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El otro 11 de septiembre


11-09-2009, Mora, Angélica

Opinión/ Apuntes de una Periodista

Cubamatinal/ Para mí, escribir sobre el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 de Chile  es doloroso. Sin embargo, no puedo dejar pasar la fecha sin aportar lo que sé, quizás en una tentativa de que se conozcan algunos pormenores no sabidos por la mayoría de la gente.
 

Texas, 11 de septiembre/ Nuevamente, como el acróbata, tengo que poner lo mejor de mí para contar la verdad y llegar al otro lado, sin haber caído en histrionismos ni dejarme llevar por la pasión de escribir sobre lo que no estoy completamente segura.

Como chilena me ha tocado ser testigo de una de las jornadas más extraodinarias de la era moderna de mi país, su lucha y su victoria contra el comunismo. Y esa lucha no puede narrarse sin mencionar a Augusto Pinochet.

La figura del General Pinochet es vista por la historia diseccionada en dos perfectas mitades: una que lo aclama como Salvador de Chile y la otra que lo presenta como un Dictador con las manos manchadas de sangre.

La verdad está en las dos partes.

Comenzar por el principio es difícil. Lo más aproximado a que se podría llegar es decir que Chile estaba en una terrible encrucijada política desde hacía meses.
 
Salvador Allende, el primer presidente marxista llegado al poder, estaba vendiendo el país, haciendo  valer sus dogmas izquierdistas por encima de su concepto de Patria.

¡Cómo estaría de buena la situación para el comunismo en Chile que Fidel Castro, quien había viajado por unos días a la nación sureña, quedó tan complacido con lo que vió que en vez de una visita protocolar se quedó TRES MESES! Y es que Allende era otro de los hijos de Fidel, en quien tenía puesta todas sus complacencias, como hoy lo es Hugo Chávez, pero mantengamos las distancias.

Los militares chilenos sabían que la izquierda preparaba un auto golpe para el 18 de septiembre, día en que las Fuerzas Armadas desfilan tradicionalmente en un área conocida entonces como Parque Cousiño, hoy Bernardo O’Higgins.
 
Las fuerzas armadas sólo se adelantaron  en lo que llamaron “El Pronunciamiento”, una figura elegante de llamar el Golpe.

Hubo persecución, arrestos y muertes de unas dos mil a tres mil personas, que en ningún momento se puede condonar.

Algunos analistas piensan que millones habrían muerto, si los designios forjados por la violenta ultra izquierda chilena se hubieran materializado.

A Augusto Pinochet, durante una comida en el Palacio de la Moneda, se le preguntó específicamente el por qué de los muertos. Su lacónica respuesta fue: “Porque era una guerra. O ellos o nosotros”.

Luego, y nadie le puede restar el mérito, Pinochet efectúó un plebiscito el 5 de octubre de 1988 -el cual muchos lo aconsejaron de no llevarlo a cabo- y respetó los resultados.
 
Y aquí tengo que revelar una confidencia que me contó mi colega y mentor chileno Rafael Kissteiner, quien era Jefe de Prensa del general Pinochet.
 
Me reveló Kissteiner que algunos funcionarios del gobierno, rodearon a Pinochet y le aconsejaron que, debido a lo escaso del margen a favor del NO, ignorara los resultados.
 
El general los miró y dando un golpe en su mesa gritó. “NO, JAMAS, ESA ES LA VOLUNTAD DE PUEBLO Y HAY QUE RESPETARLA Y CUMPLIRLA”.

Más tarde el Viejo General fue acusado de malversar caudales públicos. En buen chileno de “haber robado mientra estuvo en el poder”.
 
Pero para mí y millones, este gesto del plebiscito–que ya muchos se quisieran para sus respectivos países gobernados por Dictadores– hace pasar al General a la historia y Chile le debe el mérito de haber detenido el Comunismo y haber encauzado la nación hacia una era de prosperidad económica.
 
¿Qué habría pasado, si Pinochet hubiera ignorado los resultados del referendum, como se le pidió? Quizás se habría mantenido algunos años más en el poder o hubiera habido una revuelta. Nadie lo puede saber.

Lo que sí se sabe, es otra falacia que los izquierdistas trataron de colgar en los días de la muerte de Allende y que era que “lo habían asesinado”.
 
El rumor cundió, hasta que llegó la órden desde La Habana que era incluso más impactante presentarlo como “suicidado”, como un Valiente.
 
Que en realidad lo fue, al pedir que todas las mujeres y los que le rodeaban abandonaran la Moneda, para él quedarse solo.
 
El periodista, “El Perro Olivares”, (se le llamaba así, no en insulto sino por su tenacidad en buscar la noticia), quien cubría la Moneda y quien estuvo durante el ataque al Palacio, ratificó más tarde los hechos.
 
Lo mismo la Secretaria de Prensa de Allende, Frida Modak -a quien conozco por haber sido colega mía en Radio Balmaceda en Santiago de Chile- y quien escribió:

“El presidente Allende ordenó que todos salieran desarmados, porque él sería el último en hacerlo. Cuando todos iban descendiendo hacia la puerta de Morandé 80, el compañero presidente se disparó en la cabeza con la metralleta que le había regalado el comandante Fidel Castro y que es con la que combatió durante todas esas horas”.

Hay tanto que contar. Quizás más adelante.
 
Pero esto es lo que yo viví de primera mano. Quiero aclarar que no soy refugiada política que huyó de Allende. Salí con mi familia a Venezuela durante la administración del Presidente Eduardo Frei Montalva. Este Mandatario le preparó el camino expedido a Salvador Allende. Por algo pasó a la historia como el Kerensky  chileno.
 
Pero esto podría ser asunto de otro Apunte.

La otra fecha dolorosa es el 11 de septiembre del 2001, día de terrorismo, dolor y luto en Estados Unidos, escrita con fuego en nuestras almas y que jamás podremos olvidar.

Dos 11 de septiembre que quedaron para siempre marcados en la Historia y que me impactaron personalmente.


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