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Día por día
01-07-2008, Raul Rivero

El tiempo, el paso implacable de las horas, los minutos y los segundos tiene una dualidad sobrecogedora y dispar: puede recibirse como un bálsamo y como un desastre.

Se habla del viaje de las manecillas de los relojes como una especie de remedio general para las heridas de ausencias si acaso quieren decir olvido. Para los males de amores y los abandonos radicales. Para los desencuentros familiares y las encrucijadas de la amistad.

Parece que es verdad: puede ser una medicina. Una poción que la gente se toma sin darse cuenta con los primeros aires de la mañana y se vuelve a tomar cuando se desliza en la cama a medianoche y el rostro que convoca la memoria tiene una sombra, una franja sin carne que avanza hacia los ojos.

Es cierto, el tiempo alivia y cura en esas convalecencias espirituales. Pero desguaza y mata a un ser humano cuando se usa como castigo para inocentes y los verdugos le ponen pinzas que lo alargan, sogas que lo sujetan y trampas sutiles o groseras que lo no dejan pasar a su ritmo de siempre.

Lo sé y, por si se me había olvidado, me lo recuerda desde La Habana un mensaje de la dama de blanco Alida Viso Bello, la esposa del poeta y periodista Ricardo González Alfonso, condenado a 20 años de cárcel en la primavera del 2003 y que es uno de los 23 comunicadores que están tras las rejas en Cuba.

Lo dice por escrito y con su voz firme por teléfono: ``Ricardo está sin atención médica, tirado en su litera, sin medicamentos y sin que nadie se preocupe por su estado de salud.''

La mujer relata que un médico del Combinado del Este de La Habana (donde está internado desde el 2004) le indicó una dosis superior de un medicamento para el control de la presión arterial. ''Pues hace más de un mes que no se le suministra porque el certificado oficial donde aparece la recomendación no aparece, no se sabe quién lo tiene, está perdido'', escribe Viso Bello.

El periodista de 58 años, sometido a cuatro operaciones quirúrgicas, entre el 2005 y el 2006, en el hospital de esa cárcel, tiene tendencia a padecer glaucoma y problemas de artritis a los que los servicios médicos militares tampoco le prestan atención.

González Alfonso y otros 54 presos políticos están en su quinto año de padecimientos bajo un sistema carcelario que, según el Consejo de Relatores de Derechos Humanos de Cuba, muestra la cifra de 40 muertos en el primer semestre del 2008.

La alarma de los familiares tiene, además del testimonio de los prisioneros, la visión global de la gravedad del asunto en las casi 300 cárceles que, junto al marabú y la pobreza, conforman ciertas zonas del paisaje rural cubano.

El informe del Consejo de Relatores se conforma con las corresponsalías de activistas de derechos humanos y periodistas independientes que siguen, aun en condiciones de riesgo y represalias, su labor desde las galeras y las celdas de castigo.

El documento explica que todos los muertos de estos primeros seis meses en las cárceles cubanas son menores de 40 años. Ocho de ellos se ahorcaron y otros once han muerto por infartos.

La nota del Consejo, firmada por Juan Carlos González Leyva, Tania Maceda y Luis Esteban Espinosa, asegura que otras causas de esas muertes evitables son enfermedades generadas por la subalimentación, la mala asistencia médica, las infrahumanas condiciones de vida, palizas y otros malos tratos carcelarios.

El que se vive ahí adentro no es la categoría del tiempo que tiene vertientes curativas. Ya se sabe, es el devastador almanaque de presidio que no se cuenta por jornadas de actividad y descanso, sino por los pedazos de la vida que se quedan en el aire enrarecido de la celda.

Fuerza y salud para los presos políticos y las damas de blanco, símbolos de la libertad y la vida a pesar del verano y de todos los fuegos.

*Crónica de domingo/El Nuevo Herald


 


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