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LA JUVENTUD NO VUELVE


26-09-2009, Pedro Corzo

Hace muchos años, casi tantos como los que he vivido, leí una novela hermosa, sencilla; pero de una sensibilidad arrolladora. Aquella novela conmovió profundamente mi sentir. La casi niñez de los 13 años incursionó por medio de aquella obra en el romance temprano, en la alegría de no cargar angustias y en la guerra con su secuela de odio, miedo y muerte.

 

“La Juventud no vuelve”, de Manuel Pombo de Angulo, fue para un grupo de mi generación santaclareña una ventana al futuro, una toma de conciencia de la cruel realidad que puede traerle el futuro a una generación o a parte de ella. Recuerdo que el libro me lo prestó mi entrañable amigo José Antonio Albertini, y que nunca se lo devolví.

 

La narración describe los estudiantes de una cosmopolita universidad alemana, que sorpresivamente fueron involucrados en la segunda guerra mundial. Era un libro lleno de heroísmo y sacrificio.

 

Nos identificamos de inmediato con aquellos que cumplían el compromiso con su tierra y su tiempo, y nos acercamos aún más a los que, conociendo que cumplir con el deber no recíproca lo que se entrega y que la ruta hacia él es siempre la más difícil, metieron los temores en mochila y partieron en procura de una meta que tal vez nunca alcanzarían.

 

Lejos estábamos de pensar que en un escenario más reducido y sin el encantamiento de la literatura nos involucraríamos voluntariamente o no, en un proceso político que modificaría sustancialmente nuestros proyectos y existencia.

 

La política sorbía la vitalidad de la nación. Una lucha fratricida en la que la juventud cubana dio mucho de lo mejor de sí, porque se fue junto a la historia que escribieron.

 

Parecía que la crisis concluiría con la irrupción de una nueva generación que detentaría el poder. Un delirio, un sueño, porque los tambores de la nueva orquesta presagiaban lo contrario. Sectarismo, inquisición; se estrenaba la teocracia. Se iniciaba la siembra de un nuevo orden que sólo produciría una cosecha de horrores y terrores.

 

La juventud, nuestra juventud, se involucró en el proceso. Los colores políticos se fundieron en blanco o negro. La duda, la inconformidad y la crítica se convirtieron en crimen. Se masificó el individuo y al joven aún más. El joven tenía que “ser” y si no, estaba en contra, con todos los perjuicios que esa condición acarreaba.

 

La elección individual se acercaba. Era imposible no asumir responsabilidades. El tiempo llegó. Unos se identificaron con plena conciencia de sus actos y no pocos se convirtieron en verdugos. Los más, callaron u omitieron, pasaron a engranaje de un sistema que los hacía adeptos por sus miedos. Entre ambas vertientes, en número nunca deseado, crecieron los parásitos. Saborearon la lenteja, simularon creer, simularon entregarse; por miedo, acomodamiento o ambiciones, pero por lo que fuese, el oportunismo los mutó a vampiros. Esos que llegaron a “Generales y Doctores”, se privilegiaron sobre la miseria material o la desgracia política de otros.

 

El resto tomó, por motivos diversos pero con la bendición del peligro, el rumbo que creyeron más justo. A éstos les tocó la muerte, cárcel, exilio o el ostracismo en su propia tierra, a veces en la misma casa. Fueron marginados por la complicidad que otros practicaban.

 

El compromiso se hizo más evidente. La sociedad se escindió más y la juventud se escapaba sin que nos diéramos cuenta. Los sueños se perdieron con la edad y las crudas experiencias ocuparon su lugar. El heroísmo consumió a unos y la vileza a otros. Fueron duros tiempos.

 

Las trincheras en las calles se definieron al igual que prisionero y carcelero. El poder venció. Los que sobrevivieron trataron de vivir de nuevo. Para muchos fue tarde. Para todos, las cicatrices han dejado sombras.

 

Mujeres y hombres que nunca tuvieron hijos. Familias desganadas. Profesiones que quedaron en planes. Extraños en la propia casa. Frustraciones que acabaron vidas y conciencias.

 

Del lado del poder la juventud también se fue, pero en los dorados del éxito. Cuarteles. Maniobras Militares. Conferencias. Burocracia. Doctorados. El favor del Faraón los hacía personas. La satisfacción ahogaba la inexistente conciencia. Disfrutaban en grande. Un cuerno de la abundancia los nutría. El sectarismo y el repudio; la condena inclemente a todo lo que no se ajustaba a las normas impuestas era el oficio diario. En fin, se justificaban todas las maldades, todos los crímenes por la realización de una quimera en la que pocos de muchos actores creían.

 

El tiempo siguió sumando más canas, más arrugas y menos energía, para todos, sin importar ideologías. Simultáneamente a mucho, de los que se habían ido con la Sirena, se les agotaba el sueño, no por un despertar de conciencia, sino por frustraciones personales. El oportunismo ya no era rentable; la vileza descendía en la bolsa.

 

La juventud se fue, sin importar acciones o conciencias; pero las vivencias permanecen en nosotros. Falso sería decir que las angustias pasadas han sido borradas, como también negar los horrores y satisfacciones vividas. Para unos, para otros y terceros, hubo heridas y sonrisas, pero para todos por igual, la juventud se fue.

 

Sin embargo, también para todos, para los que la honraron y la afrentaron la nación queda, y en ella debemos cifrar, los justos y los viles; los que hicieron las promesas y los que tuvimos que pagar por ellas nuestras renovadas esperanzas. La nación está allá, aquí, donde estemos uno o todos; en justa justicia habrá de juzgarnos, pero sobre culpas, complicidades, aciertos, inocencias u omisiones, la nación trasciende no sólo nuestras penas y alegrías, sino también nuestra ida juventud que ya no vuelve.

 

 

Pedro Corzo
Tel. (305) 551 8749
Cell.(305) 498 1714
 


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