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A mi madre, a las madres y los buenos valores

08-05-2009, Miguel Cancio

Cubamatinal/ Me van a permitir que con motivo del Día de la Madre que ha sido el día tres de mayo 09 (si bien todos los días son propicios para celebrar a las madres buenas) le haga un homenaje, un reconocimiento a mi madre, Lydia Álvarez González, que fue muy buena pero, también, a todas las madres buenas y a valores, principios que creo que son fundamentales para defender una calidad humana de vida y que, en buena parte, se están perdiendo con la peor de las contaminaciones la del alimento espiritual y que genera todas las demás, y al imponerse la tiranía de lo material, de lo superfluo, de las apariencias, de los placeres, el todo vale, el juego sucio para ganar-no perder, para sacar tajada como sea, para acumular, figurar, alardear, ostentar, dar gato por liebre, etc.

Mi madre, que nació en Cuba, adonde, a principios del siglo XX, emigraron, como otros muchos asturianos y de otras partes de España (700.000 españoles), sus padres (nuestros abuelos Antonio Álvarez y Hermitas González), naturales de la aldea-parroquia asturiana de Seares (situada a ocho kilómetros de Castropol y a cuatro de Vegadeo); mi madre, como decía, murió en Vegadeo el domingo 19 de abril 2009.

Quiero darle las gracias a los que nos mostraron a mi hermana (Mª del Carmen Cancio Álvarez) y a mí su pesar por la pérdida de nuestra madre.

Nuestra madre, como nos dijeron los que nos dieron su pésame y pudieron conocerla, fue una gran mujer.

En efecto, nuestra madre fue una gran mujer para nosotros sus hijos, para su familia pero también para aquellos que la conocieron a lo largo de su vida.

Parafraseando libremente al gran Justiniano que nos dejo escrito lo siguiente, Honeste vívere, álterum non laédere, suum cuique tribúere (Vivir honradamente, no perjudicar al prójimo y dar a cada cual lo suyo); mi madre: vivió y trabajo digna, honrada y responsablemente; nos enseño, con su ejemplo diario, permanente y sin alardes, a ser humildes y generosos, a que debíamos informarnos y formarnos para dar lo mejor de nosotros mismos (nuestros padres hicieron un gran esfuerzo para que nosotros, sus hijos, pudiésemos estudiar), a que debíamos preocuparnos no solo por nosotros sino también por los demás y especialmente por los más necesitados; nunca hizo daño al prójimo, al contrario, siempre que estuvo en sus manos trató de ayudar a los demás y a su pueblo.


Nuestra casa, el café-bar de nuestros padres (Lidia Álvarez González y Eladio Cancio Mon que falleció a los 82 años en 1997) fue, verdaderamente y en la práctica real, una casa del pueblo; fue un café completamente abierto al pueblo de Vegadeo, para apoyarlo en todo lo que estuviese en sus manos.

En el café-bar de nuestros padres, el Café Leandrín (tenía este nombre, pues, antes se llamó Hijo de Leandro Cancio, es decir, el nombre de mi abuelo Leandro Cancio por lo que al bar de mi padre le pusieron Leandrín), llegaron a vestirse los jugadores del equipo de fútbol de Vegadeo y los bateleros del club de bateles.

Podríamos poner mil y un ejemplos de las múltiples, de las muy numerosas y diversas actividades que se celebraron en el café de nuestros padres (el lugar en el que el que suscribe aprendió en vivo bastante economía y sociología que después estudiaría en Santiago de Compostela y París. El café de mis padres y otros muchos cafés han sido y siguen siendo universidades de la vida y para la vida, si bien se están perdiendo en muchos lugares) a favor del pueblo de Vegadeo, de su mejora, desarrollo y potenciación (y que ¡Ay! en la actualidad deja bastante que desear, tiene muchísimo que mejorar y máxime si lo comparamos con los de los alrededores), y que, en parte, se cocinaron en su cocina (donde estaba el obrador de la confitería), nunca mejor dicho.

Mi madre, Lydia Álvarez, que fue muy guapa, muy elegante por fuera y por dentro, nos mostró con su buen hacer que la principal riqueza es la humana, la espiritual, la que consiste en tratar de hacer el bien, es decir, en tratar siempre de ser buenas personas, de defender con firmeza, en la práctica real y no solo de boquilla, los principios, los valores que lo hacen posible. Y que es lo que hacen las madres y padres buenos, y que hay que defender, reconocer, potenciar y recordar siempre.

Quiero terminar echando mano de las palabras de un gran profesor y músico que conocí en París, se trata de Vladimir Yankelévitch, el autor de Lo imprescriptible, y que hizo la siguiente rima: La mort est plus fort que le corp, mais l¹amour est plus fort que la mort ­ La muerte es más fuerte que el cuerpo, empero el amor es más fuerte que la muerte.

En efecto, el amor del que dio testimonio nuestra queridísima madre (del que dan muestra las buenas madres, los buenos padres) hacia nosotros, hacia su familia y los demás, es mucho más fuerte que la muerte y perdurara siempre en nuestros corazones, en nuestras vidas y siempre nos servirá de referencia, del mejor ejemplo.

 

 


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