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Salarios exiguos y mala memoria proverbial
03-01-2009, Miguel A. García Puñales

Cubamatinal/ En estos tiempos que corren y apenas a horas de “celebrar” la hecatombe más grande y pertinaz que haya azotado nuestro sufrido suelo nacional; los discursos desde La Habana no ofrecen otra cosa que más de lo mismo.

Porque, vamos a ver; ¿De dónde puede obtener un estado los recursos de que dispone? En el caso de un estado totalitario como el cubano, dueño absoluto de todos los medios de producción y por extensión, incluso, de una buena parte de las propiedades personales de la población, no quedan otras opciones que tres fuentes bien identificadas:

• La plusvalía que arranca a absolutamente todos los trabajadores del país
• Préstamos bancarios privados de la banca internacional o directamente de otros estados que a la corta se convierten en deuda externa consolidada.
• Inversiones lícitas o ilícitas en el extranjero; que abarcan desde el tráfico de mano de obra nacional en condiciones de moderna esclavitud, inversiones directas en negocios de toda índole y hasta el tráfico de contrabando mercantil o de estupefacientes.

Una cuarta fuente no por esporádica, despreciable en cantidad; lo constituye la mendicidad elevada a condición de política estatal, aunque por supuesto maquillada con una pátina de “dignidad” que en algo recuerda a un famoso mendigo que otrora caminaba La Habana pidiendo limosnas con la autoridad supuesta de su origen noble. Que me perdonen los dolientes de José María López Lledín por comparar su andadura con la del estado bandolero.

Sin embargo, las últimas noticias nos obligan a limitarnos a la primera y más importante fuente de recursos del gobierno cubano; la explotación económica feroz a que somete a la totalidad de su pueblo.

Las últimas referencias de prensa a discursos de Raíl Castro y otros altos funcionarios del gobierno de La Habana, en parte para argumentar la evidente bomba de humo de los “cambios” y en mayor parte para, -como siempre- culpar de la ineficiencia generalizada a la población trabajadora; vaticinan aún peores tiempos para la sufrida población isleña.

Es absurdo –aunque surte efectos por lo repetitivo del discurso- suponer que el estado cubano subvenciona nada en el país. Utilicemos su propia “lógica marxista” para efectuar el análisis.

Cualquier estado de economía de mercado, obtiene recursos básicamente a través de la exacción de impuestos. Ello es así porque los medios de producción y por ende el producto de la acumulación derivada de la actividad productiva, se encuentran en manos privadas.

De manera tal que cuando un área de la economía o la sociedad necesitan apoyo económico y este se estima procedente –como está ocurriendo en la actual crisis financiera- el estado acude con sus recursos –obtenidos mediante impuestos- para dar apoyo o estabilidad al sector. Ocurre casi de forma universal y de forma sistemática con el transporte público y la agricultura, dada la alta incidencia de estos sectores en el desempeño social.

En estos casos, el estado redistribuye una parte de los beneficios de la actividad económica nacional, de los cuales se ha apropiado previamente para poder mantener el aparato estatal y el gobierno como forma de organización nacional.

Mientras tanto, el estado totalitario asume además, la función de empresario total del entramado económico nacional. De esta forma, la clásica fórmula Dinero-Mercancía- Dinero (D-M-D’) a la que hace constante referencia Carlos Marx durante todo el tomo I de su obra El Capital, es aplicada en el caso cubano, no por un empresario capitalista “sediento de ganancias”, sino por la única empresa del país, es decir, el estado; por cierto, no menos sediento de ganancias que el peor de los explotadores a título privado que pueda ser referenciado y con el que muchas veces establece concordatos. No en balde Martí dijo alguna vez que: “…las castas se hombrean unas a otras…”

Si la plusvalía sigue siendo –según criterio marxista- “el nuevo valor creado del que no participa la clase trabajadora”, entonces no es necesario dar más vueltas de hojas; absolutamente todos los fondos de los que dispone el estado cubano provienen de la expropiación de aquella parte del fruto del trabajo del cual no da participación al trabajador, con el pretexto cansonamente argumentado que el estado se encarga de redistribuir socialmente la plusvalía, a la cual por cierto no llaman por su nombre.

Uno de los argumentos utilizados en los discursos de marras, es precisamente aquél que pretende convencernos que los productos alimenticios que se venden mediante la cartilla de racionamiento – mal llamada “libreta de abastecimientos” o “canasta básica”- están siendo subvencionados por el estado. Argumento tan falso como las repentinas “intenciones de cambio” de quien lleva 50 años gobernando de forma totalitaria jugando con su hermano a la representación “poli bueno-poli malo”.

Desde la congelación de los salarios nacionales en 1962 – desde esa fecha no se efectúa ninguna corrección salarial seria que contemple el incremento del Índice de Precios al Consumo- son los productos de la cartilla de racionamiento, junto a las tarifas de servicios públicos básicos, los únicos precios que se mantienen en el país acorde al salario devengado por los trabajadores.

Por tanto, la decisión estatal de no corregir los salarios se corresponde con la propia decisión estatal de cobrar los productos y servicios básicos que vende –escasos y de mala calidad- acorde al salario nominal que paga. No existe pues subvención posible toda vez que la diferencia de precios que el estado abone por obtener fuera del territorio nacional los productos o materias primas necesarias ya han sido aportados mediante la plusvalía arrancada al trabajador. Sólo si el estado considera la riqueza nacional como una propiedad de la clase gobernante se explica tanta insistencia –casi histérica- en la imposibilidad de “subvencionar” el hambre.

Otra cosa es que el demostradamente ineficiente, botarate y voluntarioso empresario estatal capitalista cubano –es decir, el gobierno- no reconozca su crónica incapacidad económica, guiada únicamente por fines ideológicos y de permanencia en el poder.

En estos cincuenta años han experimentado todo lo que han querido y más. Viraron patas arriba la economía de un país tradicionalmente próspero; destruyeron la ganadería importando vacas Holstein holandesas, para terminar importando búfalos de agua vietnamitas, todo ello a pesar de haber convertido el consumo de carne de vacuno en un delito. Intentaron desecar la Ciénaga de Zapata –principal humedal del Caribe-, también tuvieron en el tintero hacerlo con la Plataforma Insular que media entre la Isla de Pinos y La Habana. Destruyeron buena parte de la capa vegetal del país, especialmente de la sabana camagüeyana mediante el expedito procedimiento de una “invasión” militar con tanques de guerra que arrastraban gigantescas cadenas con bolas de acero. En fin sería interminable la historia de cómo convirtieron el territorio nacional en una extensión del “patio de mi casa”.

Lo peor y menos conocido por las actuales generaciones de trabajadores a los cuales se amenaza con impuestos es que – además de la plusvalía que la arrancan sin remisión- ya paga impuestos sobre el salario; sólo que desde 1967, mediante la aplicación de la Ley 1170 del Comité Estatal del Trabajo y Seguridad Social, las nóminas de los trabajadores cubanos dejaron de reflejar las diferencias entre Salario Bruto y Neto en aras de una supuesta “lucha contra el burocratismo”. De esta forma sólo sabe el trabajador la cantidad que le pagan –neto- pero nunca cuánto le retienen del salario bruto (en algunos casos hasta el 40 %), por conceptos de Seguridad Social, Salud Pública, Educación, Defensa, Vacaciones etc. Por supuesto que ¡además! Cree que no paga impuestos.

Sin contar que algunos incrementos de los hoy astronómicos precios del “mercado libre” comenzaron por ser contribuciones “temporales” por ejemplo para los “damnificados del ciclón Flora”, allá por el lejano 1964 cuando subieron los precios de los cigarrillos y la cerveza. ¿Habrán terminado ya en 2008 de ayudar a los susodichos damnificados?

Aunque bien pensado, eso para el estado cubano es peccata minuta, a fin de cuentas la culpa de todo siempre la tienen el totí, es decir la población – si es negra mejor- , que no trabaja ni se esfuerza lo suficiente ¡faltaba más!; no se guían por sus gobernantes; ahí están los 60 millones que restringirán a las vacaciones de “dirigentes y trabajadores destacados”. ¡Tomen ejemplo!

El círculo vicioso trazado no es más que eso, la serpiente que se muerde la cola. No se trabaja con productividad porque el salario es puramente simbólico (incluso con los “aumentos” del último año) y no habrá incremento hasta tanto no haya productividad – y terminen de pensar en un sistema inexistente para ello, que de entrada no surtirá efecto mientras no liberalicen la economía- pero esto último es como la cruz para el vampiro y valgan las disculpas a los dueños de la noche por la comparación.

Mientras tanto, los índices de marginalidad de la población cubana ( utilizando los propios datos del gobierno) son espeluznantes, podrían concursar ventajosamente en una serie Gore –esta vez no pido disculpas a la serie ni al político devenido ecologista- pero ese es un tema para un próximo análisis, ¡coño! por poco digo reflexión. ¡Solavaya!

 


 


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