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Vindicación de la República Constitucional
20-05-2008, Miguel A. García Puñales

*Publicado originalmente en 2002 , año del centenario de la República.

Uno de los problemas fundamentales con que tropiezan los historiadores, amén de la ausencia de fuentes orales y escritas confiables, es la muy extendida tendencia a la pérdida de objetividad.

La objetividad en Historia, se ausenta con extrema frecuencia. Los factores desencadenantes de esa falta de rigor analítico pueden ser varios. Entre ellos son destacables por su peso específico;

1. Cercanía temporal del historiador a los hechos que narra o pretende analizar.
2. Toma de partido en el análisis histórico.
3. Falta de profesionalidad del analista (a)

Todos estos factores, comunes cuando de la práctica política se trata, son elementos que gravan mucho el análisis histórico propiamente dicho. Para las generaciones que iniciaron el cataclismo social que hoy caracteriza a nuestro país (b); los inicios de la República estaban tan cerca en el tiempo como hoy está de nuestra generación el asalto al cuartel Moncada. Es decir, eran hechos a los que se podía hacer referencia por ser conocidos en nuestra infancia o a lo sumo en la de nuestros hermanos mayores.

Para evaluar un hecho tan lejano en el tiempo como es hoy para nosotros el inicio de la República de 1902; la generación de los llamados "moncadistas", tendría que retroceder a la toma de la ciudad de Cárdenas por las tropas de Narciso López a mediados del siglo XIX.

Por otra parte el extremo partidismo ideológico de la izquierda totalitaria cubana, le ha permitido diseñar con sesgo intencionado, el análisis histórico, de manera que presentada la Historia de Cuba mediante un análisis lineal de elementos causales, se “demuestra” el fatalismo histórico popular con anterioridad a 1959 consistente en la carencia de un gobernante único, capaz de sobrevivir a la relación con el gran vecino del norte, a los enemigos internos de la Patria y garantizar con su sola presencia los objetivos estratégicos de la Nación.

Es interesante en este caso cómo, partiendo de una supuesta base marxista del análisis histórico-social, se invierten los términos prácticos. Del análisis teórico de la relativa correspondencia entre el papel del individuo y su personalidad en la Historia, se pasa a una praxis contraria al determinismo clasista, típico del Materialismo Histórico.

La frase propagandística, “Martí te lo prometió y Fidel te lo cumplió”; Lleva implícita en sí misma la concepción mesiánica de la agitación revolucionaria que ha caracterizado el manipulado enfoque de la Historia de nuestro país en las últimas cuatro décadas y a la que se han prestado no pocos intelectuales.

Esta manipulación llevada a planes y programas de las asignaturas de los diferentes ciclos de Humanidades de todos los tipos de enseñanza en Cuba y traducida en dogmas históricos de prácticos resultados políticos, afecta incluso los intentos de análisis de muchos opositores, que formados en estos últimos cuarenta años no han visto jamás el texto íntegro, o la copia original de los documentos que conforman el fondo histórico de la Nación. Excepción hecha de grupos selectos de investigadores jóvenes y la honrosa excepción de historiadores de pensamiento independiente, muchos ya en el exilio o fallecidos y cuya relación no acometemos para no generar un agravio comparativo a causa de un desliz de la memoria.

Al margen de que esta es una etapa sui generis de la Historia de Cuba, que espera por futuros historiadores que tengan acceso a los hoy clasificados archivos, si está claro que una parte importante de los profesionales cubanos de esta área han carecido de una formación profesional seria, toda vez que la praxis de la profesión impide ejecutarla sin correr riesgos personales. Praxis que permitiera el ejercicio de las técnicas y procedimientos específicos de la especialidad y donde la sana aplicación de la duda permita aportar los resultados que el método científico de investigación exige.

Los profesionales de la Historia, formados masivamente con destino preferente a la enseñanza, devinimos durante años en simples agitadores políticos, reproductores de inexactitudes, dogmas y hasta de simples calumnias históricas, carentes en la mayoría de los casos de acceso a las fuentes escritas originales (c)

¡Cuántos profesionales han leído los análisis históricos de corte oficialista, por ejemplo sobre la Enmienda Platt y cuántos de ellos han investigado sobre el texto original de la referida Enmienda! ¿Cuántos sin faltar a la estricta verdad podrían afirmar conocer de primera mano documentos cruciales para la Historia patria como la Join Resolution (d) o las manidas Instrucciones de Breckembridge o estar también actualizados, sobre todo, en las diferentes publicaciones sobre los debates de las cámaras del Congreso de la Nación durante la etapa republicana? Así como lo más importante, los entresijos que rodearon a cada uno de ellos.

Salvo tópicos esquemáticos, la Historia de Cuba no parece existir. La explosión del Maine, la dimisión de Estrada Palma, las luchas políticas entre Liberales y Conservadores, la participación de la Nación en ambas guerras mundiales, la dictadura de Machado, los movimientos sindicales, la Constitución de 1940, la figura de Batista, los Auténticos, los Ortodoxos, el 10 de marzo de 1952, la Revolución fidelista, todo forma parte de un conglomerado lineal que según se esté a favor o en contra del gobierno actual cobra visos triunfalistas o tremendistas, pero siempre esquemáticos, polarizados. Nunca objetivos y tolerantes.

En la calle G, del barrio del Vedado en La Habana, casi frente al Hotel Presidente, en dirección al malecón habanero, aún se mantienen sobre su pedestal de piedra los zapatos de la estatua de nuestro primer presidente en la República Constitucional. Este y otros monumentos, incluidos el mausoleo al Mayor General y segundo presidente constitucional, José Miguel Gómez, propiciaron el renombre de la calle por Avenida de los Presidentes, con el que aún le conocen una buena parte de los habaneros.

Los restos de la estatua de Don Tomás Estrada Palma, representan por sí mismos el mejor monumento a la intolerancia (e) ¡Hay de la nación que permita a sus gobernantes erigirse en jueces supremos de la Historia!

Si se busca en la literatura nacional de los últimos 100 años, será muy difícil encontrar obras que evalúen los acontecimientos que le antecedieron sin cubrirlos de una pátina ideológica de intolerancia. Las confrontaciones políticas en nuestro país han estado sujetas siempre a la personalización del enfrentamiento; Dos contendientes políticos difícilmente puedan tener entre sí, otro espacio que el de su oposición mutua, preferiblemente aniquilante (f). Lo llevamos en nuestro aprendizaje social como Nación e incorporado poco menos que genéticamente.

Sólo como anécdota me referiré a una experiencia personal; ejemplo de lo que pretendo analizar. En marzo de este año (2002) sostuve un debate televisivo con un ex diputado por Izquierda Unida, miembro de la delegación vasca de ese partido político español que viajó pocos días antes a Cuba por invitación del gobierno de la isla.

Después de un enfrentamiento dialéctico sobre la realidad de mi país y donde ambos nos acusamos mutuamente de mentir (g), quedé extraordinariamente sorprendido cuando al acabar el debate y ya fuera de cámara, mi oponente extendió la mano cual si de una confrontación deportiva se tratara.

Según nuestro especial código nacional de enfrentamiento político, a esas alturas del debate habría estado dispuesto a irme a las manos con mi oponente a pesar de que me aventaja en más de un pie de estatura y a que soy un convencido de la solución de los asuntos políticos por vías pacíficas. No me duelen prendas, ahí radica nuestro talón de Aquiles nacional; la incapacidad manifiesta para poder evaluar sin enfrentamientos emocionales, absolutamente antagónicos (h), las razones y los hechos del contrario.

Quizás esta característica nacional -muy bien descrita en el Testamento Político de Miguel Ángel Quevedo, director y propietario de la revista Bohemia, -ver (1)-, ha pesado en los enfoques históricos que siempre se han hecho sobre la figura de Don Tomás Estrada Palma y el resto de los presidentes constitucionales de la República. Ese es precisamente un punto sobre el que debemos volver más adelante en estas reflexiones.

El Tratado de París de 10 de diciembre de 1898, -ver (2)- sentó las bases para la posterior imposición de la Enmienda Platt, -ver (3)- a la Constitución de 1901. Al declararle Estados Unidos la guerra a España, los ejércitos cubanos llevaban ya tres años continuos en batallas contra las armas coloniales. Se había logrado extender la guerra desde el Oriente hasta el Occidente del país, mediante una campaña de invasión que fue la admiración de todos los analistas militares de la época, -ver (4).

El ejército de tierra español, considerado uno de los mejores de su tiempo, ver (5), había sido duramente derrotado en las batallas de Las Guásimas, Palo Seco, Ceja del Negro y otras muchas. Si aún se mantenía en pie se debía a la increíble cantidad de soldados llamados a filas, contra un enemigo en desventaja numérica y de armamento, así como de recursos económicos para la contienda, a la genocida política de Reconcentración Civil dictada por el Capitán General Valeriano Weyler -de triste memoria para la nación cubana- y al resurgimiento en las filas insurrectas de los viejos problemas de caudillismo y enfrentamientos entre el poder civil y militar que ya habían dado al traste con la Guerra Grande (1868-1878).

El tratado firmado por las dos potencias, la colonial en decadencia y la industrial emergente, careció de consideración mínima a las armas cubanas; al aliado en campaña por parte de los Estados Unidos y a la Nación descendiente por parte de España, pues no fue incluida la representación cubana en la firma del armisticio.

Mediante este tratado, la Metrópolis cedía en propiedad a los Estados Unidos, todas las posesiones coloniales en disputa, incluida Cuba. Evidentemente a los gobernantes se les hacía más fácil justificar ante su nación la pérdida de las posesiones de ultramar a manos de una potencia extranjera, que conceder la independencia, después de haber adoptado la política de “hasta el último hombre y la última peseta”.

En estas especiales condiciones y con el país ocupado por las tropas norteamericanas, tocó decidir a los constituyentes, si aceptar una enmienda a la Constitución y nacer como estado independiente, aunque baldado o negarse a semejante enmienda y continuar en el limbo jurídico derivado del Tratado de París (i).

Puede ser muy fácil por objetivos políticos inmediatos o por empecinamiento ideológico del analista, cuestionar la aceptación de la Enmienda al nacimiento de la Nación. Sin embargo, atendiendo a hechos incuestionables, no sólo surgimos al siglo XX como estado independiente al concierto de las naciones, sino que a 56 años de fundada, sus resultados la situaban en el límite mismo del despegue hacia el desarrollo, -ver (6)-. Éramos un país receptor de emigración europea, -de ellos casi un millón de españoles-, contábamos con la mayor clase media proporcional a la población del país en el concierto de lo que hoy suele llamarse Ibero América y superábamos a algunos estados europeos, Italia por ejemplo, en coches por habitantes y a un grupo grande de naciones desarrolladas en indicadores de salud y educación, -ver (7).

Por eso todo indica que la decisión fue acertada; nació el nuevo estado. Esa misma etapa histórica que ha sido vilipendiada, permitió a los cubanos remontar los índices de alfabetización recrear la cultura nacional y reconstruir el país en ruinas. Si por algo se caracterizó la República Constitucional fue por la creación de riqueza, a despecho de sus convulsiones políticas.

Además, garantizó prácticamente durante toda su existencia, derechos fundamentales desde hace mucho desconocidos para los cubanos;
• Libertad para entrar y salir del país.
• Absoluta libertad de movimiento interior.
• Libertad de asociación.
• Libertad de expresión.
• Absoluta libertad económica y respeto a la propiedad.

Esto por sólo mencionar las más evidentes. Si el lector incrédulo quiere confirmar el índice de gobernabilidad democrática de la República en todas sus etapas, puede consultar nuestra referencia bibliográfica, ver (8). Seguramente considerará validas las afirmaciones de estudios internacionales donde participan las más prestigiosas universidades e instituciones especializadas de Naciones Unidas.

Por supuesto que la Nación al constituirse como estado independiente no era el país de Jauja; tampoco fue el Infierno del Dante como se le ha querido presentar. Al constituirse en 1902, el nuevo estado arrastraba consigo dos grandes problemas;
• Descapitalización, no sólo de la nación, sino también de una parte importante de aquellos que habían luchado por la independencia, a muchos de los cuales les habían expropiado sus posesiones, jamás devueltas, salvo algunos afortunados que tuvieron la paciencia y los recursos para incoar los pleitos y esperar un cuarto de siglo los resultados de las querellas civiles ante las Juntas de Compensaciones.

• Asimilación de la población negra, por una estructura social viciada por la actitud discriminatoria hacia la otra mitad de la población total del país y mayoritaria en la gesta independentista.

La nueva República nacía con muy pocos medios, la mayoría de ellos en manos no de los que habían luchado para fundarla, sino de los que se habían opuesto a ella, cubanos y españoles; integristas o autonomistas. El pequeño campesino, arruinado durante la guerra, perdió en breve la propiedad de la tierra, a manos de geófagos, no necesariamente americanos como le presenta la actual historia oficialista, o como pudieran ser dados a suponer aquellos que solo miran por el extremo del ojo izquierdo.

Muchos cubanos, increíblemente llamados negros en escritos y textos, como si de entes extraños a la nacionalidad se trataran, asisten a la fundación de la República sin más recursos que una pequeña paga por licenciamiento del ejército libertador, un analfabetismo galopante y poca o ninguna preparación para oficios urbanos o técnicas de cultivos medianamente productivas. La elitista sociedad, traspaso literal, salvo peculiaridades, de la sociedad colonial no sólo evaluaba a sus integrantes por el monto de sus riquezas, sino también por la capacidad de su piel para refractar el sol.

Sin embargo; la Nación creció, entre 1923 y 1958 el crecimiento positivo del PIB no dejó lugar a dudas. Según estudios consultados, ver (9), en 1958 el país contaba con una reserva monetaria de 387 millones de dólares de la época, unos 2 307 millones al cambio del año 2000.

Por todo esto, evaluar la República sólo desde el aspecto de los enfrentamientos entre partidos y políticos, es lastar el análisis. La sociedad no sólo está integrada por la clase política, aún cuando esta sea el reflejo en alguna medida de la sociedad.

En una democracia, las libertades permiten que el enfrentamiento político se torne incisivo. Las acusaciones que se dirigían los miembros de la clase política entre sí no siempre tenían una base sólida. Aunque es cierto que nuestra República arrastró siempre un índice de corrupción y de clientelismo político, en definitiva, la parte más visible de las contradicciones internas.

Precisamente en el caldo de cultivo de esos enfrentamientos se cebó la costumbre mediática de destruir la figura del contrario. Salvo la crónica roja, no existía para la prensa nacional otra fuente mayor de lectores que las noticias vinculadas a la política y sobre todo a los políticos.

Muchos bulos propagandísticos se asentaron en la memoria popular a pesar de su franco origen racista o discriminador. Señalaré un ejemplo transmitido por tradición oral de una infamante calumnia, generada en los círculos más intolerantes y difundido entre la población, en una época en que la integración de los cubanos de raza negra comenzaba con muchas dificultades.

Tengo suficiente edad para certificar que soy testigo de expresiones emitidas por personas que eran ya adultas en 1895 y que transmitieron hasta mi generación el bulo de referencia. La montaraz calumnia, estaba basada en la muerte del lugarteniente General de las tropas cubanas Antonio Maceo y de su ayudante en campaña, Francisco Gómez Toro (Panchito), hijo del Generalísimo Máximo Gómez. Según la cruel versión; Maceo no habría muerto a manos de los soldados españoles, sino de un disparo de Panchito que querría evitar de esta forma que un cubano de la raza negra dirigiera en el futuro los destinos de la Nación.

Los detalles de la ocupación del cadáver de Maceo por las tropas regulares y de voluntarios; así como el remate de Gómez Toro junto al Titán, sirvieron durante mucho tiempo a la calumnia. Cierto es que nunca tuvo fundamento, pero para las calumnias no se necesitan pruebas, sólo malas intenciones.

En su obra Cimarrón, Miguel Barnet pone en boca del antiguo esclavo y mambí entrevistado una evaluación anexionista de Máximo Gómez, versión afirmada según el veterano por el hecho de que la estatua de Gómez en el Malecón habanero, se encuentre mirando al norte. Sin comentarios.

En esa misma cuerda se mantuvieron las evaluaciones de la gestión de los diferentes Presidentes. Quizás la más dura de las evaluaciones haya sido hecha a Don Tomás Estrada Palma. Es cierto que la renuncia, tras los disturbios por su reelección que ocasionaron la muerte de Enrique Villuendas, propició a la corta la segunda intervención americana. Era previsible que eso ocurriera tras la renuncia del presidente de la Nación, pero era también previsible desde que el resto de la clase política propició los disturbios que sirvieron de base a la renuncia.

Sin embargo, todas las evaluaciones negativas recaen sobre la figura de Estada Palma y poco se analizan las posiciones de otros políticos del momento. La acusación de anexionista siempre ha sido para la clase política cubana un buen argumento para desprestigiar al contrario. Políticos corruptos, desfalcadores; en muchas oportunidades no han pasado a la posteridad con mayor estigma inducido que el de Don Tomás.

Su gestión de gobierno, pocas veces ha sido difundida por sus detractores. Fundador de escuelas y de la gran campaña que permitió a la Nación educar a sus hijos más desheredados. Creador de los fundamentos de la Hacienda Pública, negociador exitoso para la limitación de las exigencias contenidas en la Enmienda Platt.

La evaluación objetiva que merece nuestra verdadera Historia republicana está aún por escribirse. Una República que garantizó el incremento de la riqueza, las libertades individuales, la aparición de una numerosa clase media, que sentó las bases para el incremento de la cultura nacional con un número increíble de publicaciones periódicas. Esa República merece el justo estudio de sus virtudes y defectos. En claro-oscuro, no sólo en blanco o en negro.

La búsqueda de nuestras verdaderas raíces democráticas será el mayor empeño de la nación del futuro. El verdadero reconocimiento, práctico, no teórico, o paternalista, de los cubanos negros y mestizos como parte muy importante de nuestra nacionalidad, la capitalización de la población, son a no dudarlo, arduas tareas para un futuro gobierno democrático.

Todo ello, sobre la base de volver sobre nuestra breve historia democrática; evaluando los probables índices de pobreza republicanas es de señalar que en 1958, a medio siglo de fundada la Nación en tan difíciles condiciones, calificaba como la tercera economía de Latinoamérica. Con un salario medio de 110 dólares mensuales, -ver (10)-, la distancia que separaba a nuestra población de la haitiana era inconmensurable, pues Haití, el estado más pobre del continente, se encontraba a veinte posiciones por debajo de Cuba en la escala de riqueza nacional. Hoy sabemos que “... el Fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), calificó a la nación cubana en 1999, como el penúltimo país del continente sólo superado en miseria por Haití...” obra citada.

Objetivamente eran muchos los problemas que en 1958 arrastraba tras de sí la joven Nación. El más grave, el golpe de estado de 1952 y la ruptura de su ritmo constitucional. Habría bastado a esa Nación la restitución de la democracia y con ella las reformas necesarias para culminar la integración nacional. Si de algo puede acusarse a esa República fue el no haber madurado lo suficiente políticamente -mal endémico de Latinoamérica- para evitar los periódicos desórdenes que en su última versión permitió el ascenso del populismo feroz.

Hoy, en el año del centenario de su fundación, los problemas de la nación cubana se presentan cuan ciclópeos monstruos. No sólo porque el salario medio haya descendido a 8,32 dólares mensuales y el país esté económicamente destruido, nadando a todo pulmón en las aguas de la ineficiencia; sino porque más de 43 años de adoctrinamiento ideológico y deformación social, dejan huellas, incluso en aquellos que nos suponemos opositores conscientes del sistema.

Nuestra historia demostró que medio siglo era tiempo sobrado para levantar un país de las ruinas de la guerra dejada por el colonialismo, pero corto para lograr la madurez necesaria como pueblo.

La nación que desarrolló un potente movimiento cultural en apenas cinco decenios – la mayor parte del cual fue capitalizado como propio por la Revolución-. Que era capaz de exportar libros de texto de autores nacionales al resto de Latinoamérica, con un fuerte movimiento de pintores, escritores y otras artes, así como logros científicos incuestionables para la época; no puede ser la Nación miserable que se nos presenta en la propaganda oficial.

A los problemas sin resolver de 1958, se les suman los de nuevo corte de estos cuatro decenios, incluida ¡de nuevo! la destrucción económica del país. Será muy difícil reconstruir la Nación, no tanto económicamente, como en el orden social. El acertijo de enseñar a un pueblo educado en el totalitarismo a vivir en democracia, puede deparar muchos tragos amargos.

La mejor evaluación de la etapa republicana, al final, la hizo alguien al que no se puede acusar de amar la democracia, lo cito:
“...Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una notable confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas.
Deseaba un cambio, una mejora, un avance y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro. ¡Pobre pueblo!...” -ver (11).

Comentarios:

(a) Ha de tenerse en cuenta que muchos análisis históricos han sido redactados por profesionales de otras especialidades que han incursionado en la Historia; Políticos, periodistas, psicólogos, médicos, abogados, filólogos etc. Carentes en muchos casos de formación en la búsqueda y verificación de las fuentes.

Siendo esta una de las especialidades con mayor intrusismo profesional, no es de extrañar la aparición constante de bulos e inexactitudes. Aunque es justo reconocer que con la práctica constante de la actividad, algunos se han convertido en verdaderos especialistas de temas puntuales y muchos historiadores de profesión se han prestado para deformar la Historia. Así como aquellos intereses foráneos que representando a sus estómagos globalizados prefieren aceptar la versión prostibularia de la historia nacional, - contada por sujetos portadores patológicos de complejos familiares-, como justificante de sus acciones, adornadas muchas veces ¡además! de un manto solidario.

(b) Y esta afirmación no puede ser obviamente del profesional de la Historia, sino del animal político que convive con el fenómeno.

(c) Los esfuerzos de la Dra. Hortensia Pichardo al publicar sus Documentos para la Historia de Cuba a finales de los sesenta en el centenario de la Guerra de Independencia, aparecen como un esfuerzo aislado carente de continuidad y mucho menos de solución práctica en los libros de textos de las diferentes enseñanzas.

(d) Documento clave que convirtió la Guerra Hispano-Cubana en Hispano-Cubano-Americana. Aclaración necesaria, pues la historiografía corriente citada en la prensa europea y americana, incluso en la actualidad, redimensiona la guerra a una polarización hispano-americana; ignorando que la raíz del conflicto estaba dada por la beligerancia de los cubanos desde el 24 de febrero de 1895 (realmente desde el 10 de 0ctubre de 1868 con sus correspondientes treguas) y que a esas alturas el sostenimiento de la guerra por parte de la corona española con la movilización de un ejército de 250 000 hombres, era más una expresión de empecinamiento, que una reflexión objetiva sobre una contienda dada ya por perdida.

(e) Un ejemplo clásico es la ola nacional-populista-antiamericana desatada en el primer momento de la Revolución fidelista y que se inició con el derribo público y televisado del monumento a las víctimas del acorazado Maine.

(f) No fueron raros los casos durante la República de enfrentamientos armados entre congresistas, asesinatos políticos e incluso suicidios por estas motivaciones. El más conocido, por las repercusiones que tuvo en la Nación es la inmolación de Eduardo Chibás, líder del Partido Ortodoxo ante los micrófonos de radio.
De la supresión moral o física de los oponentes políticos durante los últimos cuarenta años también puede escribirse un voluminoso tratado.


(g) Estoy seguro de haber dicho la verdad: -Desde 1988 no se reciben en Cuba a representantes del sistema de instituciones de Naciones Unidas para evaluar el cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el país. Cuba ha negado sistemáticamente la entrada al territorio nacional al Relator Especial para Cuba de Naciones Unidas, por lo que la gratuita afirmación de mi oponente de que “... Cuba ha sido reportada como el país del continente americano de mejores condiciones en sus prisiones...”, además de ser una flagrante calumnia, -pues fue incapaz de citar fuentes verificables-, sería según sus propios parámetros comunistas la intromisión en los asuntos internos de una nación, pues toma partido -a petición de una sola de las partes-en su diferendo entre la oposición cubana y su gobierno.

Algo así; como si en nombre y a título de la oposición cubana se nos ocurriera opinar públicamente en algunos de los debates que sostiene la oposición española con sus gobernantes, tomando partido sobre asuntos que no conciernen a una agrupación política extranjera.

Aunque ya se sabe que en estos asuntos los comunistas, -y algún otro más posicionado hacia donde nace el sol-, según sus especiales percepciones, consideran al mundo sin fronteras cuando les conviene y de estrechas líneas nacionales cuando les apetece.

(h) Aquí utilizo el término “antagónico” según la acepción de la Filosofía Clásica Alemana, es decir, las contradicciones antagónicas entendidas como un tipo de contradicción cuya solución consiste en la desaparición de uno de los contrarios. Por supuesto que la solución de la contradicción no es la aniquilación física del sujeto sino su derrota dialéctica, valga la aclaración.

(i)Los que aún hoy cuestionan la decisión de los constituyentes durante la ocupación americana y las limitaciones impuestas a la independencia, debieran replantearse el problema, mediante el ejercicio de contestar las siguientes preguntas;
• ¿Existía otra opción práctica para los fundadores de la Nación?
• ¿Qué potencia de la época se habría contentado con la implantación de un protectorado, retirando las tropas y renunciando a la propiedad del territorio cedido por España, como fue el caso?
• ¿Qué otro modelo democrático regional podía ser imitado?


Bibliografía:

1. Quevedo, Miguel Ángel. Testamento Político. Revista Hispano Cubana Nº 11.Madrid. 2001.

2. Disponible: http://www.revistahc.com

3. Tratado de París. España-USA 1898.


4. Disponible: http://www.cubanet.org/links

5. Enmienda Platt (inglés). Constitución 1901 Cuba.


6. Disponible: http://www.cubanet.org/links

7. Pirala, Antonio. Anales de la guerra de Cuba. Madrid. 1895


8. Citado en; Cien años de Historia de Cuba (1898-1998). Moreno Fraginals y otros. Editorial Verbum. Madrid, 2000.


9. Navarro, Luis. Las guerras de España en Cuba. Madrid. 1998. Ibídem.


10. García Puñales, Miguel A. Análisis comparativo de la economía cubana 1958-1998. Partido Solidaridad Democrática. La Habana. 1998.
Disponible: http://www.cubanet.org/psd

11. International Monetary Fund. U.N.1957- 1964Disponible: http://www.un.org/imf

12. Naciones Unidas y otros. Tasas de gobernabilidad democrática. 2002.
Disponible: O. N. U; http://www.undp.org/hdr2002/espanol/
Otros; http://www.cidcm.umd.edu/inscr/polity/


13. Corzo, Humberto. Comparación estadística del PIB cubano durante la Cuba republicana y la Cuba de hoy. La Nueva Cuba, julio 30, 2002.

14. Disponible: http://www.lanuevacuba.com

15. Ibídem

16. Castro Ruz, Fidel. La Historia me absolverá. Editora Política. La Habana 1964. pág.- 145.

 

 


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