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Populismo autoritario vs. democracia en América Latina
08-09-2006, Aguila, Nicolás

Lo que en estos momentos ocurre en México no es un hecho aislado ni casual. La actitud irresponsable de Andrés Manuel López Obrador al no reconocer su derrota electoral y amenazar con la formación de un gobierno paralelo, se inscribe dentro de la trama continental del neopopulismo procastrista por hacerse del poder a toda costa, a las buenas o a las bravas.

El candidato del PRD pertenece a ese club de líderes llegados a la palestra latinoamericana en los últimos quince años con una agenda populista que relega los intereses de la nación en función de una especie de internacional poscomunista surgida del Foro de Sao Paolo, de cuyas ‘tesis’ se nutren las engañosas promesas y consignas de campaña supuestamente encaminadas a la salvación de todos los parias del Tercer Mundo.

Cuando ganan las elecciones, los neopopulistas celebran el triunfo de la democracia, pero inmediatamente se disponen a aplastar a la oposición y perpetuarse en el poder. Cuando las pierden, no dejan gobernar y recurren a las tácticas ‘agit-prop’ para desestabilizar a los gobiernos democráticamente constituidos. Su gran sueño es suprimir la alternancia en el poder, la oposición y la existencia misma de los partidos, exactamente los rasgos más distintivos de la democracia.

En Bolivia, sin ir más lejos, las dos veces que a Evo Morales no le alcanzó el voto para llegar a la presidencia, no vaciló en recurrir constantemente a masivas manifestaciones sindicales e indigenistas con el fin de paralizar el país y derrocar gobiernos que no serían perfectos pero tenían el aval del electorado. El golpe de estado callejero, de corte leninista, le sirvió para desbancar a los presidentes que le precedieron.

Lo mismo puede decirse, hasta cierto punto, de los peronistas en Argentina durante los últimos años. Cuando están en el poder suelen mantener a raya a la oposición con medidas que desbordan el marco democrático. Pero cuando les ha tocado el papel de opositores, han desplegado tácticas desestabilizadoras hasta lograr el derribo de los gobiernos del Partido Radical, si bien es cierto que en medio de graves crisis financieras que exacerbaron las pasiones y dificultaban la convivencia ciudadana.

Por su parte, el líder nacionalista derrotado en las recientes elecciones peruanas, Ollanta Humala, llegó a declarar sin el menor recato que, de no ganar en las urnas, el candidato vencedor no se mantendría en el sillón presidencial ni siquiera un año. O sea, amenazaba con repetir la historia boliviana adoptando la estrategia de Evo Morales contra el presidente que resultara electo.

De ahí que haya que felicitar a la justicia peruana por haber iniciado un proceso contra Humala por crímenes contra la humanidad cometidos en su etapa de militar fujimorista, con base en acusaciones formuladas por cierto antes de dichas elecciones. Personajes con tales antecedentes no solamente deben ser encarcelados, pues luego pueden ser indultados como Castro o Chávez. Deben ser además inhabilitados de por vida para postularse a cualquier cargo público, dado el peligro que representan y la posibilidad real de que lleguen al poder. Lejos de ser considerados peligrosos aspirantes a dictadores, sus hechos de sangre o actos de rebelión contra los poderes constituidos suelen ser tenidos por grandes hazañas en la percepción de vastos sectores populares. Los ven simplemente como héroes revolucionarios que se juegan la vida por la emancipación de los humildes y desposeídos.

El mesianismo de los llamados líderes carismáticos no puede imponerse a las reglas del juego derivando en desprecio a las instituciones democráticas. Y es por esa razón que merece todo el rechazo la actitud intransigente de López Obrador al impugnar los resultados de unas elecciones cuya limpieza fue certificada por la OEA y la Unión Europea, entre otros observadores imparciales, además de ser ratificada por el fallo unánime del tribunal electoral encargado del recuento de votos a favor del candidato del PAN, Felipe Calderón, ya proclamado como presidente electo.

El desacato a las autoridades electorales, sumado a las masivas manifestaciones de protesta en Ciudad México y el resto del país, el boicoteo al discurso sobre el estado de la nación del presidente saliente Vicente Fox y la amenaza de sabotear también la toma de posesión de Calderón, así como la anunciada formación de un gobierno paralelo, constituyen actos inadmisibles de demagogia política, inmadurez cívica, irresponsabilidad ciudadana, envilecimiento de la democracia, rebeldía y desestabilización del país.

El empecinamiento de AMLO en ser presidente ‘a como dé lugar’, va en contra de las reglas del juego, de las normas de convivencia y del sentido común, colocando al líder del PDR al margen de la legalidad y a la sociedad mexicana al borde del caos.

Esa obstinación de AMLO, más antidemocrática que antideportiva, es la marca registrada del mal perdedor, pero es sobre todo una clara señal que delata su denominación de origen. Independientemente de que se percate o no de que está mintiendo al hacer alegaciones de fraude electoral sin poseer absolutamente ninguna prueba, ese papelón que ya dura demasiado es propio de un paranoico que ha perdido contacto con la realidad. Puede que López Obrador en realidad sea víctima de una especie de autoengaño, como resultado de esa visión distorsionada del mundo tan típica en los fanáticos de ciertas sectas políticas y religiosas.

López Obrador se sitúa de manera destacada entre esos caciques autoritarios que se han radicalizado al rojo vivo mediante una agenda populista y un discurso antisistema contrario al libre comercio. Sus ideas políticas retardatarias, tantas veces fracasadas, hoy se renuevan agresivamente gracias al atractivo morboso del antiamericanismo, conjugado con la santa cruzada contra el neoliberalismo y otras simplezas recomendadas en el Foro de Sao Paulo que en nada contribuyen a mejorar la situación de nuestros pueblos.


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