara otro, quizás algún estudiante sin libro para el examen. Otras veces por exhibicionismo vengativo, gesto de amante herido por la traición que arroja a la calle, desnuda, a la traidora.
Desde 2000 ya no se ve esto. Ya todo el mundo botó sus libros desfasados. Quien los necesita para examinar marxismo-leninismo los conserva. Los estudiantes los buscan a veces en vano en las librerías de libros de uso, pues desde los 90 estas librerías dejaron de comprarlos. No se vendían y la gente los llevaba allí en grandes cantidades.
Qué suplicio estudiar marxismo como quien estudia solfeo o latín, sin gusto y sin creer en las recetas para explicarlo todo que esa teología sin Dios prodiga. ¡Pobres estudiantes! Obligados por la hipocresía justo a la edad de la franqueza.
Cuando yo era joven e intelectual, ocurría igual, pero fui de los pocos a quienes les gustaba ese catecismo alemán. ¡Qué ganga para mis 17 años! ¡La vida explicada en libros infalibles por tipos geniales!
Compañeritos más listos y prácticos que yo sufrieron la mar, pero yo fui de los totalmente estafados.
En los 80 mis conocimientos me permitieron comprender que Castro era castrista, no marxista como proclamaba.
En los 90, siguiendo a Lenin que decía que "la práctica es el criterio de la veracidad" y que "los hechos son más obstinados que los hombres" -dos máximas que sospecho no inventó Lenin, sino que las cogió de algún refranero- llegué a la conclusión "materialista-dialéctica" apropiada al hundimiento del campo socialista y la URSS y de la revelación de sus mentiras y horrores: Quedó marxistamente demostrado que el marxismo no servía. Y su aplicación emborraba de sangre y miseria.
Limpié mi librero.
Escrito este comentario porque hoy un amigo, lector compulsivo, me avisó: "En tal esquina botaron junto a la basura un montón de libros".
"Pues vamos allá. ¿Están fuera del latón o adentro".
"Afuera".
"Entonces, vamos, porque a mí me gustan los libros, pero no tanto como para bucear en el tacho".
Cuando llegamos, aquella "feria del libro" había atraído ya a varias personas. Una mulata con aspecto de maestra o dirigente del Comité de Defensa se llevaba unos cuantos.
No la conozco, pero le dije festivamente: "¿Qué? ¿Una piñata literaria?".
Me contestó algo indignada: "Es un desperdicio, quien lo hizo debió donarlo a la biblioteca". Pensé que por qué donar a la biblioteca lo que alguien juzga sin valor.
Me acuclillé a revisar. Una pareja de señores revisaba también. Todos serios como en una tienda.
Aquello era el grito de "me estafaron", protesta del lector anónimo que esperó a 2006 para botar su biblioteca. O del heredero que se deshizo de tal lastre.
Era un viaje en el tiempo: Folletos de congresos anunciados en su momento como hitos gloriosos y que hoy están olvidados porque no sirvieron para nada, libros de marxismo, de discursos, con dedicatorias de final de curso o de felicitación por el premio en la emulación socialista.
Dentro de un libro, una banderita de papel, ya amarillenta, guardada como recuerdo de alguna concentración "histórica y trascendental".
Recordé las ceremonias obreras en que regalaban libros que el homenajeado no conseguía leer por pesados, pero que eran revolucionarios, baratos y bien encuadernados.
Recordé los años 60 y 70, en que tanta gente creía que leyendo aquellos libros indigestos y trabajando horas extras iba a prosperar el país, y el lector podía llegar a jefe -"cuadro de la evolución"- y pronunciar discursos.
"¡Mira esto! Kim Il Sung". Era uno de aquellos cuadernos coreanos que nadie leía y regalaba la embajada a las escuelas. En eso de inundar a Cuba de lectura "ilegible", la China de Mao Tse Tung fue la campeona.
Recuerdo una frase que Castro empleaba mucho en los discursos, y que ya desechó -como la gente desechó los libros políticos. Castro repetía que el capitalismo, la burguesía, fulano de tal, sus contrarios… "irían a parar al basurero de la Historia, mientras la revolución ascendería a las cimas del futuro luminoso…"
Ahora fui yo quien, exactamente de un basurero de esquina del barrio de Santos Suárez, salvé un clásico de Historia de Cuba que no merecía estar allí, y los libros más antigubernamentales que censuran en las bibliotecas cubanas: cuadernos con discursos viejos… de Fidel Castro.

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