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Los últimos días de Ceaucescu
18-08-2006, Emilio Suri Quesada

Todavía, muchos años después, me impresiona la mirada de incredulidad de Nicolae Ceaucescu en el momento en que, por primera vez, tras decenas de años en el poder, la multitud que está acostumbrado a dominar como si fuesen un rebaño, no le obedece.

La gente que está en la plaza, delante del Comité Central del Partido, el lugar que en infinidad de ocasiones le ha servido para comprobar el poder que ejerce sobre todos, está a punto de estallar. Es 22 de diciembre de 1989 y si estabas allí podías ver cómo los ojos de los congregados tenían algo de la frialdad de los peces cuando llevan horas fuera del agua. La calma que lo envuelve todo le da al ambiente un aire gelatinoso. Desde el balcón, El Conducator no puede dar crédito a lo que ve. Abajo, la multitud por la que él, su mujer, sus hijos y sus parientes han sacrificado la vida para convertirlos en habitantes de un estado multilateralmente desarrollado, dan la impresión de haberse transformado en descomunal mole que de un momento a otro puede convertirse en lápida.


Ahí están los que creen en él y todavía le apoyan, los pusilánimes, los temerosos, los cobardes, los infiltrados, los delatores, los militantes, los oportunistas, los indiferentes, los que solo les importa aplaudir a quien les da de comer, los que dan vivas cuando la mayoría da vivas, los peleles de siempre, en fin, la masa.

Nicolae Ceaucescu, el líder, el camarada Conducator, el primer secretario del Comité Central del Partido, el jefe supremo de las fuerzas armadas, el dueño y controlador de la vida y muerte de todo el país no puede comprender, ni creer, ni imaginar que el pueblo que él ha conducido victorioso hasta la Época de Oro haya dejado de aplaudirlo, de vitorearlo, de mirarlo y de seguirlo. Es como si alguien hubiese, de golpe, descorrido el manto de miedo que siempre, como hechizándola, envolvía a la multitud.

Había que encontrar al traidor, mostrárselo al pueblo y darle un ejemplar castigo para que a nadie, por los siglos de los siglos, se le ocurriera hacer lo mismo. El jefe necesitaba con urgencia tiempo para que sus allegados le pusieran delante la cabeza del atrevido en bandeja de plata. Pero a su lado, está vez, nadie moverá un dedo. Su tiempo acababa de extinguirse. La Era Ceaucescu estaba dando los últimos coletazos.

Y para que los estudiosos de las masas y de los dictadores se rompan mañana la cabeza buscándole explicación a los hechos, es como si, simplemente un no aplauso y un silencio comprimido, sirvieran como detonante para el estallido que marcaría el viaje hacía la nada de la familia Ceaucescu.

Tantos años de dictadura y represión sórdida en donde de cada tres habitantes uno era delator oficial; el otro, chivato aficionado y el tercero, aterrorizado, hablaba lo que sabía y lo que no lo inventaba; tantos inviernos en donde los hijos de vecinos del país tenían que dormir con la ropa de calle puesta para no congelarse, tantos años de hambruna, contrabando, corrupción; tantos quinquenios de planes económicos incumplidos; tantos años de megalomanía del tirano y los suyos, tantos suicidios silenciados, tanto odio, tanta frustración, tanta simulación, tanto temor y tanta miseria acababa de estallar delante del dictador sin que su temida Seguridad pudiese mover un dedo para impedirlo.

El desespero y la impotencia de Ceaucescu crece, al igual que la ira en los ojos de su mujer, cuando los mismos que hasta hacía unas horas se degradaban como seres humanos al adularlo comienzan a gritarle: ¡jos, Jos, Jos JOS! con la misma vehemencia que antes lo vitoreaban.

El hilo del poder acababa de romperse con una facilidad que nadie esperaba. Los tanques salen a la calle pero no se atreven a disparar. Como siempre, los jóvenes son los que pagan con su vida. Los viejos camajanes comienzan a hacer pactos de silencio con el nuevo poder: yo no digo de ti, tú no dices de mi. Yo no hice nada malo, ni tú, tampoco. La culpa de todo la tiene Ceaucescu. Hay que impedir que diga lo que sabe de todos nosotros. Hay que silenciarlo. Y como es navidad: ¡a bailar a bailar con la Sinfónica Nacional. Así de simple es la formula.

Ese 22 de diciembre el mundo entero y en especial los europeos amantes de las emociones fuertes podían seguir desde casa, frente al televisor y con su vinito de navidad la cacería de Ceaucescu y su mujer.

Aquel día los que estaban en la plaza, frente al Comité Central vieron por última vez la figura de Ceaucescu asomada al balcón y después sintieron los motores de un helicóptero que, poco a poco, fue ganando altura y lo llevó hasta la casa que tenía en Snagov, muy cerca de donde está enterrado Drácula.

Todavía me parece escuchar al piloto cuando me contó cómo había dejado abierta la comunicación del aparato para que todos los que tenían que saberlo en tierra supieran por dónde iban y hacia dónde se dirigían. En su momento me impresionó su testimonio y, años más tarde, me llené de interrogante cuando supe que había muerto pocos después en misteriosas circunstancias.

Justo al año de la llamada revolución rumana, reconstruí, in situ, los últimos tres días de Ceaucescu y me resultó llamativo de que ninguno de los numerosos testigos pudiera precisarme en manos de quienes fueron a parar las valijas que recogieron en Snagov en donde se afirma que había una llena de dinero en divisas y joyas. Tampoco nadie es capaz de precisar qué países vecinos o lejanos estaban detrás de aquellos hechos.

En 1989, uno estaba en plena forma periodística y por un buen reportaje era capaz de jugarse el tipo. También era tan ingenuo o idiota que pensaba que, en Cuba, todavía quedaba espacio para, entre líneas, jugar a hacer un periodismo decoroso. Periodismo Aspirina, le llamamos unos pocos, porque servía para aliviar el dolor de cabeza que vivían a diario los lectores.

Aquel primer invierno sin Ceaucescu llegué a Rumania y más de un rumano, amparado bajo los efectos de la euforia y con la creencia de que con la muerte del tirano todo cambiara de golpe, me preguntó si había ido a probar lo que se siente cuando un país acaba de librarse de un dictador. Nunca supe si aquello fue un cumplido o una provocación.

Llamaba la atención ver como muchos de los que hasta hacia sólo unos meses eran furibundos admiradores del Conducator y comunistas acérrimos eran, ahora, los grandes defensores del capitalismo. Daba cólera saber que muchos de los integrantes de la policía política, con las divisas robadas, eran propietarios de unas firmas comerciales denominadas SRL (Sociedad de Responsabilidad Limitada) y exhibían en los escaparates de sus negocios una ensaladas de artículos que evidenciaban a las claras que el socialismo también le mataba el buen gusto a las personas y de que Rumania, sin lugar a dudas, era La Puerta de Oriente.

Los rumanos, embobados, como niños ante un escaparate de juguetes, miraban la extraña mezcla de productos de todo a cien. Allí estaban los encendedores, las bragas de colores chillones, las cafeteras, los cigarrillos, las coca-colas, los condones, los radios transistores, las cuchillas de afeitar, los dulces de fabricación casera, los güisquis de etiqueta dudosa y todo lo que uno pudiera imaginar. Eso a nivel de barrio y, en ese tiempo, todo Bucarest parecía un barrio enorme de edificios grises, gitanos de un lado para otro, con olor en las esquinas a carne asada a la parrilla, aguardiente y orines de cerveza tomada con las prisas de quien tiene una vieja sed por olvidar el pasado. Todavía faltaban meses para que los kioscos sacaran a la venta los desodorante FA que tanto necesitaban quienes viajaban a diario en el metro.

Tuve suerte en aquel viaje y fui el primer periodista cubano a quien el entonces primer ministro Petre Roman le concediera una entrevista. A partir de aquello me di a la tarea de cazar los testimonios de quienes, personalmente, participaron en la muerte del matrimonio Ceaucescu: los pilotos, el personal que trabajaban en Snagov, los chóferes de los Dacias que los dejaron varados, alguna de la gente de las aldeas por donde pasaron y hasta el propio Gelu Voicán, un hombre de hablar pausado y mirada penetrante que, sin perder el aplomo me contó que en el fusilamiento fueron muchas las armas que dispararon contra el cuerpo del dictador y su mujer. Si alguien se hubiera dado a la tarea de pesar los cuerpo antes y después del linchamiento hubiera podido comprobar que tenían en el interior varios kilogramos de plomo.

-Que la tierra les sea leve- recordaba Gelu Voicán haber dicho cuando las primeras paletadas de tierra comenzaron a caer sobre los cuerpos.
De aquella sustanciosa entrevista en donde me contó con pelos y señales su versión de los hechos, lo que más me ha quedado fue la manera en que me despidió:

-Suerte –dijo y agregó sonriendo con picardía-. ¿Y usted cree que en su país le van a publicar esto?

Al llegar a Cuba le entregué con premura mis trabajos al director del periódico. Sabía que había logrado un material casi más duro que los reportajes hechos sobre la guerra de Nicaragua. Incluso, pensé que ese año también ganaría un premio en el concurso que todos los años convocaba la Unión de Periodistas de Cuba. El director no escatimó elogios, pero cuando lo apremié para publicarlos, me dijo que había tenido que mandarlos a revisar a la dirección del Partido.

Con mi impaciencia habitual fui donde Carlos Aldana, a la sazón responsable ideológico del comité central Partido y tras felicitarme, se acarició el bigote y me sugirió que era mejor colocar la entrevista de Roman en la agencia de noticias Prensa Latina porque Cuba le debía un dinero a Rumania y no era conveniente publicarlo en un órgano nacional y porque, además, el entrevistado, sugería que Cuba se abriera a los cambios que se estaban operando en el mundo.

-¿Y los tres últimos días de Ceaucescu?- ataqué.

Aldana, se levantó de su sillón, rodeó la mesa y en un tono paternalista me puso la mano en el hombro y dijo:

-Tranquilo, ese trabajo está en manos del Comandante en Jefe. Según tenga una respuesta te llamo al periódico.

Una semana más tarde, el director del periódico me comunicó:

-Dice Aldana que Fidel y Raúl se leyeron el trabajo.
-De acuerdo, pero yo no escribo sólo para ellos –le respondí a medio camino entre la seriedad y la broma.

El director se acomodó sus gafas de montura de plástico y creí percibir como, al igual que en otras ocasiones en que le soltaba comentarios irreverentes, me hacía señas con el dedo índice avisándome que su oficina podía estar pinchada.

-Les gustó lo que hiciste, pero han decidido que no se publique.

-Pero, coño, si Fidel no podía ver ni en pintura a Ceaucescu –repliqué.

-El problema no es ese. Es que dicen que aquí hay mucho loco suelto y nunca se sabe lo que puede ocurrírseles.

Salimos de la redacción y ya en su coche, relajado o sintiéndose más en su territorio, me aconsejó:

-Prepara algo sobre Drácula.

-No te parece que ya bastante nos chupan la sangre para seguir haciendo la historia de un vampiro –lo provoqué y se limitó a mirarme de reojo y a esbozar una sonrisa-. Loco, juega con la cadena, pero nunca con el mono.

Esos, como otros muchos trabajos, me fueron censurados. Tronaron al director y trajeron a otro que convirtió el periódico en una escalera por donde trepó hasta colocarse como embajador del castrismo en las Naciones Unidas. Se terminó el Periodismo Aspirina.

Todo lo anterior hubiera quedado como recuerdos y batallitas si no me hubiese encontrado hace poco con un amigo cubano en Madrid. Sus palabras más que alimentarme el ego, me sirvieron de lección. Pese al terror que ha proyectado Fidel Castro sobre Cuba, pese a la imagen de invencibilidad que intentan proyectar los órganos represivos de La Habana y pese al temor o miopía política que muchos hemos padecido, siempre ha habido personas dentro de la Isla que, jugándose el pellejo han sido capaces de burlar el bloqueo informativo que el régimen mantiene sobre los cubanos.

-¿Te acuerdas de Los tres último días de Ceaucescu, aquel trabajo tuyo que no quisieron publicarte? -me preguntó como si no hubieran pasado tantos años- Pues no creas que quedó en el anonimato.

Y, como si aquello no hubiese tenido peligro, contó:

-Por aquel entonces yo trabajaba en la dirección de Salud Pública y una copia cayó en mis manos. Hice como trescientas fotocopias y, selectivamente, la envié a profesionales que aún están en Cuba y trabajan en áreas muy sensibles del gobierno. Ellos lo leyeron y lo hicieron circular entre otros profesionales y sus allegados. Pero no te asombres. Me fui, pero hay mucha gente en Cuba que sigue diseminando información de la misma forma que yo lo hacía. Eso ya no lo puede controlar la seguridad del estado.

Medito en la anécdota contada por mi amigo y pienso que, cuando el pueblo cubano acabe de darse cuenta que el aparato represivo es vulnerable, irá perdiendo el miedo. Insisto en que no puedo dejar de recordar la mirada perpleja de Nicolae Ceaucescu ante la multitud que, de pronto, pudo verlo como lo que era: un tirano a quien el tiempo y su megalomanía demencial empezaba a pasarle factura. Y, sin ser dado a comparar procesos, países y figuras, encuentro muchos puntos en común entre Castro y El Conducator, aunque el caribeño supere, en mucho, al rumano en cuanto a peligrosidad, cinismo y astucia. Algo muy similar había entre la mirada de Ceausescu en aquella plaza y los ojos miopes de Castro el día que sufrió el patatús en pleno discurso.
¿Qué hubiera pasado si, cuando el tirano salió de nuevo a escena, la gente, simplemente, hubiese dejado de aplaudir y el silencio hubiese inundado la explanada?

Hay mucho loco en Cuba y eso lo sabe muy bien Fidel Castro y los suyos. Cualquiera de ellos puede un buen día comenzar con el silencio y luego pasar al Abajo Fidel que, con tanta premura, borra de las paredes la policía política. No es de extrañar que la consigna con la musicalidad del pueblo cubano y con la practica mitinera adquirida en estos años, cuando llegue el momento, se la corearán hasta en tiempo de conga o guaguancó. Ahí, en la misma plaza donde todavía lo aplauden.

El dictador cubano puede haber salido ileso de atentados, haber superado desmayos, puede que, incluso, tenga planes secretos para morir matando. Su castigo mayor no será sentarse en un banquillo para responder por sus atrocidades, ni mucho menos recibir tantos plomos como Ceaucescu. Lo que nunca podrá soportar, lo que no admite que pase por su mente es que esa masa, un día no lejano, quede en silencio y nadie le escuche y nadie le aplauda y que hasta la historia que tanto ha querido manipular, se rebele y no lo absuelva.

 


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