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Convalecencia compartida
13-08-2006, Juan González Febles
Una tensa calma preside la convalecencia del gobernante Fidel Castro. Se ha conocido la movilización de efectivos de las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida. También en las calles se encuentra reforzada la presencia policial. Se vigila en una forma discreta pero ostensible a disidentes y opositores. Esta atención personalizada se enmascara bien en una voluntad declarada de atender el orden interior, contra todos.
Como era de esperar, el ciudadano corriente comienza a desentumecerse y a dudar. Se duda siempre de quien siempre miente. La gente poco a poco empieza a preguntarse qué habrá detrás de todo este tinglado. Se trata de un movimiento lento, mucho más discreto que la acción del estado. Pero se siente.
Por lo pronto, la oportuna indisposición libera al Comandante de responsabilidades en la rotura eléctrica de verano que viene. Al menos en la capital, ya se han reportado varios apagones de entre cuatro y seis horas. Por supuesto, todos posteriores a la enfermedad del Comandante.
No caben dudas de que si algo le sobra a Fidel Castro es una endiablada buena suerte. Al menos, mientras dure su reposo dejará de ser responsable de las inconveniencias del verano. El culpable será el Sr. Carlos Lage y en menor medida, Raúl Castro.
Los rostros hieráticos de los paisanos empiezan a animarse y el temperamento especial de los habaneros se impone. La chispa de picardía y la broma sobre el Comandante y su salud secreta y de estado, empiezan a despertarse lentamente por la ciudad.
Ha sido importante conocer de forma pública que la salud del Comandante es un secreto de estado. En esta categoría se integran el mosquito que picó su “querida” pierna, la caída libre en Villa Clara y esta última incidencia de verano, en los prolegómenos de la Conferencia de Países No Alineados.
Como bien señaló el colega José Fornaris, se habló de todo menos de la vapuleada constitución. El Comandante delegó, y allá va eso. Según la última información ofrecida por el propio paciente, su estado de salud anda “estable”. Resulta curioso, porque el término “estable”, resulta socorrido en los predios médico-represivos del país.
Cuando un hombre anda grave, si la gravedad se prolonga más allá de los límites, para las autoridades, está “estable”. El término quiere decir poco e informa menos. Es un comodín gris y perfectamente acomodaticio. Perfecto para funcionar como “secreto de estado”. Pienso que el binomio autoral cubano del exilio integrado por los escritores Juan Benemelis y Eugenio Yánez debe de andar muriéndose de risa. Como dije en otra ocasión, su ficción se parece mucho a lo real. Más de lo que muchos quisiéramos.
Por lo pronto, los medios en la Isla, redoblan sus cantos laudatorios al Comandante. Todo en el viejo estilo. El tinglado amenaza mantenerse durante todo el espacio de convalecencia del gobernante. Hoy critican la “falta de humanidad” de los que celebraron en Miami la eventual muerte del dictador. Dudosa sensibilidad para justificadores de penas de muerte, torturas de prisioneros, siniestros de remolcadores y mítines de repudio.
A través de los misteriosos vasos comunicantes que se establecen en las dictaduras, todos compartimos de una forma u otra la convalecencia del Comandante. La viscosidad del colectivismo y su hedor fraterno y partidista así lo demandan. De grado o por fuerza, la vida o la muerte de Fidel Castro es un asunto que afecta a todos los cubanos. Dentro y fuera de la Isla, a favor o en contra.

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