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Retorno a la semilla (1ª Parte)
16-02-2008, Miguel A. García Puñales

Decididamente me estoy poniendo viejo. Ayer pasé lista en sueños ¡A todos mis alumnos!, que ya es mucho decir. Desde aquellos primeros de octavo de Secundaria Básica Urbana, sin olvidar las Secundarias Básicas en el Campo de Isla de Pinos, las Secundarias y Bachilleratos de La Habana al regreso del Servicio Social. Mis alumnos de Institutos Politécnicos, Secundarias y Bachilleratos de adultos así como Maestros Primarios, estudiantes de la Licenciatura en Educación y en Ciencias de la Información.

Pasé lista también a los alumnos de postgrados médicos, los de Administración de Salud y Bioestadísticas, Educación Médica y Metodología de la Investigación, los distantes alumnos extranjeros de la Maestría Internacional en Administración de Salud y hasta a mis alumnas de posbásico en la Escuela de Enfermeras volví a pasar lista.

Todos, incluidos los médicos de familia que hasta última hora antes de mi partida al exilio, acudían a casa para que les asesorara las tesis de la Residencia Médica.

Es una profesión agradecida. Nada es más gratificante que oír en ciudad extraña el saludo de un supuesto desconocido - ¡Coño profesor, qué tiempo sin verlo!, y reconocer en la figura que se nos para enfrente al antaño adolescente, casi niño, que 30 años atrás obligaba a quedarse sin recreo para que hiciera los deberes. Sólo que ahora tiene medio metro más de estatura, lleva gafas y está tan escaso de pelo como su profesor.

Aunque bien pensado, no es la edad. Deben ser las noticias recibidas sobre el estado de la educación en Cuba; son como para tener pesadillas. Intentaré comentar las nada gratificantes informaciones disponibles sobre su estado actual. El sainete bufo cubano diera risa si no estuviera impregnado de tanta sangre y lágrimas. Se repite a sí mismo constantemente como buen anciano atacado de demencia senil; que en eso, estado y dictador son uno.

Quisiera pedirle a los lectores que tengan la paciencia de dirigirse al artículo “Otra de las Infamias cometidas por Castro. Aurelio Baldor (1906-1978)”, de Alberto Amado León, publicado en Cubamatinal (nuestro buscador en portada permite localizarlo sólo con teclear el apellido Baldor). En él encontrarán información documentada sobre algunos hechos vinculados a la educación en los primeros años de la toma del poder por el actual desgobierno y los abusos con el personal docente que no se plegaba a sus intereses.

Es importante porque intentaré dedicar una parte de este artículo a describir el sistema de presiones que se ha ejercido con los docentes para convertirlos en mercenarios del adoctrinamiento y víctimas ellos mismos del sistema que los utiliza.

Sin embargo mi exposición no se remontará a los primeros años de la dictadura, pues quiero dar sólo la visión testimonial de un docente profesional y eso no puedo hacerlo más que a partir de 1974, por ser el año en que comencé a ejercer, profesionalmente hablando.

Con anterioridad a esa fecha (1959-1973) las principales acciones del gobierno se habían dirigido preferencialmente para la extensión del sistema educativo en el país, como base del sistema centralizado de adoctrinamiento a la población, pero con especial énfasis a niños y jóvenes. El análisis documentado de esa etapa es extenso: pretendo que quede pendiente para nuevos comentarios en esta columna, con aportes de profesores más antiguos en el escalafón.

En 1974 se inició el llamado “Plan de Perfeccionamiento del Sistema Nacional de Enseñanza”. Justo a inicios de esa década se comenzó a implantar una nueva versión docente de planes educativos que constituyen lo que ha sido una idea recurrente del gobierno; separar a los adolescentes del medio familiar.

Por si algún autodenominado progresista –pro castrista- lee esta afirmación y quiere acusarme de parcialidad; intentaré demostrar mi afirmación a priori.

Las primeras construcciones escolares del gobierno de Castro, propaganda aparte, eran “ciudades escolares” de alumnos internos, que a lo largo de la década de 1960 fueron ampliadas con numerosos tipos de internado, desde las escuelas de “corte y costura” para campesinas en los robados palacetes de Miramar, hasta internados de Secundaria Básica, como aquél que funcionó nada más y nada menos que en el edificio Focsa de La Habana, sin contar los numerosos institutos politécnicos militarizados. La constante era que el estudiante fuera “becado”, que en términos cubanos es sinónimo de interno.

Desde la fundación en 1964 del Instituto Pedagógico de la Universidad de La Habana, se hizo obligatorio el internamiento de los estudiantes, era básico formar a los formadores mediante el propio sistema que aplicarían sobre sus educandos; sin contar los decretos del Ministerio de Educación como aquél que prohibía el matrimonio a los universitarios y técnicos medios durante sus estudios. Más de un aborto no deseado estuvo relacionado con el uso de fajas por parte de estudiantes universitarias en su intento de ocultar su estado de gestación a la vista de los censores docentes.

Hacia 1970 y después del desastre esperado de la “Zafra de los 10 Millones”, el gobierno contraatacó fuertemente en sus intenciones “educativas”. Se montó todo un tinglado en torno a la creación de las Secundarias Básicas en el Campo, las famosas “ESBEC”. La “filosofía” en que sustentaban, referían ser concepciones “marxistas-martianas” en referencia a frases emitidas por ambos pensadores en lo referente a la educación laboral de los jóvenes.

Ya se sabe que los puntos de contacto intelectual de ambos pensadores eran prácticamente nulos, pero a la propaganda en uso le tenía sin cuidado, con una frase tomada de aquí y otra de allá, eran capaces de “argumentar” cualquier cosa. Llegaron por esta vía a convencer a miles de padres en el criterio de que sus hijos serían mejor educados en estos centros que en las clásicas Secundarias Básicas y Bachilleratos Urbanos. ¡Cosas de esa alucinación colectiva a la que nombraron Revolución cubana!

Visto el abandono en que dejaron a las instituciones docentes de las ciudades y el montaje propagandístico sobre los medios docentes y los recursos dedicados a este tipo de “nueva escuela”, es fácil comprender la actitud de muchos padres que enviaban sus hijos a los internados atribuyéndoles a estos unas condiciones y nivel de organización que jamás tuvieron.

De esa forma en 1974, se encontraban bastante extendidos en el país los planes de construcción y puesta en marcha de este tipo de centro. Comenzaron entonces los experimentos sobre planes y programas de estudio, que en la práctica no eran más que la continuación de los cambios que le antecedieron en la anterior década.

Tres elementos constituían la base metodológica de este nuevo “perfeccionamiento”. Las transformaciones en los contenidos de los programas a lo que dio en llamarse Área científico-técnica de los planes de estudio; Los cambios en los métodos de enseñanza, denominada Área pedagógico-metodológica y la instrumentación a través de las áreas anteriores de los objetivos políticos del régimen, a lo que llamaron Área político-ideológica.

Para esa fecha el régimen seguía confrontando una carencia, -crónica hasta nuestros días- de docentes, pero contaba con una bien engrasada maquinaria de formación de “emergentes”. Desde finales de los sesenta los programas de formación a los llamados “maestros populares” destinados a la enseñanza primaria fueron sustituidos por los planes de formación para profesores de enseñanza media. Este cambio estuvo relacionado con el arribo de la generación del “baby boom” cubano a este tipo de enseñanza.

Los planes de formación de profesores emergentes, se limitaban a un cursillo de nueve meses a estudiantes con octavo grado de la enseñanza secundaria básica – que por esa época era de diez grados- que los “capacitaba” para impartir clases en todos los grados de la enseñanza secundaria, aunque los responsables técnicos se cuidaban mucho de ubicarlos en grados superiores al octavo y reservaban para esos grados a los profesores de mayor experiencia.

El único requisito exigible era que el candidato cumpliera ¡los 16 años de edad! Antes de la terminación del cursillo, pues se legisló una disposición transitoria por parte del Comité Estatal del Trabajo y Asuntos Sociales que autorizaba el emplantillamiento laboral de este personal antes de arribar a la edad laboral. Debemos recordar que la ley cubana proscribía desde antaño el vínculo laboral a menores de 17 años, en cumplimiento de acuerdos con la OIT para la protección de la infancia.


Ha sido la enseñanza media el talón de Aquiles del tan cacareado sistema formativo cubano. Las Secundarias Básicas en el Campo resultaron en breve un verdadero desastre organizativo. Sus causas no son achacables a “bloqueos” o fuentes externas, sino a la propia concepción de tales engendros.

Fuera de cualquier cuestionamiento, fue en esa época concreta y con la creación del Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce” que la formación de profesores para la enseñanza media adquirió connotaciones de fábrica de churros.

Al margen de la carencia de profesores, existía el problema agregado de que los profesores de enseñanza media no aceptaban trabajar en las ESBEC. Al menos ese fue un problema sin solución durante muchos años, sobre todo en las provincias occidentales del país, las de mayor volumen de población.

La propia concepción de este tipo de institución, que debía responder por la producción de las fincas rústicas a ellas asignadas, empleando la mano de obra estudiantil a jornada parcial de cuatro horas diarias y que responsabilizaba a los docentes, no sólo con su trabajo pedagógico sino también con los resultados de la labor de productiva de sus alumnos, es el clásico ejemplo de concepción demencial de la sociedad totalitaria.

La improductividad del trabajo, en especial el agrícola, motivado por la falta de estimulación a los trabajadores y la desaparición de la propiedad privada, pretendía ser sustituida por el trabajo infantil. Era sobre el trabajo de los niños y adolescentes que se desarrollaron planes de producción citrícola como los de Isla de Pinos y Taza de Oro en la antigua provincia de Matanzas, los de cultivos varios en las provincias habaneras y tantos otros a lo largo y ancho del país.

De la misma forma que mediante las movilizaciones masivas de obreros y estudiantes externos se pretendió durante años resolver el problema insoluble de la zafra azucarera o tabacalera de la nación.

Sobre los hombros de la masa profesoral se echaba no sólo la obligación de adoctrinar a niños y jóvenes sino también de servir de capataces en las tareas productivas y responder ¡además! por los fantasmagóricos resultados docentes que de ellos se esperaban.

Recuerdo que en 1975, en plena efervescencia de los programas de las ESBEC en Isla de Pinos, se recibió en la Secundaria “Vanguardia de La Habana”, la visita de una eminente pedagoga alemana. El joven director, haciendo gala de su mejor traje propagandístico comenzó a explicar a la docente germana, como la alumna del destacamento pedagógico que le presentaba –recién egresada de décimo grado de secundaria- ejercía como profesora a tiempo total de alumnos de octavo grado ¡Y obtenía 100% de promoción!

La cara de la visitante era todo un poema y muchos de los presentes tuvimos que salir del aula para no echar la carcajada frente a ella. El fraude institucionalizado e los indicadores docentes, ciertamente nació con las ESBEC y la utilización masiva de estudiantes de pedagogía en práctica permanente desde el primer día de su carrera, fue el recurso más fácil de los empleados por el gobierno para alterar de manera permanente el cuerpo de valores de la ética profesional aún vigente en una parte del magisterio cubano. (continuará…)


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