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Cartas Amarillas
ANGOLA: CUANDO LAS HIENAS SÉ REIAN DE NOSOTROS

01-08-2006, Emilio Suri Quesada

Al adivinar el ruido de los motores, la mayoría, dejaba lo que estuviese haciendo y, con un a mano en la frente o haciendo con las dos unos improvisados binoculares, clavaban la mirada en el avión.

La maniobra de descenso le ponía a cualquiera los valores en la garganta. En el interior del AN 26 los asientos estaban pegados a la pared y previniendo lo que podía pasar, la tripulación rusa había colocado varios cubos para cuando empezara el sube y baja allá arriba, los pasajeros de turno soltaran la vida con la vomitera.

Los pilotos rusos subían a veinte mil pies y, cuando estaban encaramados sobre la ciudad, se lanzaban en picada en busca de la pista. Había que ser muy diestro para frenar la caída, enderezar el morro del aparato y aterrizar a salvo. Esa era la fórmula más segura para salir ileso de los Stinger de la UNITA que, invisible, acechaba a pocos kilómetros de la ciudad.

La llegada del avión era siempre un alboroto para aquel grupo de cubanos que se jugaban la vida a catorce mil kilómetros de su Isla. Por un rato, el tabaco, la comida y el resto del avituallamiento que venía en el avión pasaba a un segundo plano y lo único importante era averiguar si uno estaba entre los suertudos que ese día recibirían noticias de la familia.

Durante la entrega de la correspondencia los solteros eran siempre quienes mejor la pasaban. Para los casados, sobre todo si eran militantes del Partido, el asunto se tornaba peligroso. Hasta que escuchaba su nombre y recibía un sobre normal y corriente, la gente aunque riera y lo tomara a guasa, siempre sudaba frío por dentro. Había, incluso, quienes hubieran preferido estar en la selva que tener que vivir el suplicio de la falta de intimidad y las bromas del grupo.

Los cubanos que fueron a Angola, si eran hombres y militaban en las filas del Partido Comunista sabían que, en Cuba, un grupo de apoyo integrado por otros militantes como ellos y militares, atendía y controlada lo que sucedía en su familia. Si alguien de la casa rebasaba los límites y si, sobre todo, la mujer sacaba los pies del tiesto, el combatiente internacionalista recibiría una de aquellas famosas cartas amarillas contándole los pormenores de la traición y animándolo a romper y a decidir entre la infiel o el Partido, porque ningún militante comunista cubano podía perder prestigio entre el pueblo y andar por ahí con una cornamenta mayor que la del padre de Bamby.

Recibir uno de aquellos nefastos documentos y tener que vivir bajo el fuego cruzado de las bromas y burlas de quienes estaban en el campamento era una de las peores cosas que le podía pasar a cualquiera.
Lo que debía ser un problema entre dos, en aquellas circunstancias se convertía en un problema público que la víctima arrastraría mientras alguno de los que allí estaba conservase la memoria.

Aunque nadie se atreviera a comentarlo, el cumplimiento de una misión internacionalista significaba un factor de alto riesgo para la integridad de la ya maltrecha unión de las familias cubanas. El gobierno de La Habana, después de
Llevar años enviando a los cubanos a los más distantes conflictos bélicos internacionales, ha dado una versión del número de baja sufridas en dichas aventuras. Sin embargo, nunca se ha atrevido ha publicar el número de divorcios que han generados tales campañas. Pocas veces he visto tanta presión para los machos cubanos. Nunca he visto tanto acoso para las mujeres que quedaron solas y compuestas en Cuba, y sobre todo para las que salían del país como internacionalistas. He visto, personalmente, como a la llegada de los vuelos a Luanda con carne femenina fresca, muchos jefes militares y civiles aparcaban su todo terrenos cerca de la pista de aterrizaje y, a la vista de todos, seleccionaban a las nuevas candidatas de su harén. Pero eso sucedía en Luanda y nosotros estábamos en un sitio en donde había solamente hombres viviendo a tope su soledad.

Lo duro en el lugar donde estábamos no era batirse a los tiros, sino aguantar la pesadez de los días a tanta distancia de casa; lo terrible era ir descubriendo que los angoleños estaban hasta el gorro de la presencia internacionalista cubana. Lo jodido era tener que admitir, día a día, que el sacrificio de uno y sobre todo de la familia, había sido en vano.

Allá, en aquel pueblo perdido, a la gente le afloraba lo mejor y peor que cada uno llevaba dentro. Resultaba interesante ver cómo cualquiera de los que allí estaban no dudarían en rifarse la vida en un tiroteo por salvar la tuya. Lo doloroso, lo insoportable era comprobar que esos mismo compañeros, en medio del tedio diario, te podían hacer la vida imposible con sus excesos de confianza y las bromas que estaban dispuestos a jugarle a quien se pusiese a tiro.

En el grupo a que me refiero, había uno llamado El Guajiro que reunía todas las papeletas para ser blanco de las bromas. Tenía veintitrés años. Era celoso. Llevaba casi dos años en Angola y fue llamado a cumplir misión internacionalista a los tres meses de casado.

Aquella tarde, como siempre, la gente buscaba alejar la tensión y los más viejos empezaron a cercar al Guajiro sacrificando el recuerdo de sus propias mujeres:
-Me da lo mismo que me manden una de esas cartas amarillas –comentó uno-.Le dije muy clarito antes de salir que si iba a tirarse a alguien que no lo hiciera en la calle, sino en la casa y con alguien conocido y sano.
-Pues yo- saltó otro que estaba a la derecha del Guajiro- le aconsejé a la mía que lo hiciera con el carnicero para que le dieran carne de más.
Un tercero, sin referirse a nadie en concreto, dijo con desparpajo:
-A la mía, si le pica que se rasque. Total, eso no es jabón que se gaste.
El que dormía en la litera encima del Guajiro decidió tocar fondo:
-¿ Y tú, Guaji, ¿le diste algún consejo a tu mujer? ¡Mira que dejarla a los tres meses de casados! Tú si que mereces mil medallas.

Y como siempre que le tocaban el tema, el aludido intentó frenarlos en seco:
-Ya les he dicho que con la mujer no quiero “mariconá” ni jueguitos.
La gente, ese día, estaba decidida a todo y uno llamado el Pajizo no respetó la mala cara del Guajiro:
-Tranquilo, muchacho – dijo muy serio y miró al resto de reojo aguantando la risa-. Sí los tarruos cantaran como gallos aquí nadie podría dormir.

El Guajiro, molesto, se quitó del hombro el brazo que el otro, en gesto de confianza le había puesto encima. Sus compañeros le rodearon con disimulo y no pudo ver como uno depositaba algo en la bolsa en donde estaban las cartas que acababan de traer.

Los que recibían cartas se alejaban del molote en busca de un rincón en donde leer hasta el cansancio las noticias que los ponían en frecuencia con los suyos.

Como a los cinco minutos de estar diciendo nombres, el improvisado cartero sacó de la maleta un sobre amarillo y antes de que pudiera leer el nombre del destinatario, el más próximo al Guajiro, comentó:
-Vamos a ver quien le pondremos hoy las bisagras.
La carcajada de los solteros fue unánime. Después hubo un silencio breve y cortante y, por último, el hombre dijo clarito y despacio, el nombre y los dos apellidos del Guajiro.

-Bienvenido al club –dijo más allá del bien y el mal uno que hacía dos semanas le habían avisado que su mujer lo engañaba.

El guajiro lo miró de arriba abajo y sus ojos tenían una expresión de lejanía y frialdad que nos paralizó a todos. Con paso firme se abrió paso en el grupo, recogió el sobre y, dando media vuelta, se dirigió a la barraca.

-Ese hombre lleva la muerte en los ojos –dijo un corresponsal apodado El Loco que, acabado de llegar, le habían dicho de qué iba el asunto-. No lo jodan más. Miren que los celos y tanta distancia pueden volver loco a cualquiera.

-Ahora iremos a consolarlo –dijo riendo uno que dormía en la litera que estaba junto a la del Guajiro-. Ven con nosotros y hazle una foto. Veremos la cara que pone cuando sepa que fue una broma.

Entonces se escuchó el ruido metálico y seco que produce el AK-47 cuando lo montan y, todos a una echamos a correr en dirección a la barraca. No hubo tiempo de nada. Todavía me parece escuchar sus palabras. Nunca he podido precisar si estaban cargadas de desespero, de odio o de locura.

El rafagazo nos dejó fritos. Entramos en tropel a la barraca y encontramos al Guajiro con el fusil entre las manos y casi sin cabeza. Tirado sobre el camastro, sin abrir, estaba el sobre amarillo. La sangre del suelo daba la impresión de ser negra. Lo único blanco eran los trocitos de sesos incrustados en la pared y los dientes de la chica del Guajiro riendo desde la foto que había caído al suelo.

Esa noche, mientras el oficial de la contrainteligencia interrogaba a la gente, las hienas revolvieron a su gusto los tanques con desperdicios de la cocina. Casi nadie durmió. Aquellos animales emitían unos sonidos como si estuvieran riéndose de todos nosotros.


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