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DIÁLOGO, ANTIDIÁLOGO Y BOBERÍAS CRIMINALES
15-05-2008, Jaime Leygonier Fernandez

Opositores de acá y de allende los mares abogan tajantemente por el diálogo o por la negativa a todo diálogo con el Gobierno de Cuba, pero divorcian a la palabra diálogo de las circunstancias reales.

Conviene reflexionar que toda apelación absoluta a favor o en contra del “diálogo” con olvido de las circunstancias, no pasa de estéril ejercicio oratorio –cuando no repetición de sofismas de políticos extranjeros- y sirve al Régimen para esperanzar falsamente a unos a esperar inactivos los cambios y asustar a sus secuaces con la venganza de los intransigentes.

Hay opositores que hablan de diálogo en tono bucólico y hasta tienen escritos planes imaginariamente infalibles para negociar el cambio con el Gobierno, pero -salvo que jueguen a servir a intereses extranjeros partidarios de los Castro y de que no cambie nada o le guiñen el ojo al propio Raúl Castro– olvidan un detallito que les derrumba todo: ¿Por qué el Gobierno va a querer negociar? Y si quisiera negociar… ¿Por qué va a querer negociar con ellos?

Hasta ahora el Gobierno no ha movido un dedo para negociar; niega que lo hará, por más que le ruegan los aliados extranjeros que, por amor de Dios, haga o finja hacer diálogo. No va a negociar a menos que esté a punto de perder el poder y los opositores representen poder alternativo.
¿Ud. quiere diálogo con el Gobierno? No lo obtendrá si se sienta a esperar que caiga del cielo. Gánele al Gobierno la pelea, haga que el pueblo lo vea a Ud. como una alternativa para solucionar sus problemas.

Únicamente considerará dialogar con Ud. cuando Ud. pueda llenar una calle con una multitud o convocar a una huelga. Cuando estalle un motín popular y Ud. pueda subirse a un banco y apaciguar o incitar a la multitud y esta lo escuche.
Hoy esa autoridad no la tiene la oposición. Tiene que meterse en el peligro de ganársela, conseguir que el pueblo, y no los medios extranjeros, la conozca y la siga –única forma también de representar al pueblo y hablar en su nombre de lo que el pueblo quiere.

Por muy hermoso que suene “diálogo”, ofrecerlo como una flor a este gobierno sadomasoquista que solo entiende de dar y recibir palos, es atraerse el desprecio de los amos y confundir al pueblo.
Dialogueros muy evangélicos existen que se niegan a dialogar con opositores en los que ven rivales, mostrando así más tolerancia fraternal hacia los tiranos que hacia los opositores.

Larga experiencia en fracasos en intentos de lograr la unidad en torno a un caudillo o de un proyecto mágico, hace interesante la Propuesta de Salvación Nacional del Dr. Darsi Ferrer, quien –simplemente- insiste en dialogar primero entre opositores en plano de igualdad sobre como coordinarse y atraer a la causa al pueblo, representándolo.
La otra cara de la moneda es la de quienes se niegan absolutamente al diálogo. ¿Que poder tienen para que el Gobierno quiera dialogar con ellos y ellos le vuelvan desdeñosamente la cara?

Si tienen al Gobierno en el piso y lo están aplastando con el pie como San Miguel al diablo, ¡muy bien¡ Si cuando el amante del diálogo se suba al banco a decirle a una multitud violenta que regrese a sus casas, el enemigo del diálogo puede subirse a su lado e incitar a la multitud a tomar la Bastilla –o Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado- entonces podemos escuchar lo que tenga que decir.

Mientras el Gobierno tenga su ejército, su poder, no renunciará a él por complacer a los que quieren diálogo o a los que lo rechazan, y los utilizará a ambos para su propaganda.

El Gobierno les dirá: “Ganen influencia entre el pueblo, muévanme el piso bajo los pies y entonces veremos. Llevamos cincuenta años usando la retorica vacía para prestigiarnos y confundir al pueblo; de hecho ya nos desprestigiamos por completo. ¿Van ustedes a prestigiarse y a quitarme el poder en mi propio terreno con la retórica vacía?”

Urge trabajar, la etapa de las declaraciones necesarias es pasado –ya todo el mundo declara–. Ahora la declaración tiene que ir acompañada de la acción cívica inteligente. Lo demás -por bien hablado que sea- es bobería. Y en el momento que vive la patria, la bobería es un crimen.

 


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