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Muerte del mito castrista
18-08-2006, Aguila, Nicolás

Fidel Castro está vivo, pero no del todo. El vídeo que finalmente fue televisado como penúltimo capítulo de un culebrón con suspense y misterio, deja claro que su salud está seriamente quebrantada y tiene los días contados.

Su muerte simbólica, simultáneamente, se produce también por entregas -- no como metáfora en caída libre, sino por reducción metonímica-- en un parte médico firmado por el propio paciente, donde el autodiagnóstico de ‘estabilidad objetiva’ rezuma un optimismo subjetivo que contrasta con el eufemismo transparente de la ‘noticia adversa’.

Del caguairán imbatible —el quebracho genérico del imaginario latinoamericano—sólo resta un tronco seco y vulnerable en trance de volverse polvo y ceniza mortal para ser aventados piadosamente en la ventolera posmoderna de la historia.

Aun cuando se hayan oído en todo el mundo tantas y tan disímiles voces de pesar por el receso y posible deceso del enfermo dictador (las de Cuba nunca son completamente creíbles, ni siquiera las de su entorno), a esas muestras de dolor les seguirá la consternación y el duelo, pero al final vendrá el olvido con su entierro definitivo.

Aunque muchos de sus admiradores tal vez no se percaten del hecho, a Fidel Castro lo admiran -- más que muerto, preferentemente vivo -- no tanto por su pequeñez davidiana y desafiante como por su mitificada inmensidad ‘enérgica y viril’, por decirlo con una frase muy suya.

Muerto Castro, se acabó un símbolo que ha venido muriendo progresivamente con desmayos, caídas, lapsus, exabruptos y traspapeleos durante sus interminables peroratas.

De haber llegado al minuto final en su último discurso, por lo menos habría muerto con las botas puestas parapetado en la tribuna, que ha sido la trinchera más eficaz para sus obsesivas batallas contra el comodín del imperialismo.

Morirá en la cama de muerte natural mientras le prolongan la agonía con vida artificial, a no ser que él mismo en otro histórico comunicado imparta la última ‘orientación’ de que lo desconecten y lo dejen morir como Dios manda. O como ordena la eutanasia revolucionaria.

Si el Partido es Fidel y Fidel es el Partido, ¿podrán seguir sosteniendo que el Partido es inmortal, aquella consigna que sirvió de abono natural para nutrir el mito de la inmortalidad del Patriarca hoy al borde de la tumba?

Como la última imagen que quedará de un Castro postrado en la cama será la estampa lastimosa de un anciano en su lecho de muerte, no tendrá siquiera el atractivo de un Che Guevara fotogénico reproducido al infinito por la chemanía pop.

Muerto Castro, se acabará el castrismo. El comandante morirá lentamente, pero morirá del todo


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