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La filosofía del despojo
05-07-2009, Francisco Chaviano González

Cubamatinal/ A poco de triunfar la revolución comunista de 1959, nos fuimos a vivir a una residencia en la Calle 220 ? 103, en el Reparto Mayanima, de este pueblo costero del municipio Playa. La casa rentada por mi hermano Tedy era espaciosa, el patio daba a la Bahía de Jaimanitas sobre la cual extendía un muelle blanco por donde nuestros juegos de niños echaron a volar. En el patio semi ovalado, relleno de arena había un bote de madera de no muy buenas condiciones en el cual navegó la familia muy pocas veces, pues chocamos contra un pesquero y nos hundimos poniendo fin a su vida útil.

Jaimanitas, 2 de julio/ SDP/ El Sr. Bardón, vecinos del ? 101, también tenía un muelle. Su hijo Monguito, un joven de poco más de 20 años, también gustaba de remar y pescar. Tenía un pequeño bote de color vino, lo suficientemente ligero como para cargarlo al hombro, echarlo al agua y volverlo a sacar cada vez que lo usaba.

Los recuerdos de aquel lugar me resultan muy gratos. Mi hermano Tedy compró una lancha con un pequeño motor fuera de borda, en la cual paseábamos por la bahía en algunas ocasiones. Luego le quitaba el motor y la embarcación se convertía en nuestro juguete preferido. Mi hermano menor, Leonel y mis sobrinos mayores, le pusimos un mástil con una vela cuadrada a la lancha; remábamos hasta la entrada de la bahía y allí la desplegábamos. La embarcación, empujada por la fuerte brisa del mar, adquiría una velocidad asombrosa y así recorríamos una distancia de más de 300 metros a todo marcha. Cuando estábamos cerca del final de la ensenada, tumbábamos la vela y poníamos fin a nuestra carrera.

Frente a nuestra casa había un pequeño parque con numerosos almendros, donde solíamos degustar el apetitoso fruto que tanto atrae a los niños. Nuestro perro Nerón, un Bóxer juguetón, a cada rato hacía de las suyas con su torpeza: allá estaba, corría, luego se acostaba sobre el césped y lanzaba algo hacia arriba con un tirón de cabeza; de pronto nos dábamos cuenta que se trataba del patito del niño del vecino, corríamos a quitárselo y a enterrar al desdichado animalito. Aquel era nuestro paraíso.

Pero en el año 1963 todo comenzó a cambiar. Nos quitaron la lancha y el bote, luego vinieron con el cuento de un “Plan Fidel” para becarios y como nuestra casa era rentada, nos la quitaron al igual que a varios vecinos más. También con el mismo argumento, nos despojaron del televisor, la cocina de gas, el refrigerador y otros muebles del hogar; en momentos en que ya no se ofertaban estos en las tiendas y no había manera de reponerlos. De modo que nos ubicaron en una casa de Santa Fe. Llevamos solo nuestra ropa y las camas para dormir, cosa que se nos concedió como gesto benevolente de la revolución.

Los becados del cuento nunca vinieron, pero en su lugar llegaron las Tropas Guardafronteras, que ocuparon la rivera oriental con sus guardacostas que contaminaron de petróleo la rada apacible. También se instalaron allí, pero en la rivera occidental y el sur, las Tropas Especiales de la Seguridad del Estado con su talante temerario y se apoderaron además de la mayor parte de la zona residencial que flanqueaba la caleta.
Quedaron en manos civiles algunas pocas residencias de propietarios que no emigraron como nuestro vecino Bardón y su hijo Monguito.

Finalmente, como para hacer la gracia de espantar los últimos vestigios de la candidez del lugar, llegó el “Pájaro Azul”, majestuoso pero con el alma negra del casco de una torpedera sobre la cual fue construida. Tal vez hecho a la medida de su dueño, el Comandante en Jefe.

Han pasado 46 años, el entonces joven Monguito es hoy un anciano de 67 años que vivió siempre en la citada residencia, la cual heredó de sus padres. Ahora como antaño, se repite lo del “Plan Fidel”, en una nueva versión con el mismo objetivo: despojar a algunos vecinos de su vivienda. Pero los tiempos han cambiado, por ello las víctimas son más salteadas y selectivas. Ahora aplican leyes que salen como de un sombrero para justificar lo que hacen; sin embargo, en el fondo se trata del mismo despojo del que fuimos víctimas nosotros. La casa se la iban a dar a un Coronel de la seguridad personal según se dice, pero el apoyo de algunos vecinos y las publicaciones de la prensa independiente, le hicieron cambiar los planes y hacer un “Hogar Materno”, como quien busca ralentizar el abuso cometido sobre el anciano y su familia.

 

En el empeño de echar tierra y dar pisón al asunto, hacen propaganda sobre el citado “Hogar Materno”, realizan la inauguración y luego la televisan. El afamado artista plástico de la zona, el Sr. Fuster, que ya antes había realizado un mural alegórico, ahora dona el unicornio que dará nombre al parque. Poco le importa al artista la suerte de su vecino. Compra el permiso para vender sus obras por la izquierda a los extranjeros.


En el pequeño parque de tantos recuerdos, montan unos aparatos viejos, eso sí, recién pintados, y el unicornio. Vienen los músicos, otra vez la prensa y la televisión, llega el Presidente del Parlamento, Ricardo Alarcón y con él familiares de los cinco espías. Se oye la música, truenan las palabras rimbombantes; le han cambiado el nombre al parque de ensueños. De ahora en lo adelante se llamará “Unicornio Azul”, pero apenas se marcha la comitiva, se pierde: ¿navegará sobre la lancha de la vela cuadrada o habrá ido a visitar a Monguito en su destierro?


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