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Pánfilo y la hora de hoy


14-08-2009, René Gómez Manzano

Cubamatinal/ Quiero escribir sobre Juan Carlos González Marcos (que casi nadie sabe quién es) o simplemente sobre Pánfilo, a quien todos sí conocen: el personaje que alcanzó instantánea notoriedad al convertirse en vocero indiscutible de los anhelos alimentarios más íntimos de millones de cubanos de a pie que carecen de voz debido a la represión castrista.

La Habana, 12 de agosto/ Resultan a veces insondables las motivaciones que llevan a los seres humanos a simpatizar con un semejante. Tal vez, en este sucedido, haya desempeñado un papel no despreciable el mote del individuo, nombre inusual y vitando, que —hasta donde recuerdo— sólo han compartido con él Pánfilo de Narváez, un aventurero castellano de ingrata memoria, genocida de mansos indios taínos —derrotado después por Hernán Cortés—, y un simpático personaje, fruto del genio de Walt Disney: Pánfilo Ganso.

Su tocayo que ahora nos ocupa, beodo impertinente (algo fastidioso —es cierto—, aunque nada inoportuno), con su gracia popular, se convirtió en estrella de lo que, de no ser por él, hubiera sido una intrascendente entrevista más sobre la música de la Isla. Usando vocabulario de origen africano primero, y después ya en un lenguaje más convencional (“español continental”, dirían los especialistas en doblaje), expresó las justas frustraciones y ansias de los millones de sus compatriotas que no tienen acceso a los privilegios de la exclusiva nomenclatura castrista, y que se ven condenados por el régimen ineficiente y represivo a sobrevivir, tras medio siglo de paz, con raciones de tiempo de guerra.

De los tres estadios que —según los entendidos— recorre el hombre en su intoxicación etílica: el del mono (con sus gracias y su hiperactividad), el del león (con su fiereza) y el del cerdo (que se revuelca en sus propias deyecciones); Pánfilo, según nuestro leal saber y entender, sólo ha alcanzado el primero, lo cual constituye una razón más para que sintamos sincera simpatía por él.

Porque lo imposible sería negar que nuestro héroe estaba embriagado el día de su genial ocurrencia. Ello nos obliga a recordar el célebre apotegma latino: In vino veritas. Aunque —claro— debemos suponer que la verdad nimbada en alcohol del popular personaje en ese día memorable no se originó en un fino zumo de uvas fermentado, sino en los licores más groseros que se ven obligados a consumir los bebedores humildes del “paraíso comunista”: esas sustancias ignotas que el pueblo cubano ha bautizado irónicamente como “chispa de tren” y “hueso de tigre”.

Vienen al caso las alegres remembranzas de la ingeniosidad de Pánfilo, porque todo indica que ese desventurado se convertirá ahora en nueva víctima de la protervia de un régimen cuyos personeros han dado sobradas muestras de carecer no sólo de humanidad, sino hasta de sentido del humor. Viene a mi memoria el caso del activista Frank Reyes López, quien hace apenas unas semanas logró burlar el férreo cerco establecido alrededor de la casa de Antúnez vistiéndose de mujer; el gracioso incidente terminó con una brutal golpiza propinada por las autoridades al ingenioso luchador.

Ahora parece que corresponderá a Pánfilo el turno de ser castigado cruelmente por su salida hilarante. Se habla de que será objeto de uno de los tristemente célebres “expedientes de peligrosidad”, mecanismo establecido y mantenido por el régimen comunista para poder encerrar entre rejas a quienes no les puede probar delito alguno. Como se sabe, este método diabólico —basado en una institución nacida en la Italia fascista de Mussolini— ha sido usado repetidamente para reprimir a quienes se expresan en contra del sistema, de lo cual tengo un ejemplo cercano en mi cuñado Raimundo Perdigón Brito, con el que coincidí hace ya varios años, al comienzo de su cautiverio, en la Prisión Nieves Morejón de Sancti Spíritus, y quien todavía permanece arbitrariamente encarcelado allí.

En el caso de Pánfilo, algunos —no sé si verazmente— lo han calificado de alcohólico habitual. Es cierto que el Código Penal vigente contempla el “índice de peligrosidad” de la dipsomanía, para el cual se contemplan “medidas terapéuticas”; la más leve de ellas: el “tratamiento médico externo”. Me indigna que medidas de ese tipo se apliquen únicamente a infelices como ése, y no a encumbrados personajes de elevadas investiduras, entre los que no son raros los amigos de las libaciones. De todos modos, si éste fuese el caso, el mal sería menor.

Pero dudo que en este asunto las autoridades castristas se traigan sólo eso entre manos. Por aquello de piensa mal y acertarás, considero más probable la variante de la “conducta antisocial”, especie de saco en el que cabe cualquier cosa que se le ocurra al jefe de sector de la policía o al fiscal de turno. Para estos casos, la Ley contempla la imposición de “medidas reeducativas”, la más severa de las cuales es el “internamiento en un establecimiento especializado de trabajo o estudio”. Quien ignore qué significa esto en la Cuba de hoy, sólo tiene que pararse frente a cualquier cárcel del país —incluso de máxima seguridad, como la misma Nieves Morejón que ya mencioné— para salir de dudas: en esas prisiones, junto a asesinos, ladrones o violadores que purgan sus sanciones, se encuentran los enviados al fantasmagórico “establecimiento especializado de trabajo o estudio”…

Mientras se define la situación de Pánfilo, los abogados de la organización de juristas independientes que me honro en presidir desde su fundación —la Corriente Agramontista— expresamos nuestra disposición a asesorarlo y a asumir gratuitamente su representación frente a este nuevo atropello del régimen (esto último —claro está—, si para ello nos autoriza la señora Ministra de Justicia; pues si no, no podríamos hacerlo). Se afirma que sus seres queridos han optado por acudir a un bufete colectivo y que, después de recibir las negativas de muchos letrados deseosos de no buscarse problemas, encontraron a uno que sí aceptó asumir la defensa. Se dice también que, al momento de redactar estas líneas, le estaban realizando el “juicio”.

Creo que es justo que todas las personas decentes nos solidaricemos con el beodo veraz. Me parece que para él, ante la opinión pública, no hay defensa mejor que la simple exhibición del breve y sustancioso video del que fue estrella, junto con el mero enunciado de la medida que —en su caso, y pese a no haber cometido delito alguno— adopten contra él las autoridades castristas. Para terminar, sólo quisiera añadir: ¡Viva Pánfilo!
 


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