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Cuba y su Realidad Social 24-05-2017

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¡Juventud en peligro!
06-10-2008, Miguel A. García Puñales

Cubamatinal/ Transmitido por la cadena Tele 5 de España, el siguiente reportaje de cámara oculta sobre la prostitución infantil en Cuba es como para clamar al cielo.
¡En qué han convertido a nuestro pueblo, a nuestros niños y adolescentes!
Para ver el reportaje, enlace a continuación:

http://es.youtube.com/watch?v=YRzLlmyBHFg

Por considerarlo de interés para nuestros lectores, Cubamatinal reproduce un artículo publicado hace algunos años por nuestro Jefe de Redacción y que aborda viejos problemas de la educación y la salud en la juventud cubana; incluida la educación en actitudes promiscuas.

Por cierto sólo como complemento del video enlazado anteriormente; la situación es más que grave y exige ahora más que nunca de un cambio de régimen; el actual ha demostrado fehacientemente su incompetencia en todos los campos, exceptuando su reconocida habilidad para mantenerse en el poder a toda costa.

La Droga en Cuba; ¡Juventud en peligro!


Miguel A. García Puñales

He vuelto a leer otro despacho del corresponsal de la BBC en La habana, Fernando Ravsberg. Desde mi punto de vista está “subiendo la parada” con reportajes que son noticia, como se dice, poniendo el dedo en las llagas sociales.

Sólo que determinadas temáticas, más que reportajes noticiosos necesitarían de un fuerte periodismo de investigación. Por algo el sistema que funciona en Cuba es el mago de la propaganda política y cuenta entre sus cartas marcadas el as del olvido conveniente.

¿O no es un olvido conveniente el que padecen los comerciantes norteamericanos que exponen en La Habana, o el de sus congéneres europeos?, Pero ese es otro tema, no el que nos ocupa en este artículo.

Cuando inicié mi vida profesional, sólo aspiraba a ser un buen profesor. Los inicios laborales fueron relativamente duros, separado de la familia, continuando con la vida en albergues, sólo que ahora era yo el educador de una masa de jóvenes y adolescentes a los que tenía que encaminar junto a un exiguo colectivo docente y un nulo equipo auxiliar según las reglas de los faraónicos planes de escuelas en el campo de la Isla de Pinos.

Saco esto a colación, porque fue en esos internados que entré en contacto por primera vez con determinados trastornos de conducta de los jóvenes, facilitados por la vida en internados en edades críticas, con alejamiento familiar crónico impuesto por la distancia, las carencias de transportes y la propia concepción del programa educativo.

Por aquellos años –mediados de los setenta- aún no había comenzado la formación masiva de alumnos extranjeros en las ESBEC del segundo territorio insular cubano. Era sin embargo la época de la emigración masiva de alumnos habaneros y orientales hacia los planes agrícolas de aquél territorio, que nos convertiría según el discurso oficial en el primer productor y exportador de cítricos del mundo, ¡hemos sido los primeros en tantas cosas!

¡Que manía la del megalómano nacional!, ¿Se acuerdan?, El plan avícola, el plan ganadero –con el matadero de reses más grande de Latinoamérica-, la lata que nos dio con el toro Rosafé, primero y con Ubre Blanca después; El Cordón de la Habana, no solo con café, también con el gandul que contra todos los pronósticos campesinos, era bueno, pero que resultó malo después, para terminar en la “Feria del Gandul” donde recuerdo haber consumido un asqueroso dulce de harina de gandul a mi salida adolescente del cine Alameda de la Víbora, -después de ver el estreno de la película “Seguro de Virginidad”-, ¡La zafra de los 10 millones! Y de que van van y una etcétera que llega por desgracia a nuestros días.

Pues bien, los planes educativos en la Isla de Pinos –rebautizada algo después Isla de la Juventud- eran parte de uno de esos planes que nos sacarían a todos del subdesarrollo con trabajo infantil, ¿O sería a ellos?. Recuerdo el estreno del documental “La Nueva Escuela” con música de Silvio Rodríguez incluida, claro. Qué puede esperar un país donde hasta la selección del modelo de uniforme escolar depende del jefe del estado. Por cierto hace treinta años que no se cambia, ya podía sacar tiempo entre tanta mesa redonda por rediseñarlo.

En ese caldo de cultivo para la promiscuidad sexual que eran las ESBEC, no sólo entre alumnos, que conste, -las combinaciones eran múltiples- fueron bastante frecuentes las intoxicaciones etílicas entre estudiantes y conocí por vez primera –hablo de los años setenta- las mezclas que hacían algunos adolescentes con el alcohol y las anfetaminas.

A pesar de que no me considero –no soy- un anciano, a veces creo que el ciclo de mi vida ha sido extremadamente largo. Tuve tiempo suficiente para ver con mis propios ojos los resultados del sistema educativo en el que me empeñé con las mejores fuerzas de mi juventud y lo que vi cayó sobre mi conciencia como una losa.

En el sanatorio Nazareno Viejo, del que ya he hablado en artículos anteriores recogí una parte de los frutos del sistema que ayudé a sembrar. La institución que estaba especialmente diseñada para pacientes inadaptados al encierro sanatorial vitalicio, ¿Difícil adaptación, eh?, Recibía diferentes tipos sociales de pacientes; entre ellos se encontraban algunos de los llamados “excluibles”, -algunos considerados muy peligrosos por haber participado en el motín de la cárcel de Atlanta en los Estados Unidos-, pacientes con antecedentes penales de cualquier tipo, enfermos psiquiátricos con SIDA, simples inadaptados sanatoriales, miembros de tribus urbanas –roqueros, frikies etc.- auto infectados con inyecciones de sangre con SIDA, pacientes sin otro problema que su inadaptación al encierro, drogodependientes y hasta una paciente pediátrica de doce años de edad con antecedentes de prostitución infantil.

Como podrá observarse era un cóctel explosivo, sobre todo considerando que absolutamente todos se encontraban en la institución producto de condenas extrajudiciales, tomadas a discreción por los directores de los diferentes sanatorios del país. Algunos de ellos tenían causas judiciales pendientes por intento de fuga de sus sanatorios o por motines –se le llamaba motín a cualquier protesta pública y bulliciosa- causados por los privilegios otorgados a algunos pacientes dentro de los sanatorios normales.

El tema del derecho aplicado a los enfermos de encierro obligatorio y la experiencia de su aplicación por los tribunales cubanos, me permitirá el lector generoso que lo aborde en otra oportunidad.

Los drogodependientes que eran atendidos por el cuerpo médico del sanatorio, podían ser clasificados en dos grandes grupos;

• Pacientes que rondaban los 40 años de edad con numerosos antecedentes penales, muchos de ellos despenalizados –por delitos violentos- de largas condenas en cárceles cubanas, antes de enviarlos hacia Estados Unidos por el puente marítimo del Mariel en 1980.

• Pacientes jóvenes, la mayoría menor de 21 años de edad. Muchos de ellos con antecedentes de pequeñas condenas por alteración del orden público en el período inmediato anterior a su reclusión sanatorial. Las condenas cumplidas por estos jóvenes por los llamados “delitos sanatoriales”, generalmente eran inferiores a un año de reclusión y su vinculación a la pena estaba dada por fugas o consumo de drogas.

El primer grupo, salvo los que provenían de cárceles americanas y que si conocían la cocaína –perico en su argot- eran adictos a la marihuana -Cannabis- en forma de cigarrillos y grandes dosis de alcohol mezclado con anfetaminas. Este grupo de manera general evitaba la vía parenteral -intravenosa- de administración de la droga, cuidándose algo más en ese aspecto que sus compañeros de encierro.

Los segundos denotaban claramente en su aspecto físico el consumo, si bien la propia enfermedad de que eran portadores encubría miméticamente los síntomas del hábito tóxico. Largas horas en la llamada técnica médica multidisciplinaria me permitieron oír las evaluaciones de los especialistas médicos sobre el tema y emitir mis criterios junto al colectivo de psicólogos sobre el comportamiento de los ¿pacientes? Uno de los tópicos más alarmantes de la historia psico-social de estos internos, no era para mí un secreto; las tempranas relaciones sexuales promiscuas, así como los primeros contactos con las drogas eran reportadas en los internados docentes.

Estos jóvenes utilizaban básicamente –con eventuales contactos con la cocaína o el crack- un medicamento para pacientes con mal de Parkinson, de nombre comercial Parkisonil –Trihexifenidilo de 2 y 5 Mg.-, al que denominaban en su argot “Paco” y que consumían creando una pasta en su mezcla con agua e inyectándoselo en las venas. Algunos presumían de ser capaces de coger cualquier vena con más rapidez que un médico o enfermera de experiencia y en algunos casos así lo demostraron cuando la vena rebelde de otro paciente se resistía a ser canalizada para un tratamiento de urgencia.

Me permitiré una de mis frecuentes digresiones; Nunca he sido persona de hábitos nocturnos y mis experiencias personales de la vida noctámbula de La Habana, no pasaban de la visita ocasional a algún buen cabaret en fechas importantes, alguna cena tardía en el restaurante de algún hotel o la visita con alguna novia a algún oscuro club del Vedado. Sin embargo recuerdo que a mediados de los años ochenta, frente al cine Yara – antiguo Radio Centro- y en ocasión de salir muy tarde del trabajo, me encontraba a veces con estrafalarias concentraciones de jóvenes de variopinta figura.

Con mis jóvenes pacientes de Nazareno Viejo tuve la nada envidiable oportunidad de asomarme a las verdaderas cloacas de la sociedad ¡integradas en su casi totalidad por el hombre nuevo que se dijo formar!
Largas entrevistas con ellos, la atención a sus necesidades, pero sobre todo, un tratamiento justo ante los abusos frecuentes de que podían ser objeto dada sus indefensiones jurídicas, hizo que tuvieran suficiente confianza en mi persona – aparte de la obtención de las ganancias sociales que lógicamente reclamaban- como para exponerme con lujo de detalles los entresijos de su nefasta dependencia.

Por supuesto que en esta relación de toma y daca existía una intención manipuladora por ambas partes. Ellos tratando de aliviar las condiciones de su internamiento y quizás el reenvío para su sanatorio base y un servidor tratando de mantener aquella granada con la espoleta puesta a la vez que humanizando en lo posible el tratamiento social al colectivo de internos.

La droga era ya por aquella época un viejo problema de salud, tan escondido quizás como tan visible para los que sabían ver. En La Habana las mayores concentraciones de las tribus urbanas se situaban a altas horas de la noche en torno a la llamada Fuente de la Juventud, -si recuerdan la horrible mole de concreto con la forma de flor comunista que presidió el Festival de la Juventud de 1978- frente por frente al hotel Havana Riviera y centro por aquella época del expendio de drogas a los más jóvenes drogadictos.

La mezcla de la droga según el patrón de los jóvenes consumidores cubanos comienza por el alcohol, sólo después se comienza a hacer mezclas más explosivas. Casi siempre el patrón conductual del inicio del consumo de anfetaminas u otros medicamentos se relaciona con las largas jornadas nocturnas de juerga y la necesidad grupal de mantenerse despiertos ante las interminables sesiones de música, sexo –incluido el sexo en grupo de todas las tendencias posibles- y en algunos casos hasta sesiones religiosas que por su paganismo y heterogeneidad se acercan algo a los ritos satánicos de moda en algunas regiones de occidente y Asia.

Las mezclas con alcohol y grandes dosis de café para mantener la vigilia, pronto pasan a mezclas e inyecciones por vía venosa, buscando cada vez más el efecto que se pierde por la adaptación del organismo a los estimulantes. Este patrón era diferente al de otros grupos sociales, inmersos en diversas formas de delincuencia, aunque las tendencias a veces se mezclaban.

Algunos de estos jóvenes en determinados momentos de sus vidas habían pasado por el Instituto de Higiene Mental o la sección de drogodependientes del Hospital Psiquiátrico de la Habana. Concretamente, uno de ellos, el líder natural del grupo de roqueros fue en su momento paciente de la Sala Castellanos del Hospital Psiquiátrico, antes de su ingreso en el sanatorio base.

Los registros corporales, con genitales incluidos, por parte de los oficiales del Minint que fungían como seudo Cuerpos de Vigilancia y Protección –léase carceleros- iban destinados fundamentalmente a la localización de drogas, que constantemente entraban al área de los internos.

En más de una oportunidad se descubrieron complicidades entre los guardias y los pacientes, incluidas confirmadas relaciones sexuales de algunos custodios con reclusas, fuente evidente de corrupción a través de las cuales los pacientes drogodependientes lograban introducir o comprar la droga. Este último punto es sólo una suposición, lógica además si se conoce que en una institución con postas armadas con armas largas automáticas en horario nocturno se “robaban” frecuentemente, televisores a colores, video caseteras, piernas de jamón de la despensa y un largo etcétera que apunta si no a una complicidad expresa del cuerpo militar al menos a una forma peculiarmente relajada de hacer la guardia.

La fuga de un paciente excluible, evidentemente en busca de aquello que no lograba conseguir en el sanatorio, demostró no sólo que el propio cuerpo de “búsqueda y captura”, de la institución era totalmente ineficaz sino además, que un paciente con hábitos tóxicos adquiridos en las cárceles americanas, era capaz de satisfacer su necesidad en las calles de La Habana. El paciente dado por ilocalizable por la policía sanatorial, regresó por sus propios pies al Sanatorio, mediante el simple expediente de visitar a su madre prometerle un trato con los guardias si se presentaba y de garantizarle que no sería llevado a juicio. Después de eso las funciones del departamento de atención Psico-social pasaron a ser ante los ojos de los guardias a poco menos que el departamento de los gurús oficiales del sistema.

Excepto por supuesto a los del Teniente Coronel jefe de la guarnición; nunca he confiado en un policía que viste de paisano, habla en voz baja y lleva un revólver 38 con su cartuchera atado bajo el pantalón a la pierna izquierda y que además de abogado es inteligente. Me consta que el sentimiento de desconfianza era mutuo.

Recorrí en visitas de trabajo social a numerosas familias de pacientes en muchos municipios de la ciudad, pacientes del Cotorro, Arroyo Naranjo, Boyeros, El Cerro, Centro Habana, Habana Vieja, Vedado, 10 de Octubre y Marianao; en todos, absolutamente todos los casos el entorno social de estos drogodependientes eran propicios al hábito; estaban dadas las condiciones de conflictos, sociales, familiares, marginalidad y los medios y grupos que propiciaban el consumo.

No hablo de casos aislados sino de grupos sociales donde el consumo de algún tipo de estupefacientes es algo relativamente usual y conocido. Un país donde existen favelas diseminadas por toda la geografía urbana y rural y donde el grado de desesperanza se une a los mil y un problemas sociales de los que la Isla no escapa aunque no los refleje en las estadísticas; sería un milagro que estas manifestaciones no afloraran.

Ya en 1994 era frecuente en muchos barrios de La Habana la venta de una “tapa” de algo muy parecido a la cocaína, una especie de crack al que llaman también “piedra” que parece ser un subproducto de la cocaína y para verlo no era necesario ser un experto detective, sólo tener ojos para ver y oídos para escuchar –y ya sabemos que esos le sobran al Big Brother-, donde existe mercancía, seguramente existirá comprador.

De la misma forma que muchos años después de mis inicios como docente en las ESBEC, recibí a dos antiguos alumnos como pacientes SIDA portadores además, de dependencias tóxicas; muchos años después de mi salida obligada de Nazareno Viejo, he visto en un reportaje de investigación a periodistas españoles negociando en La Habana con “el anillos”, un acere traficante habanero de a 20 000 dólares el kilo de cocaína pura.

No en balde acumulan algunas instituciones de salud de Cuba, experiencia para el tratamiento a drogodependientes, tanto como para atender a famosos pacientes extranjeros, aunque a decir verdad, a los pacientes de Nazareno jamás se les quiso poner tratamientos de desintoxicación; siempre se alegó que no existían signos físicos, quizás por una simulada concepción biologicista de la medicina, yo creo que por una concepción basada en directivas políticas.

Cuando en Cuba se dice que algo no existe, sencillamente no existe, no importa que esté nuestra juventud en peligro.

Por eso no creo en el asombro de la doctora entrevistada en la Clínica del Adolescente. Los tres casos reportados por consumo de cocaína, pueden que sean los primeros de dependencia cocainómana de adolescentes en La Habana, -no lo creo; pero lo que sí sé es que no son los primeros en pasar por instituciones de salubridad con graves dependencias a drogas, sencillamente porque yo estaba allí y los que -nunca mejor dicho- se encuentran “al margen del margen” me persiguen con sus rostros desencajados en mis peores pesadillas, parecen decirme de nuevo;

--Profesor, explíqueme; ¡por qué a mí!


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