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Las dos caras de Lula


21-10-2009, Pedro Corzo

Opinión/ Ópticas

Cubamatinal/ Luis Inacio Lula de Silva, es sin dudas un hombre admirable. De origen humilde y sin academia, accedió a la presidencia de un país que tiene toda la capacidad y la posibilidad de convertirse en una potencia mundial.

Miami, 21 de octubre/ La historia del mandatario brasileño tiene mucho del Príncipe y Mendigo. De limpiabotas, obrero industrial, dirigente sindical,  pasó a fundar el Partido dos Trabalhadores (PT), 1980,  un grupo muy complejo compuesto por dirigentes gremiales,  ex guerrilleros,  intelectuales de izquierda y hasta personalidades provenientes de la Teología de la Liberación.

El Partido se identificó con el socialismo, y aunque ponía reparos a ciertos aspectos del denominado socialismo real que imperaba en los países del este de Europa, esa posición crítica no le impidió una estrecha relación con la dictadura de Fidel Castro, acercamiento que han protagonizado el propio Lula de Silva y uno de sus más estrechos colaboradores, José Dirceu, quien recibió entrenamiento guerrillero en Cuba en los años sesentas.

Por su intensa actividad se aprecia que da Silva es un trabajador incansable. Fundó una central de trabajadores en 1986, más tarde, diputado federal y tres años después fue el segundo candidato mas votado en los comicios presidenciales.

En 1990 junto a Fidel Castro organizó el Foro de Sao Paulo que pretende y lo ha logrado con éxito, reorganizar los partidos políticos y movimientos de la izquierda latinoamericana que habían resultado   muy afectados con el derrumbe del bloque comunista europeo.

El Foro, -es un aparato de múltiples colores políticos que  reúne organizaciones democráticas como el Partido de la Revolución Mexicana y el Frente Amplio de Uruguay, dirigentes políticos como Hugo Chávez y Evo Morales, también organizaciones de   narcoguerrilleros y terroristas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -,  tiene como fin tomar el poder político en todos los países del hemisferio y refundar las naciones en base a los proyectos que auspicien  los dirigentes nacionales, sin perder de vista una solidaridad activa que les facilite la continuidad en el poder.

La organización ha logrado progresos indiscutibles. Venezuela, Brasil,  Argentina, Nicaragua, Paraguay, Uruguay,  Bolivia, Chile y  Ecuador   están bajo su influencia, o gobernadas directamente por los miembros del Foro, que no ceja en su labor proselitista y en el fortalecimiento   de sus proyectos.  

Si la gestión política de Lula da Silva ha sorprendido por una orientación económica que respeta las normas capitalistas, mayor asombro ha causado que con sus credenciales socialistas y en un periodo en el que América sufre una epidemia de reformas constitucionales que legitiman el despotismo electoral haya rechazado, a pesar de contar   con un amplio apoyo popular, la posibilidad de una segunda reelección.

Lula que heredó la exitosa tarea que cumplió durante su mandato   Fernando Enrique Cardoso, esta consciente del papel hegemónico de Brasil en el continente, particularmente en el Sur, y que el coloso del área, Estados Unidos, no puede tomar una decisión sin entrar a considerar la opinión que tenga sobre el asunto Brasilia, que se ha convertido en una especie de arbitro interesado  en el resultado que tengan los diferendos que se produzcan en el hemisferio.

Lula da Silva, sin el histerismo de sus aliados,   ha confrontado con éxito a los   Estados Unidos,  y le ha hecho conocer   cuales son sus intereses y que no cejara en su empeño porque estos se concreten. Ha buscado aliado fuera del continente y en los foros internacionales enfatiza sus diferencias con Washington, a la vez que insiste en lograr un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y fortalecer la moneda nacional en detrimento del debilitado dólar. Hasta aquí un nacionalismo valido y respetable.

Su labor internacional ha sido intensa. Ha participado en los foros internacionales más importantes y gracias al peso específico ascendente de su país, tanto en política como en  economía, se ha ganado la consideración y el respeto de los gobiernos más poderosos del orbe y su nivel de influencia en el panorama   mundial ha llegado a niveles sin precedentes en toda  la historia de la nación sudamericana.

Pero el   mandatario brasileño tiene dos caras. Ha practicado la política de la manzana, blanco por dentro y rojo por fuera, en lo que respecta a su actitud ante los gobiernos populistas de izquierda que padece el continente.

Es una realidad que impulsa para Brasil el progreso, con libertades públicas y propiedad privada, pero es totalmente indulgente con sus camaradas del Foro de Sao Paulo,   que no cesan de tomar las medidas necesarias para instaurar dictaduras unipersonales con el misticismo del inexplicable socialismo del Siglo XXI.

Su silencio cómplice   ante los abusos de poder en que ha incurrido Hugo Chávez, los desmanes del presidente boliviano Evo Morales, el despotismo del ecuatoriano Rafael Correa y las manipulaciones de Daniel Ortega en Nicaragua, no se corresponde con la imagen de hombre tolerante y respetuoso de las ideas ajenas, que muestra a los gobiernos de los países mas desarrollados.  Lula solo enfrenta a sus aliados ideológicos, cuando estos afectan los intereses de Brasil, mientras tanto acepta sin protestar  las depredaciones contra los demócratas que en el marco de sus fronteras realizan sus homólogos de la Alianza Bolivariana de Las Americas

Otro ejemplo de la doble moral de da Silva, es   su intensa labor personal a favor del ingreso de Cuba al Grupo de Rió y sus esfuerzo porque la Organización de Estados Americanos suspendiera las sanciones impuestas a La Habana en 1962. El presidente brasileño que ha viajado a Cuba en varias ocasiones,   nunca se ha interesado en promover una transición a la democracia en la isla.

Pero si dudas en lo que Lula da Silva ha mostrado a plena luz su “socialismo real” ha sido en el caso hondureño. El protagonismo de su gobierno ha sustituido el que en su momento asumió Hugo Chávez cuando envió a su canciller a la frontera de Honduras con Nicaragua.

En las últimas semanas ha sido el gobierno de Brasil el aliado mas firme del depuesto mandatario Manuel Zelaya, un compromiso con la democracia que no manifestó cuando Zelaya intentó imponer un referendo en su país para buscar una reelección a semejanza de Chávez, Correa y Morales. Su labor de a favor de severas sanciones contra el gobierno provisional de Honduras contrarresta con su política de puertas abiertas a favor del gobierno de los Castro en Cuba.

Fue Brasil y no Venezuela, aunque Caracas fue quien orquestó la operación, que permitió el ingreso a la sede diplomática en Tegucigalpa a Zelaya. Es un hecho sin precedentes, porque el asilo en América Latina esta consagrado cuando se procura refugio dentro del país, no cuando se viaja del exterior para entrar subrepticiamente a una embajada, pero como si fuera poco el derrocado presidente ha usado la protección de Brasilia, para instigar a la violencia y la insurrección, lo que ha ocasionado perdidas de vida, daños a la propiedad pública y privada, e inseguridad ciudadana

Por su parte el Lula da Silva, que no reconoce el gobierno de Honduras y que en justicia no tiene derecho a proteger a ninguna personas que haya ingresado a un edificio propiedad de su gobierno de la forma que lo hizo Zelaya, ha contestado con soberbia imperial, tal vez ni el emperador brasileño Pedro I,  lo habría dicho,   “que el depuesto mandatario se quedará en la embajada el tiempo que sea necesario para garantizar su seguridad”, a lo que agregó, “Lo que no es normal no es que Zelaya haya vuelto, sino que el tal Roberto Micheletti se haya quedado".

Lula ha actuado con extremo cinismo en sus relaciones con los demócratas del continente, por lo que tienen todo el derecho a considerar que ha estado fungiendo como el policía “bueno” de la izquierda política del hemisferio, mientras Chávez y comparsa,  cumplen con el rol de “malo”, pero que a fin de cuentas todos quieren lo mismo: El poder para imponer sus convicciones.


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