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La suerte de tres cubanos en la España republicana
28-10-2007, Aguila, Nicolás

Dos escritores y un fraile atrapados en una guerra fratricida

“He tenido una idea maravillosa, me voy a España, a la revolución española”, escribía Pablo de la Torriente Brau en carta fechada el 6 de agosto de 1936. Y sin más, se embarcó con rumbo a la España republicana para “ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha... A contemplar incendios y fusilamientos. A estar junto al gran remolino silencioso de la muerte....”

Yo siempre guardé distancia con el izquierdismo de Pablo de la Torriente, pero confieso que su prosa ágil y amena me cautivaba hace cuarenta años. Cuando leí por primera vez sus crónicas epistolares sobre la Guerra Civil, no me produjeron el malestar que me causa actualmente el pasaje citado al inicio. El aventurerismo del cronista parece tragarse el mundo con su entusiasmo desbordante, para ceder un par de líneas después al culto a la muerte de la necrofilia revolucionaria.

Como tantos intelectuales de entonces (y de hoy), el escritor cubano de origen puertorriqueño tendía a relativizar los crímenes cometidos en nombre de la revolución y el socialismo. La coartada suena a regateo de mercadillo: es el precio a pagar por el avance del “proceso”. Con lo cual suelen racionalizar la violencia revolucionaria y las atrocidades del totalitarismo comunista. Sólo que justificar medios tan brutales con fines tan bastardos, se pasa de ingenuo. A estas alturas, es simplemente inmoral.

Pablo de la Torriente Brau va mucho más allá de la mera racionalización. No se queda en el plano intelectual del outsider que teoriza y justifica. Él se envuelve y se implica en la praxis del miliciano. De ahí que se regodee por anticipado en el espectáculo macabro de las ejecuciones sumarias, sin sentir el menor empacho al confesar que se iba a España a "contemplar incendios y fusilamientos" (los del bando rojo, huelga aclararlo, que son los que les resultan graciosos a los fanáticos de la dictadura del proletariado.)

No hay tampoco que condenar taxativamente al malogrado escritor, convertido en comisario de guerra y muerto en combate a los 35 años en las trincheras de Majadahonda. Pablo de la Torriente fue hijo de su tiempo. No rebasó la edad romántica, ni sobrevivió a la guerra para poder reflexionar sobre sus excesos. Se trata, más que nada, de insistir en la trampa de ese doble rasero que ha llevado a tantos intelectuales a apoyar el terror revolucionario. Hoy el del régimen castrista, como ayer el de aquella república sectaria de unos contra otros.

En el contexto de crispación de la España republicana, la radicalización al rojo se encaminaba directo a la sovietización del país. La sociedad se polarizaba cada vez más y el estado de derecho se diluía entre los tópicos de la lucha de clases. Las garantías procesales se desechaban como rezagos de la justica burguesa. Y al imperio de la ley le sucedían las arbitrariedades de los comisarios. No pocas veces bastaba con llevar un crucifijo o leer el diario ABC para terminar siendo acusado de fascista y ser fusilado sumariamente.

Exactamente el mismo día en que Pablo de la Torriente le ponía la fecha en Nueva York a la citada carta, arrestaban en Madrid a un compatriota suyo llamado José López Piteira. Un fraile agustino de veinticuatro años, cuyo único delito era querer ser cura. Cuatro meses después, el seminarista López Piteira era fusilado en Paracuellos del Jarama junto a otros cincuenta hermanos de su orden religiosa, luego de sufrir los tormentos de los interrogatorios en uno de aquellos centros de detención conocidos como checas.

Fray López Piteira no tuvo un poeta de la talla de Miguel Hernández que le dedicara una elegía. Pablo de la Torriente sí, además de ser honrado excesivamente como héroe de las Brigadas Internacionales (apenas una fachada multinacional para la intervención soviética, como bien se sabe hoy). Setenta años después, sin embargo, Piteira será elevado a los altares como el primer beato cubano. En una multitudinaria ceremonia en El Vaticano, este 28 de octubre la Iglesia Católica lo beatifica como mártir de la fe, junto a casi 500 religiosos víctimas del terror comunista desatado en Madrid entre noviembre y diciembre de 1936. La memoria histórica sería sectariamente selectiva si sólo se recordara a las víctimas del franquismo.

No se puede cohonestar el asesinato de un religioso por el hecho de que los curas fueran vistos entonces como enemigos de clase por los radicales de izquierda. Por otro lado, tampoco se requería ser católico o aristócrata para recibir uno de esos golpes de más que Lenin consideraba muy normales en el fragor de la contienda. Lino Novás Calvo, un hombre que no llevaba hábitos y se declaraba simpatizante del bando republicano, igualmente conoció en carne propia la tramitación exprés de la justicia roja.

Al destacado narrador cubano de origen gallego —traductor favorito de Ernest Hemingway, por más señas— de nada le valió ser partidario de la República y estar incorporado al Quinto Regimiento como oficial de enlace. Tras una ridícula acusación de propaganda enemiga en Madrid, durante una sesión del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, Novás Calvo fue detenido en el acto para una segura ejecución. Milagrosamente, logró librarse del fusilamiento después de una angustiosa espera. Se comprobó a última hora que el acusador parecía haberlo confundido con otro periodista.

Lino Novás quedó marcado para siempre por esa experiencia kafkiana. A lo cual se sumaban los demás horrores de un experimento político que condujo a una guerra civil que costó muchas vidas. Algunas tan prometedoras como la del propio Pablo de la Torriente; otras cortadas en flor, como la de López Piteira, el inocente seminarista asesinado por las huestes de Santiago Carrillo.

A Novás Calvo le tocó mejor suerte. Su drama no pasó del susto. Pudo escapar por un pelo de la sentencia de muerte que le esperaba como premio a su solidaridad internacionalista. Sin curarse nunca de espanto, vivió para rumiar su desengaño y ver repetirse en Cuba la pesadilla española en el baño de sangre de 1959. Diga lo que haya dicho el clásico gurú del socialismo “científico”, la historia también se repite como tragedia.


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