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De cómo Silvio nos la metió en la oreja
07-08-2006, Néstor Díaz de
La escandalosa incongruencia entre el mensaje de ciertas canciones clásicas de la contracultura y los productos que éstas comercializan en el mercado global fue el tema de una encuesta que realizara hace poco la revista Slate. He aquí algunos ejemplos: la Daimler-Chrysler usó Mercedes Benz, de Janis Joplin, para vender el coche de marras; El hijo afortunado, de Credence Clearwater Revival, prestó su letra iconoclasta para mercantilizar vaqueros Wrangler; y Ganas de vida, de Iggy Pop, canción que habla de orgías y heroína, ahora anuncia vacaciones en los cruceros de la Royal Caribbean. Un tal Andrei escribió al semanario electrónico: “Nada evoca mejor la molicie marítima que una canción donde se habla de chutar caballo”.
Hablando de chutar caballo: en la próxima gira de Silvio Rodríguez, cuando los fanáticos reunidos en los estadiums de Barcelona o Bilbao canten a coro “Ojalá pase algo que te borre de pronto…”, estarán –sin saberlo, y ojalá sin quererlo– compilando una lista de inconsecuencias que haría palidecer la lista de Slate.
Esa canción aparece en el álbum Cuando digo futuro, de 1977, y en la Cuba del Quinquenio Gris se tomó por una oración que pedía la muerte del Caballo: Ojalá pase algo que te borre de pronto / una luz cegadora / un disparo de nieve / ojalá por lo menos / que te lleve la muerte…
¿Cómo podíamos darnos cuenta de la carga política encerrada en las letras de Credence Clearwater Revival si ni siquiera entendíamos inglés? Pero quien no entienda cubano tampoco escuchará el doble y hasta el triple sentido de la canción de Silvio: Ojalá que el deseo se vaya tras de ti / a tu viejo gobierno de difuntos y flores / ojalá se te acabe la mirada constante / la sonrisa perfecta…
Sus canciones estaban escritas en doublespeak –cada obra maestra de la Nueva Trova traía integrado su propio dispositivo de autocensura– y tuvieron tanto éxito en camuflarse que, en pocos años, llegaron a ser los jingles con que se vendió la dictadura, la música de fondo para anunciar el Sistema.
La canción popular cubana, que había logrado la más sublime expresión popular de los valores pequeñoburgueses se vio forzada, de la noche a la mañana, a comercializar un producto que negaba esos mismos valores: el amor, la amistad, la familia, la “propiedad” entendida como virtú.
En una composición de 1978 titulada La familia, la propiedad privada y el amor, Silvio sustituye la palabra Estado en el título del famoso panfleto marxista, trocando hábilmente el sentido de unos antónimos irreconciliables. El hecho de poder juntar los opuestos amor/Estado habla de la aptitud empresarial de nuestros trovadores: habían encontrado la fórmula mágica para componer canciones políticas con que los cubanos de carne y hueso se emocionaran hasta el tuétano e hicieran tiernamente el amor.
Sin embargo, hoy sabemos que no hay contradicción en el concubinato de activismo y concupiscencia. Si el rock ha llegado a ser un fetiche del imperialismo, entonces nuestra canción protesta se ha convertido en la estigmata del fidelismo. Nuestra contracultura vende. Que lo diga Pablito: el guevarismo te compra un yate (o una casa en Madrid). Era cuestión de tiempo antes de que Janis Joplin adquiriera el Mercedes, pero, ¡ay!, el tiempo no estuvo de su parte.
El tiempo –caprichoso y rollingstonesco– sí estuvo de parte de Silvio. Donde otros vieron la pezuña de la dictadura, nuestro juglar descubrió un caballito con el cuerno de la abundancia en la frente. Para la época en que comercializó abiertamente la superchería castrista, Silvio ya nos había inoculado el veneno en la oreja. El bardo vistió jubón y pulsó la mandolina, adentrándose en el reino psicodélico de la Asamblea Popular. La palabra trova, que durante el machadato significaba lírica, durante el castrismo se ha convertido en sinónimo de farsa. Como el mago que saca un dólar de la oreja de un niño, la trova se volvió un truco consabido.
Pero volviendo a la encuesta de Slate. Uno de los lectores más puritanos afirma, comentando Ganas de vida de Iggy Pop: “No se qué habrá querido decir Iggy cuando canta eso de ‘se la metí en la oreja’, aunque seguramente nada que Royal Caribbean permita en sus barcos”. Oyendo de nuevo a Silvio en los CD que reeditan a granel los estudios Unicornio, me siento otra vez niño. Con una mezcla de roña y nostalgia, dejo que el juglar juguetee con mi oído. Las monedas ruedan por el piso y no puedo menos que deplorar haber pagado en dólares por ellas.

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