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Angola: La llegada de los héroes
06-08-2006, Emilio Suri Quesada
Cuando abajo se veían las luces de La Habana muchos de ellos no podían distinguirlas con claridad porque tenían los ojos anegados en lagrimas o porque el alcohol que habían ingerido durante el viaje de forma semiclandestina no se los permitía.

-¡Ñoo, por fin el caimán! -exclamaba alguno y, como quien no quiere las cosas se palpaba las medallas que le habían dado por su participación en algún combate. Con aquellas distinciones sería todo un personaje en el pueblo y si se ponía de suerte alguno de los periodistas que venían en el avión hasta lo entrevistaría y saldría en los papeles.

-Dios mío que no sea yo, que no sea yo –rezaba en secreto un chico que dos semanas antes, tras dos años sin ver a una mujer, borracho, se había revolcado con La Mochila, la prieta de un quimbo que llevaba ese nombre porque le cabía dentro todo lo que uno pudiera imaginarse.

Días atrás, como a todos los demás, al chico le habían obligado a ingerir una cantidad enorme de cloroquinas para que no infectara a nadie en cuba de malaria y lo peor, también le habían extraído sangre para ver si era portador del SIDA. De serlo, al bajar del avión lo estarían esperando dos forzudos militares y sin darle tiempo a participar del recibimiento se lo llevaría casi en volandas para un centro de internamiento de donde solo saldría con los pies por delante- Dios mío, perdóname, sálvame. No me castigues por haber cargados los aviones con el napal y aquello que arrasó la aldea. Yo cumplía ordenes, Dios y tú sabes que aquellos campesinos apoyaban a la UNITA…

-Cuando llegue a la casa te juro que se lo voy a comer a la mujer – comentaba un oriental a su vecino de asiento.
-¿Y si la encuentras con otro? – lo provocó un habanero que iba a su derecha.
-Oye, “asere”, ni jugando digas eso – lo cortó. Además, si lo hubiera hecho los compañeros del núcleo del Partido me hubieran informado.
-Pues yo no estaría tan seguro – se tiró a fondo el habanero que venía con dos tragos de mas-. A la mujer de un socito quien se la estaba merendando era el mismo tipo del núcleo que la atendía. Bien que la atendió. Todas las noches, ya tú sabes, una buena inyección de pingofilina parea que no sufriera.
-Deja eso, ¿quieres tu decir que los compañeros del Partido son unos inmorales?…Oye, no juegues con Candela que te puedes quemar – lo presionó el oriental y todos rieron para apaciguar los ánimos.

El Gordo Placeres con el mismo ímpetu con que había cantado consignas oportunistas en los años sesenta, ahora, como agitador de la dirección política de las FAR comenzó a manipular el sentimiento por el retorno de los soldados gritando consignas y vivas al Comandante en Jefe, el Partido, la Revolución y Cuba como si todo fuese lo mismo. Aquello formaba parte de su trabajo y estaba dispuesto a quedarse ronco porque aquella masa respondiera a sus consignas.

-Hijo de puta. A ese nunca lo vi en el frente –me secreteó El Loco, un colega que, por libre, se había recorrido Angola de cabo a rabo-. Así obtienen los grados.
.-Cállate, “brother” que si los de la contra inteligencia de oyen pueden que te hagan la manicura por difamar de los oficiales de las FAR –le dije para cortarle el rollo.

El Gordo junto a dos o tres compañeros suyos más se encargó de ir puesto por puesto repartiendo banderitas. Casi al llegar a la cola del avión en donde venía en una parihuela con las piernas escayolado un chico de unos veinte años, El Gordo dio media vuelta.

-Oye, que no le diste banderita al de las piernas rotas – le recordó El Loco .
-Los maricones no tienen derecho a tocar la bandera ni a ser recibido como héroes –respondió soberbio Placeres- Ese bajará después que todo el mundo
-Oye, Gordo, ¿Cómo vas a hablar así. Ese muchacho nos contó que se rompió las piernas persiguiendo a unos de la UNITA.

El Gordo que por envidia no soportaba al Loco, no perdonó:
-¿Y tú eres periodista? ¿Cómo te dejas meter esas mentiras? Ese no tiene piernas rotas ni nada. Es un cooperante. Lo enyesaron para que no se le ocurriera escapar cuando el avión hiciera escala. Es una yegua y lo cogieron “clavaó”. Ese lo que viene es preso.

De pronto sentimos como el avión tomaba tierra.
-¡Ay, Cuba, cara! – exclamó emocionado un negrito de Guanabacoa que habíamos entrevistado durante el vuelo. El Loco acababa de sorprenderlo y él, enseguida, se justificó - Oye, socio, esto me lo dio mi abuela. De verdad que yo soy ateo. Yo solo creo en Fidel.

La foto era un contrapicado. El Loco se había encaramado sobre un asiento del avión y no sé cómo, pero sorprendió al muchacho. Era un primer plano donde resaltan los ojos casi en blanco del chico buscando encontrar en el techo de la nave el rostro de su santo. Unos goterones brillante de sudor bajando por la frente y a la altura de la boca, con el beso agradecido recién dado, la medalla de una fulgurante Santa Bárbara .
-Tranquilo, socio, no te comas el coco – lo tranquilizó El Loco- Si aquí hasta quien tú sabes dicen que tiene santo hecho. La mayoría de tus jefes llevan un resguardo coloraó a la cintura.

Después de apagar los motores y de un calor pegajoso, abrieron la puerta del avión y la banda de música comenzó a tocar. Para la mayoría de aquellos chicos, sobrevivientes de la locura del jefe máximo, la ceremonia resultaba emocionante. Para quienes vivíamos de escribir y fotografiar lo que allí pasaba, aquello sirvió para que la realidad nos ayudara a descubrir la farsa.

Abajo, como siempre, estaban los políticos y funcionarios a quienes el Partido les había ordenado venir al recibimiento. Muchos, por sus cargos, eran reincidentes y estaban hasta la coronilla de tener que repetir siempre el gesto marcial ante el Himno y la sonrisa agradecida y el apretón de manos a cada uno de los combatientes.

Los recién llegados olían a la grasa de conservación que se le echa a las botas militares rusas. Vestían uniformes de camuflaje, casi todos llevaban relojes de todo a cien comprados o contrabandeados en las candongas o mercados ambulantes. Los seleccionados para bajar primero casi siempre eran los que más medallas llevaban en la pechera del uniforme. Delante iban los más presentables, los más altos y fuertes. E incluso se buscaba alternar militares blancos y negros. Los cientos de mutilados, los heridos, los locos, los suicidas y otros muchos no tenían sitio en el guión.

Los políticos y los funcionarios militares y civiles, generalmente, vestían unas horrendas combinaciones llamadas safaris o las emputecidas guayaberas que desde hacia un tiempo habían dejado de ser símbolo de cubanía para convertirse en uniforme de los trabajadores de confianza del régimen y de la policía secreta. Entre los hombres eran usuales los botines de media caña con cierre de cremallera que intentaban parecerse a las que usaba el tirano. Los más vinculados a occidente llevaban vaqueros Levis Straus y Rolex en muchos casos regalados por el propio dueño de Cuba como pago a algún encargo bien ejecutado. Por el perfume que llevaban uno podía conocer también el área y la categoría en donde trabajaba el funcionario.

Los que frecuentaban España y eran de nueva promoción gastaban Agua Brava y se les olía a la legua. Los de Francia: Yves Saint Laurent. Los que habían estudiado en Rusia colonias dulzonas. Los que trabajan en América preferían el Brut y si eran ya entrados en años, Barón Dandy o colonia Heno de Pravia, ligada con algún perfume cubano.. No sé en que momento lo hacían y cómo se las ingeniaban pero todos aquellos ejemplares que eran mandados a recibir a los que llegaban de Angola, siempre se echaban perfume en la mano que tenían que estrechar a la fuerza. Era como si así se protegieran de alguna contagiosa enfermedad.

Sonaban los himnos, se leían discursos, los recién llegados como si no les hubiera bastado con el tiempo que estuvieron fuera, le decía al máximo líder que estaban dispuestos a marchar de nuevo a donde su demencia se lo ordenara. Cuando se terminaba la fanfarria, los homenajeados con sus medallas y méritos eran confinados en un centro donde eran sometidos a nuevas pruebas, análisis y hasta experimentos. Solo cuando la Patria que era Fidel Castro los había exprimido y marcado para siempre, eran liberados y podían marchar a sus casas con la esperanza de poder vencer la desconfianza, las pesadillas, de olvidar los rostros de la gente que mató y de buscar un equilibrio de una violencia que, tras el primer combate, iba a sentir para siempre agazapada en sus actos, como a la espera de poder liberarse de nuevo.

Así fue durante el tiempo que demoró la evacuación de las tropas que Fidel Castro nunca hubiera querido traer de Angola. Eso fue lo que le tocó a la mayoría de los vivos de la última etapa de esa aventura bélica. Los otros, los caídos, esos eran puros huesos; cada uno en su cajita, en la barriga del avión a la espera de que todos se fueran para ser trasladados al próximo show donde los exhibiría el Comandante. Para ellos, no doblaron las campanas. Todos debieron conformarse con el repiquetear de las palabras del hombre que los convirtió en instrumentos y los empujó a la muerte.


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