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Las chinitas de Rafael Del Pino
03-11-2007, Aguila, Nicolás

A Rafael del Pino le ha dado por tirarle chinitas al exilio para congraciarse con su antiguo jefe, Raúl Castro. Y utiliza como plataforma de lanzamiento las páginas de opinión de El Nuevo Herald. El general castrista hace veinte años que desertó (o eso creíamos), pero ahora apuesta al raulismo sin disimular su entusiasmo. Del Pino se apunta al bando de los que quieren cambiarle sólo el collar al perro. De los que piden para Cuba inversiones extranjeras y liberalización del mercado, pero democracia cero. En fin, otro que se decanta por el modelo chino.

Por eso no extraña su último artículo sobre los troglos y los talibanes. Troglo es una forma acortada de "troglodita" que Del Pino se inventa, aunque nos asegura que la toma del habla popular cubana. Muy en sintonía con los procastristas, la emplea para definir al exilio histórico como "un pequeño grupo de cubanos de extrema derecha en proceso de extinción que llevan medio siglo tumbando a Castro por la radio y prensa de Miami."

Sin detenernos en la ligereza del ex general para colgar la etiqueta de "extrema derecha" (reservada para grupos fascistas, xenófobos y supremacistas), cabe preguntarse por qué tanta preocupación con lo que él considera apenas una minoría en extinción frente a una inmensa mayoría de moderados a la china.

No es que no se pueda estar en desacuerdo con un comunicador radial o una determinada organización. Pero lo que no es válido es igualar al exilio histórico con los mayimbes o talibanes castristas y de contra culparlo por la permanencia de la tiranía en el poder. Eso se aparta groseramente de la verdad y no suena muy honesto. Sobre todo viniendo de quien viene, un “Héroe de Playa Girón” que todavía se jacta en su currículum de haber derribado con su avión de combate dos B-26 de la Brigada 2506.

Mientras que Del Pino tuvo un destacado papel en la consolidación del régimen de Castro, el exilio histórico luchaba por el restablecimiento de la democracia en Cuba. Si no lo logró con su “línea dura”, tampoco lo lograron los de línea moderada. Entre otras razones, por la metralla y los cohetazos que les disparó a los brigadistas en Bahía de Cochinos aquel joven piloto, ascendido luego a general y ahora convertido en gurú con la solución perfecta para el futuro de Cuba.

El analista Del Pino acusa a los que no pensamos como él de estar “despitados con todo lo que sucede en Cuba”. Pero él mismo no parece muy al tanto de los entresijos del poder castrista. Llama talibanes al ala inmovilista del régimen (supuestamente compuesta por Machado Ventura, Esteban Lazo et caterva), cuando el descalificativo más bien se le aplica al "Grupo de Apoyo al Comandante" ––un hatajo de gritones, hoy a la desbandada, sin más poder real que el de haber sido caja de resonancia de su jefe.

Del Talibán en Jefe sí que no nos habla Del Pino en su artículo. Tampoco, significativamente, de su hermano sucesor. Quien lo lea desprevenidamente pensará que el futuro de Cuba depende de la lucha entre reformistas y conservadores. Pero esa historia de los dos bandos en pugna, tan vieja como el propio régimen, no hay que creérsela del todo aunque la repitan por aquí y por allá. Incluso los hay quienes especulan con un duelo político entre Lages y Valenciaga, a quienes consideran respectivamente los dos Carlos simbólicos del aperturismo y el talibanismo.

Lo que se aprecia, por el contrario, es la improvisación y el tanteo del interregno. Un vacío de poder que no saben bien cómo llenar mientras aguardan la noticia más esperada de la historia de Cuba. De ahí que hasta barajen la carta chavista del engendro confederativo, a la vez que se disponen a introducir por goteo algunas reformas limitadas, sin atreverse siquiera a darle luz verde a lo que algunos llaman la "chinestroika". Siempre muy tarde y muy poco. Y siempre manteniendo al pueblo en la miseria para seguir en el poder. Que es lo único que les importa.

El ex general se apoya en las opiniones de un solo miembro de la disidencia interna para hacer una generalización falaz y concluir que así piensan todos los disidentes y por extensión toda la isla de Cuba. Con esa arma acusa al exilio de convergencia con los duros del régimen. ¿No será eso una manifestación del mecanismo de defensa llamado proyección, que consiste en ver en los demás las faltas propias? Rafael Del Pino es quien demuestra una coincidencia plena con el continuismo cuando apuesta a la sucesión dinástica y descarta de plano la transición democrática. ¿Pensará conseguir de ese modo la rehabilitación del régimen y volver a ocupar un lugarcito en la cadena de mando raulista?

También puede verse el artículo de Rafael Del Pino, Troglos y talibanes, en La Nueva Cuba


 


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