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El nombre del tiempo
17-10-2008, Raul Rivero

Cubamatinal/ Sobre los escombros de las casas pobres y sobre la colchoneta vegetal de los árboles muertos por el paso de dos huracanes, en Cuba, las parcelas más amplias de la población --que estaban paralizadas en la pobreza-- han comenzado a caminar hacia atrás en un proceso regresivo hacia la nada.

En efecto. El panorama, después de la embestida de esas espirales de agua y viento, es sombrío, desalentador y espantoso. Pero lo que le pone un membrete particular a esa situación es el empeño del gobierno por administrar la desolación, controlar la capacidad de recuperación de las personas y manejar con arbitrariedad los límites del hambre, la sed y la libertad del individuo.

Lejos de abrir, liberar y permitir que los hombres y las mujeres salgan a la vida a encarar con sus fuerzas la recuperación y el avance de sus aspiraciones, el deseo enfermizo de mantenerse en el poder absoluto lo que produce es una avalancha de leyes, decretos y ordenanzas.

Esa papelería y esas medidas restrictivas sólo sirven para facilitar el viaje programado al vacío o, nadie lo sabe, a un conflicto, a unas turbulencias sociales que suelen ser más graves que los asuntos de la meteorología.

Para tener en sus inventarios hasta el último racimo de plátanos burros que se cayó en Manzanillo y en los almacenes estatales los primeros paquetes de aspirina que llegaron de Venezuela, ellos hacen llamados, advertencias, amenazas para que los mismos damnificados salgan a hacerle esa tarea. Las víctimas en función de afianzar sus miserias para cumplir con las consignas y los proyectos concebidos en una mesa distante que siempre está servida.

La etapa post huracán sigue huracanada y proyecta para los cubanos (como espectadores y protagonistas) una nueva versión del drama de la familia, del individuo, del hombre sencillo de la calle al que le toca vivir bajo un régimen totalitario. Un sistema que provoca, en los planos privados, en el curso singular de la vida diaria, una infinita diversidad de angustias, frustraciones y dolores que no aparecen nunca en los libros de historia.

Se trata de los castigos de la lucha cotidiana por la supervivencia en medio de la escasez, el desabastecimiento y las disposiciones de los comunistas para aparentar que distribuyen con justicia la pobreza.

Es la violencia soterrada, las aflicciones sin eco de los ciudadanos de peso y bicicleta que no tienen espacios porque la jerarquía controla todos los medios de prensa y los ámbitos legales quedan también dentro de las fronteras descomunales y vaporosas del estado.

Hablo del retraimiento y la clausura de las inmensas minorías. Las que ven pasar el tiempo sin defensa, a cielo raso, desabrigadas, inermes bajo el lente de los órganos represivos y de los impulsos del miedo de otros ciudadanos que experimentan una especie de liberación provisional mediante la indiferencia, la insolidaridad o la simulación.

Esos grupos de marginados y desposeídos, que conforman, en definitiva, los grandes sectores de la población, lo único que tienen asegurado en aquellos escenarios es la penuria y el peligro.

Son ellos y los cronistas de su realidad --el periodismo independiente y los activistas de derechos humanos-- quienes más necesitan una palabra, un gesto, toda la cercanía en ese tiempo que se vive allí. Un tiempo que desde hace mucho tiempo en la civilización llaman antiguo.


 


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