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El síndrome de María Cristina
28-10-2008, Raul Rivero

Cubamatinal/ El núcleo más alto y atrincherado del gobierno cubano, destinado por las leyes biológicas a morar en una residencia de ancianos y no en Palacio, padece, entre todos sus achaques visibles, la misma patología que aquella famosa mujer de la guaracha de Ñico Saquito: la obsesión por gobernar a cualquier precio.

Esa señora estaba empeñada sólo en controlar la casa, la vida y la hacienda del gran músico y pelotero cubano que esperó la muerte en el fregadero de platos de La Bodeguita del Medio. Pero la banda de viejos pícaros que se aferra al poder en Cuba tiene el propósito y el afán de dirigir y administrar la existencia de todos los seres humanos que viven en la isla y la de algunos que salen y se llevan un par de zapatos, un yugo portátil y sus carnés de cederistas.

Se trata de gente acostumbrada a ordenar, personas que no conciben los amaneceres del mundo sin sentirse dueños del horizonte que alcanza su mirada. Hombres enfermos, intolerantes y soberbios a quienes les importa regir una sociedad también contaminada, que vivaquea en los escombros de lo que fue una nación próspera.

En los últimos meses, después que el verano castigó a Cuba con dos huracanes fatales, los aspirantes a la eternidad están al mando de unas ruinas. Dirigen y disponen a voluntad del destino de millones de hombres y mujeres acosados por todos los aparatos de la pobreza y aplastados por el único dominio en el que son eficaces los ancianos: la represión.

Las fuerzas de la naturaleza, ciegas y arbitrarias, llegaron en la víspera de las celebraciones de medio siglo de dictadura. Se presentaron para completar con sus ráfagas el trabajo de demolición que ha realizado, en esas cinco décadas, la torpeza del sistema de fracasos programados que los guatacas abstractos llaman todavía socialismo.

A la libreta de racionamiento, vigente desde los primeros años sesenta, el gobierno acaba de imponer otra cartilla. Esta vez para poner a raya los pocos alimentos que se pueden vender en los mercados. Sin ningún pudor, la plana mayor baja la orientación que se pongan cartelones que son obscenos homenajes a la miseria.

Allí está, a la vista de todos y en plena vigencia a 50 años de gobierno del pueblo, el anuncio de que una cabeza de ajo tiene el valor de tres pesos cubanos y cada ciudadano tiene derecho a comprar diez. Una libra de plátanos por sólo cuatro pesos y otra de tomates por ocho. Falta todavía el precio de un huevo de gallina, otros cuatro pesos.

La fuerza del grupo que está atornillado a los tronos del proletariado, alcanza además, enjambres de casas sin techos o semidestruidas, miles de caballerías de tierras fértiles bajo el verde opaco y espinoso del marabú y un elemento sin carne ni textura que planea de San Antonio a Maisí. Esa presencia intangible recibe muchos nombres porque es muy difícil y variada, pero se llama, en general, desesperanza.

Una manera de encarar esa realidad está en el mismo texto de la guaracha del santiaguero. Dice Ñico Saquito que él, a María Cristina, le sigue y le sigue la corriente.

La incapacidad del músico de luchar contra la dama siempre se puede resolver con un divorcio. Pero quienes en Cuba se enfrentan a la tropilla de ambiciosos ancianos, van a parar a los calabozos como los casi 300 presos políticos cubanos, entre los que se encuentran 26 profesionales del periodismo.

A la cárcel o a las zanjas marginales de la sociedad. Perseguidos y vigilados, cercados por unos mecanismos represivos que lo mismo les impide recibir una ayuda del exilio que asomarse a las ventanas de la casa.

La pobreza y una policía bien adiestrada son la esencia del paraíso para los viejos dirigentes cubanos. Ese es el entorno natural de quienes , aunque son ateos, sueñan que se puede seguir en el poder después de muertos si el Diablo les presta un celular para comunicarse con los ejecutores de sus órdenes y la masa unánime de vasallos.


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