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El gigante con pies de estiércol o el “síndrome del Mesías”
11-08-2006, Miguel A. García Puñales

Tanto el exilio cubano como la oposición interna vienen alertando desde hace algún tiempo, que el principal peligro para una hipotética transición cubana son los intereses continuistas del clientelismo político en la Isla.

También están de acuerdo al coincidir en que paradójicamente uno de los principales escollos con que contarán los herederos de Castro será la forma ultra centralizada y personalista con que el dictador cubano controla su “finquita”.

Pareciera que el propio Fidel Castro habría diseñado la continuidad de su mando más allá de la muerte; sólo que una vez muerto, nadie ha logrado controlar el futuro de los vivos. Lo dijo el propio Castro en un extraño arranque de sinceridad frente a las cámaras de televisión allá por los primeros años noventa, cuando clamaba -con los ojos dando vueltas en las órbitas- por dos años de plazo para salvar “su revolución”.

Lástima que en esos años definitorios tanto gobierno y empresario “preocupado por el pueblo cubano” haya acudido en su ayuda –léase en su propio interés- a calzar la bancarrota económica y político-social de la Isla.

Por cierto son los mismos que en 2004 dejaron claramente definido que los Derechos Humanos son una causa loable, pero que lo suyo son los negocios ¡Qué sería de los articulistas si no existieran las hemerotecas!

Ahora se aduce desde el gobierno de Cuba que la continuidad del régimen está garantizada por el Partido Comunista, pero ¿De qué Partido hablamos?, si sabemos que nunca ha funcionado como tal sino para obligar a sus miembros en el cumplimiento de la voluntad de una sola persona.

El Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba fue la única y tímida oportunidad que tuvieron los comunistas cubanos para funcionar como partido político y duró el breve plazo de una semana de sesiones.

Fue la última de las muy contadas veces – dos para ser exactos- en que Fidel Castro se vio obligado a reconocer algún error. La primera vez fue en el discurso del 26 de julio de 1970, cuando ante el estruendoso fracaso de la “Zafra de los 10 Millones”, reconoció su alta responsabilidad en el dislate; claro que frente a casi un millón de personas, haciendo uso de una técnica superior de histrionismo teatral –con gorra tirada sobre el podio y todo – al parecer aprendida en sus años mozos de extra en el cine mexicano y desarrollada frente al espejo según cuenta en sus memorias la amante alemana de sus primeros días como “líder victorioso”.

Por arte de birlibirloque, en aquella oportunidad su alta responsabilidad en el desastre económico se convirtió en un simple “revés”; para a continuación “convertir el revés en victoria”. Se eliminó de la propaganda oficial el proyecto de “construir el comunismo paralelamente al socialismo” y se restituyeron las relaciones monetarias mercantiles entre empresas estatales, a despecho de la mejor “teoría” guevarista, condición sine quo nom exigida por los soviéticos antes de admitirle en el CAME y volverle a conectar la tubería del dinero fácil.

El Primer Congreso del PCC fue un acto de contrición de cara a sus amos soviéticos, de donde salimos con una referencia literal a la dependencia de la URSS expresada en la “constitución socialista”, cambios de uniformes militares a la mejor tradición eslava y gritos de “hurra” –con pronunciación aguda y todo- de las tropas en la plaza ante el reclamo del gerontológico delfín que hoy nos quieren imponer.

Los que conocen a profundidad el funcionamiento de las estructuras del PCC, saben perfectamente que existe una cúpula cerrada de membresía anémica y que esa cúpula es la que ejerce el poder real a nombre no de un Secretario General, sino de un gobernante que siempre se ha comportado como un verdadero sultán.

Durante un breve tiempo, los militantes de base de ese “partido” llegaron a creer que las estructuras funcionarían como una verdadera organización partidista. Bien lo saben aquellos que supusieron poseer capacidad de opinión:

• Cuando en 1978 se informó a la población sobre las decisiones del gobierno, referentes a permitir –por primera vez en 20 años- los viajes a la Isla de cubanos residentes en el exterior, se hizo circular entre las diferentes estructuras de la militancia, una grabación de audio –los videos comenzarían algo más tarde- de un discurso de Castro en un pleno del Comité Central del partido y donde justificaba la sanción a dos militantes de base por la osadía de utilizar los canales del partido para hacer llegar a su majestad –perdón, quise decir al Secretario General- su particular voto en contra del nuevo giro de la política a favor de los viajes.

 

Por cierto, fue en esa oportunidad donde en un arranque de sinceridad, Castro expuso su estrategia de división del exilio utilizando a los que luego serían calificados justamente como “dialogueros”. Fue la época de la creación de la Brigada Antonio Maceo y su versión infantil “los maceitos”, fue también el tiempo de la creación de la Revista Areíto, firmante – no podía ser menos- del reciente documento de apoyo a la dictadura, con el “aval” de varios premios Nóbel, Saramago y Menchú incluidos.

A los dos militantes de marras les ocurrió lo que al personaje protagónico del filme “La decisión de Sophie”; según el argumento de Styron y Pakula, cuando la hija de un profesor judío pro nazi, quiso hacer valer ante un oficial de las SS su condición de pro fascista, el oficial contestó obligándole a escoger cuál de sus dos pequeños hijos moriría en los campos de exterminio. Es el viejo apotegma de Roma, “no paga traidores”.

Y para Castro “traidor” es todo aquél que no apoye incondicionalmente la última decisión basada en su crónica incontinencia urinaria.

El carácter monolítico del PCC es una farsa, lo ha sido siempre y eso lo saben todos los militantes cubanos que logren conectar las dendritas de al menos dos neuronas.

Por eso el partido comunista tardará en perder mayoritariamente a sus miembros de base lo que se tarde durante un proceso de cambios reales en publicar el primer manifiesto libre de censura en la prensa nacional.

Ya vivimos a inicios de los noventa el increíble proceso de la renuncia masiva de muchos militantes a su condición. Sólo que el partido totalitario no acepta renuncias, expulsó a todos los que presentaron reglamentariamente su dimisión. Es de hecho una estructura mafiosa, una vez dentro de ella no se acepta la autoexclusión.

Más de un caso conocí de dirigentes de base del PCC, que en los inicios del mercado dolarizado, expusieron con lujos de detalles ante la militancia los motivos por los que consideraban que el rumbo de la “revolución” era incompatible con aquello por lo que habían creído luchar. Alguno hubo que tiró sobre la mesa el carné del partido antes de abandonar la reunión. A todos se les sancionó con la “expulsión deshonrosa del partido” y por supuesto con pérdida o deterioro de su condición laboral.

La gigantesca cantidad de militantes que a día de hoy integran las filas del partido y las juventudes comunistas son fruto del sistema de clientelismo político mediante el cual es imposible o como mínimo extremadamente difícil, acceder a determinados puestos de trabajo o cargos administrativos si no se ostenta tal condición política. De ahí que el proceso “selectivo” de un partido teóricamente marxista haya derivado a crecimientos masivos durante el llamado “período especial” y se admitan hoy día entre sus filas a personas de condición social o creencias religiosas hasta hace poco perseguidas y represaliadas, incompatibles con sus fundamentos teóricos.

Los militantes del partido comunista y las juventudes constituyen la verdadera estructura de base para la auto represión de la población cubana, funcionan en todos los sectores de la sociedad, pero no nos engañemos es en sí misma una estructura oportunista en aras de la supervivencia y tardará en desmarcarse del sistema lo que tarden en identificar la pérdida de privilegios.

Los más dogmáticos, una minoría, seguirán militando en su organización que en condiciones de libertad social no tardará en proclamarse “democrática”, otros se trasmutarán a posiciones más moderadas y cercanas a su lateralidad ideológica, esos serán los nuevos socialistas. Los más intentarán borrar su pasado partidista intentando reorganizar sus vidas al margen de la política, algunos incluso –como ha ocurrido en los países de Europa del Este- florecerán la cantera de movimientos ultraderechistas y todo ello será por la sencilla razón de que no se ha construido jamás un verdadero partido político sino una masa de seguidores a la política personalísima de un “Mesías”, que resistirá como máximo el juicio de la primera apertura de los archivos de la dictadura.

Lo que debe quedar claro para esa enorme masa de cubanos es que nada deben temer; estimular con declaraciones estridentes y casi siempre sin fundamento, los temores de una enorme aglomeración de compatriotas es además de inoportuno, injusto. Si todos los que en lo más profundo de su mente aceptan cruzar la cerca, se atrevieran o tuvieran la oportunidad de hacerlo, harían falta 10 ciudades como Miami para albergarlos. Es además poco pragmático.

La cúpula de gobierno intentará gobernar a nombre del Partido, pero en realidad –como siempre- gobernarán a nombre de ellos mismos, eso es algo que deben pensar los militantes dentro de Cuba, argumentos para definirse tienen de sobra, sólo tienen que mirar en derredor ¡ Es, ahora, o nunca! Y la prueba de que ese partido puede ser la cantera definitiva de demócratas sinceros –porque también han sido víctimas- la prueba repito, está en el hecho demostrado de que la inmensa mayoría de la dirección del movimiento interno de oposición, sí, ese mismo que sufre prisión, actos de repudio y persecuciones, fueron en su mayoría militantes del partido comunista o sus juventudes.

Es la hora de definiciones, pero el mensaje ha de ser enviado, ¡Alto y claro!, ¡No más doble moral!, es la hora de los hombres de vergüenza, salvo que se quiera vivir en la vergüenza el resto de la vida. No es hora de cobardías, los más temerosos son los que hoy pretenden detentar el poder a nombre de un Mesías que “todo lo ve”; acaben de comprender que los destinos de un país, de una nación, de sus habitantes, de la familia cubana no puede seguir siendo gobernado a nombre de un octogenario definitivamente –en el mejor de los casos- cagalistroso.

Los militantes de base también son parte del pueblo, sólo que ahora les toca definirse, ¡Uds. tienen la palabra!


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