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En defensa de un buen amigo


06-10-2009, René Gómez Manzano

Opinion/ Sasha

Cubamatinal/ Hace más de una docena de años conocí a Alexánder Podrabínek, quien, como es usual entre sus tocayos de su país —Rusia—, es más conocido entre sus amigos como Sasha. Por aquellas fechas estaba yo en libertad, pues aún no se había producido la detención de los miembros del Grupo de los Cuatro.


La Habana, 5 de octubre/ De inicio, llegó como uno más de los compañeros de ese dechado de solidaridad e hija de la heroica Polonia que es Irena Lasota. Mis conocimientos del idioma de Pushkin hicieron que las relaciones entre Podrabínek y yo se hicieran particularmente cordiales; como él ignoraba el español, le serví en más de una ocasión de traductor.

Nuestros contactos casi diarios durante el tiempo que podía permanecer en Cuba durante sus esporádicas visitas, me permitieron ir conociendo algunos datos biográficos del amigo ruso. Supe así que, siendo muy joven, en plena era del inmovilismo soviético, tuvo conocimiento de la represión que el régimen comunista ejercía sobre sus ciudadanos descontentos mediante el uso de la psiquiatría.

Entró a trabajar como simple camillero, lo que le permitió el acceso a los manicomios de Moscú. La detallada información que pudo recibir mediante ese contacto directo constituyó la base de un libro que, publicado en varios idiomas, le dio la vuelta al mundo, poniendo al desnudo la protervia de un sistema para el que sólo un loco es capaz de enfrentársele. Psiquiatría Judicial, que denunciaba valientemente el empleo de camisas de fuerza, electroshocks y psicofármacos para lidiar con la disidencia política, constituyó la acusación más documentada, objetiva e irrefutable de esa cruel práctica bolchevique.

La reacción de las autoridades no se hizo esperar, y el joven Sasha, moscovita legítimo, fue a dar con sus huesos en sitios tan poco acogedores como las prisiones de Yakutsk y Verjoyánsk —esta última, polo del frío del Hemisferio Norte, según recuerdo de mis ya lejanos años de bachillerato—, en la república autónoma de Yakutia, donde una temperatura invernal de 50 grados bajo cero no llama la atención.

Gracias al amigo Alexánder me enteré de una curiosa —y malvada— característica de las celdas de castigo de la era soviética, que él experimentó en carne propia: para los recluidos en ellas, los días “de vuelo” se alternaban con los que no tenían esa condición. Se trataba de un chiste macabro del personal carcelario, pues en los “días de vuelo” era como si los reos viajaran en un avión, lo que no les permitía acceder a la comida, que permanecía lejos, “en tierra”. O sea: que en esos calabozos correccionales se comía un día sí y otro no. No debemos extrañarnos —pues— de que lo hayan tuberculizado.

Por Podrabínek supe asimismo de las grandes similitudes que, pese a diferencias nacionales, geográficas y culturales, existen entre los regímenes totalitarios de distintas latitudes. Él —al igual que los presos políticos cubanos— experimentó también el valor de la solidaridad internacional, que alivió sus años de encierro.

Nunca olvidaré la manera concentrada en que miraba a la licenciada Elsa Morejón mientras ésta nos relataba los avatares de su marido, el doctor Oscar Elías Biscet. Yo traducía todas las arbitrariedades que nos iba relatando la digna esposa del preso ilustre que las había sufrido, pero en cierto sentido me parecía que mi trabajo de interpretación estaba resultando superfluo. Cuando ella terminó, el comentario de Sasha fue: “No hacía falta que tradujeses; es increíble cómo las cosas que se dicen, la expresión del rostro, los gestos, son exactamente los mismos que antaño veía yo en las mujeres de los presos de conciencia en mi país”.

Por aquellas fechas, nuestro amigo ruso publicaba Express-Chrónika, semanario que se especializaba en temas de la defensa de los derechos humanos. Más tarde, las dificultades económicas lo obligaron a clausurar el periódico, y entonces abrió la agencia informativa PRIMA-News. Tanto en uno como en otra nunca faltaron las noticias sobre Cuba. Me invitó a ser su corresponsal en nuestro país, pero mis diversos compromisos en la lucha pro democracia me impidieron acceder a su petición.

Le recomendé a Adolfo Fernández Sainz, que a su indudable competencia como periodista une su dominio del inglés, idioma en el que —ya que no estaba disponible algún conocedor del ruso— podría enviar sus noticias y crónicas. La feroz oleada represiva de la Primavera Negra de 2003 puso fin a esa colaboración, pero Alexánder Podrabínek no olvidó a su corresponsal de varios años: Organizó el Comité Internacional Pro Libertad de Adolfo Fernández Sainz, para cuya constitución logró el apoyo de otros destacados ex disidentes del antiguo “campo socialista”, incluyendo a Lech Walesa y Vaclav Havel. Para divulgar las gestiones hechas, viajó a La Habana, y en esta ciudad, ante la prensa extranjera e independiente, dio a conocer el trabajo solidario realizado.

Después ha intentado infructuosamente regresar a nuestro país en otras ocasiones importantes: Recuerdo particularmente los días previos a la histórica reunión general de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, en mayo de 2005. Por aquellas fechas recibí una llamada críptica de Sasha; como viejo conspirador que sabe que los teléfonos —en especial los de un opositor al comunismo— tienen varios oídos, no fue muy explícito. Horas después supe que había sido detenido en el aeropuerto de Rancho Boyeros —y devuelto a Moscú— la misma mañana del 20 de mayo, la fecha prevista para el inicio del cónclave, al que deseaba ardientemente asistir.

Vienen al caso todas esas reminiscencias del buen amigo ruso de la causa de la democracia en Cuba porque ahora es él quien necesita de la solidaridad que jamás escatimó: el cable acaba de anunciar que, con motivo de un artículo crítico del régimen de Putin que publicó, él ha recibido amenazas de muerte. Se trata de algo para ser tomado muy en serio: no puede olvidarse que la Rusia de hoy es un país donde las bravatas de ese tipo no suelen quedar en meras palabras. Así lo demuestran los casos recientes de Anna Politkóvskaya y Natalia Estemírova, asesinadas por similares causas.

Una declaración escueta e imprescindible ha sido publicada, y los demócratas y defensores de los derechos humanos de todo el mundo están comunicando su adhesión al buzón apel.podrabinek@gmail.com; como explica el mismo documento, de ese modo tratan de evitar que las amenazas proferidas y los comentarios que éstas han suscitado se conviertan en otra crónica de una muerte anunciada.

Es justo y necesario que todos los demócratas cubanos se sumen a esa justa causa. Lo mismo es válido para todos los hombres y mujeres de habla hispana que estén animados de buena voluntad.


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