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¿Por qué siempre, morir?
27-08-2007, Miguel A. García Puñales

¿Por qué siempre, morir? ; ¡Patria y vida!

La Historia patria nos muestra muchas contradicciones al parecer inexplicables. Por ejemplo, ¡Qué pudo llevar a un hombre como José Martí, civilista convencido, analista profundo de la variada realidad de su tiempo y político práctico donde los hubiere, a demostrar valor personal, dejándose matar en Dos Ríos!

La valentía personal; ¡He ahí el autoengaño de la nacionalidad cubana!

La formación de nuestra nacionalidad, las tradiciones orales, los sistemas de enseñanza, dictadores de derecha o el súper dictador de izquierda, todo, ¡absolutamente todo! Expresión de una concepción machista y beligerante del ser social.

La violencia ha sido el emblema enarbolado a lo largo de nuestra ¿breve? Historia. Nuestro territorio colonizado a sangre y fuego por los conquistadores, fue testigo del exterminio de toda una población y su incipiente cultura. Ha sido testigo desde entonces de un proceso histórico, cuya máxima política es alcanzar las metas a como de lugar.

El sabio filósofo cubano Enrique José Varona, en una época tan temprana para los tiempos que corren como 1888, en un artículo referente a los orígenes del bandolerismo y su secuela de violencias en los campos de Cuba explicaba:

“...Lo presente es hijo de lo pasado... la psicología del cubano tiene que explicarse acudiendo a la historia del pueblo español... lo característico en esa historia es el largo predominio de la violencia... entre las naciones que constituyen verdaderamente la civilización europea, no hay ninguna donde haya durado más... la guerra civil es dolencia crónica del español en Europa y en América...”

Hace muy pocos días apareció publicado en la prensa la noticia sobre el cruento asesinato de cinco personas en una finca de Artemisa, en las proximidades de La Habana, al parecer por motivaciones comunes.

Apenas ocho años atrás, el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo, marcó la fecha de un crimen si se quiere aún más atroz, al parecer de motivaciones políticas.

La ocupación de las embajadas de Perú y Venezuela y su secuela de violencias cometidas durante los actos de repudio masivos en 1980, contra personas que participaron en estas ocupaciones o que simplemente querían huir del infierno por el puente marítimo abierto en el puerto del Mariel, -donde vecinos de toda una vida avasallaron violentamente a sus conciudadanos-, es a mi parecer una de las expresiones mayores de violencia de los últimos tiempos, descartando por supuesto, a las masas enfebrecidas que pedían a coro el paredón de fusilamiento en los primeros años de la Revolución.

En 1976, la explosión en pleno vuelo de una nave de Cubana de Aviación, repleta de jóvenes deportistas, consternó a todo el mundo civilizado, incluidos una buena parte de los opositores políticos del gobierno cubano. Crimen presuntamente de motivaciones políticas irracionales; fortaleció al que quería debilitar y dejó una huella luctuosa en la memoria popular.

Las series estadísticas de causas de muertes en Cuba demuestran que en el país fallecen cada año por homicidio y por suicidio casi tantas personas como por enfermedades crónicas. ¡Son actualmente la quinta y cuarta causa de muerte respectivamente! ¿Alguien conoce de una acción de expresión más violenta que el suicidio? Hechos que van contra natura, contra la propia ley de conservación de la especie.

Sin tener en cuenta los índices de vidas que no afloran por voluntad propia de quienes las engendraron ¿O no es algo violento que sean casi iguales los indicadores de nacimientos que los de aborto?. Fuera incluso de la perspectiva moral y ateniéndonos a estrictos criterios de salud demográfica, estos datos son de figuración kafkaiana.

¡Atroz verdad! Sin embargo, el largo camino que nos ha llevado a este punto, mucho tiene que ver con una concepción violenta y machista de la propia existencia nacional unido a la poca valoración de la vida.

La base misma de la formación de la nacionalidad cubana, tiene como fundamento un alto grado de violencia, veamos: Los cubanos de raza negra, asumen su condición nacional mediante un acto de violencia, el único que le garantizaría su libertad personal. Los patricios blancos, asumen las acciones violentas como un acto imprescindible para el mantenimiento de su clase en un nuevo contexto colonial; para ello se hacía imprescindible lograr la independencia. El resto de la sociedad, blancos y mestizos pobres, incorporan la violencia como una forma de alcanzar nuevas cotas, quizás de justicia social, en busca del bienestar; esta búsqueda también transita por el logro de la independencia.

Sin embargo; una vez alcanzada la meta de la nación independiente, todo queda a medias. La nación es independiente, pero tiene una enmienda a su constitución que genera relaciones de dependencia externa. Los antiguos esclavos son libres... para morirse de hambre, pues el logro de la libertad alcanzado poco antes de la última guerra, no significó ningún tipo de beneficio económico para una raza desclasada socialmente. Los blancos y mulatos pobres en poco mejoraron al menos en los primeros tiempos republicanos y de los patricios ni hablemos, de los que habían perdido sus propiedades en la guerra, en su mayoría jamás las recuperaron. Caldo de cultivo para continuar con la tendencia hacia la violencia social.

Ni siquiera la generación de riqueza en los años siguientes -y que desde la década de los años veinte hace de Cuba un país de continuo crecimiento de su PIB - merma la proyección violenta del cubano con relación a sus derechos sociales.

Pareciera que el precepto de “... la libertad se conquista con el filo del machete...” de nuestros próceres de la independencia fuera extensible hasta a las más pueriles disputas internas.

La sociedad se estructura cual sociedad civilista, pero la psicología social del cubano sigue en guerra. Disputas políticas, disputas sociales, hasta disputas familiares, todo con tendencia a una solución violenta, machista del problema.

“...Al combate corred Bayameses, que la Patria os contempla orgullosa, no temáis una muerte gloriosa, que morir por la Patria es vivir...”

Impresiona que nuestro bello himno nos llamara constantemente al supremo sacrificio; sin embargo eso que nos ha calado tan hondo, que hace del cubano un sentimiento, una etnia multirracial - puesto que no somos una raza, sino la suma de muchas – de carácter casi irracional que trastoca en oportunidades nuestra concepción del bien y del mal; es nuestra más querida esencia.

La década de los treinta fue a no dudarlo una etapa violenta, la clásica tendencia latinoamericana – y cubana – de eternizar a los gobernantes en el poder, sólo encuentra una vía de solución, la violencia.

La lucha contra Machado demostró dos cosas, primero que las instituciones de la Sociedad Civil eran débiles, segundo que la concepción violenta de los cambios sociales seguía primando en la psicología del cubano. A tal punto que los antiguos universitarios y asociados en la lucha violenta contra Machado, se vieron de pronto - a la caída del dictador -, sin otro objeto que seguir participando de la vida social con sus peculiares métodos de confrontación. Ese parece ser uno de los tantos orígenes del pandillerismo urbano y político que caracterizó la década de los cuarenta.

La continuidad de la violencia social se propicia con el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. Con una Sociedad Civil todavía débil y poco influyente en los destinos prácticos de la nación, la oposición violenta y el violento gobierno dictatorial hacen suya la ideología social cubana, la razón por la fuerza de las armas.

La lucha contra la dictadura de Batista genera altos cotos de violencia, por ambas partes; mucho se divulgaron en su momento los crímenes de la policía batistiana, menos, los actos de violencia y terrorismo de los opositores. La lucha urbana generó contrasentidos tales como la muerte de una joven de 18 años al manipular explosivos para poner una bomba en un cine. La iconografía oficial de la Revolución triunfante le convirtió en mártir, mientras que condenaba a largos años de prisión a opositores acusados de intentos de acciones similares. Tal parece que la diferencia entre un terrorista y un mártir está dada por el bando en que milite. Aunque una muerte inocente es un crimen, al margen de los bandos o de las supuestas bondades de la ideología que generó la bomba.

Un país que logró extirpar la pena de muerte de su código en fecha tan temprana como 1940, - justo cuando en los campos europeos comenzaba la mayor masacre que recuerdan los siglos -, retoma la cruel pena en la borrachera de la Revolución, populista y patriotera de 1959, convirtiendo la pena de muerte en un acto de ajuste de cuentas, primero, y en una forma de mantener el control político, durante todo el tiempo, después.

Los fusilamientos en La Cabaña, bajo el mando de Guevara, son según descripción de los testigos presénciales, la expresión de lo que aviene en llamarse “terror revolucionario”, si revisamos las propias anotaciones de Guevara en su diario de Bolivia, se encuentra su concepción teórica del terror en función de los intereses “revolucionarios”.

Por supuesto volvemos al mismo punto, ausencia de una potente Sociedad Civil, unido ahora al factor valor personal.

El que no “tiró tiros” no era en esencia un ciudadano de primera. Ir a la Sierra, participar en las acciones violentas de la lucha clandestina, poner bombas, matar policías – no importa que fueran oficinistas y que nada tuvieran que ver con los crímenes que se cometieron – todo, hasta el simple vandalismo popular contra las propiedades de aquellos que honradamente la habían sudado, era expresión de valentía personal. Esta supuesta virtud ausente en los que no participaron de los hechos, les obligaba ahora a iniciar una loca carrera para ponerse a la par de los que se podían vanagloriar de ello.

No importaba ser un campesino semi-analfabeto sin capacidad de dirección administrativa; por haber participado en la guerra y sobre todo ser fiel a la renovada teoría de la violencia revolucionaria, podía por ejemplo; administrar industrias o planes turísticos. No importaba que fuera un ¿médico? casi sin práctica profesional y con un fatal sentido de la administración y del cálculo, pudiera presidir el Banco Nacional o ser Ministro de Industrias.

Cuando los créditos sociales se miden por las supuestas pelotas que todos creemos llevar entre las piernas, estamos en presencia de una sociedad enferma, que acepta su entramado a partir de la ley de las cavernas. A todo tienen derecho los que esgrimen los derechos de conquistas. Desde sustituir a los técnicos en la toma de decisiones hasta hacer planes para ¡desecar la ciénaga de Zapata!, el principal humedal del Caribe. O querer clonar a Ubre Blanca; si hasta se hicieron planes ¡para desecar el mar sobre la plataforma insular entre Cuba y la Isla de Pinos!

Recuerdo que en las sesiones del Primer Congreso del Partido Comunista en diciembre de 1975, Fidel Castro elude las probables acusaciones internacionales de nepotismo al imponer a su hermano como Segundo Secretario; aludiendo ante una enfebrecida militancia, que ese derecho lo había ganado su hermano ¡al desarmar a uno de los soldados que les detuvieron en el asalto al palacio de justicia de Santiago de Cuba! Tal vez su argumento lo encontró en el Derecho Consuetudinario.

De esta forma podemos si quieren hacer la lista de numerosos delincuentes nacionales a los que les sabemos capaz de desarmar a varios oponentes si es necesario, o mejor aún, podemos poner de presidente de la nación al soldado con más muertos marcados en las cachas de sus armas.

Ese complejo nacional, convenientemente sazonado con extremismos ideológicos y presiones políticas, llevó a muchos cubanos a aceptar misiones internacionalistas en países de los que ni siquiera conocían la ubicación geográfica; sirviendo de carne de cañón a la geopolítica del momento en nombre de supuestos fines altruistas o a cambio de los derechos de compra de bisuterías al regreso de la misión. La conveniente propaganda de endiosamiento de la figura del Che Guevara, dentro de un espectro nacional propicio, llevó también a muchos cubanos a aceptar su participación en contiendas de las que regresaron –los que tuvieron esa suerte- marcados psicológicamente, cuando no enfermos de terribles enfermedades exóticas o mutilados física y espiritualmente. Sería prolijo enumerar las familias rotas, los huérfanos, viudas y las madres que perdieron a sus hijos.

La propaganda durante años, la formación militar de la población, el materialismo impuesto y las faltas de perspectivas, llevan al pueblo cubano a dar poca importancia a la vida. Igual se le arriesga intentando llegar a las costas americanas atravesando un mar infectado de tiburones, en trifulcas por las cosas más nimias, sometiéndose una y otra vez a técnicas abortivas, o en el tren de aterrizaje de un avión para llegar -si acaso- a no se sabe qué país.

En última instancia si todo va muy mal y la depresión nos agobia siempre queda el escape del suicidio o revivir las peores páginas del bandolerismo rural, asesinando a familias enteras.

La Patria no es eso. Es el lugar donde podamos formar nuestra familia y trabajar por prosperar. Debe ser donde la muerte se considere la consecuencia inevitable de un proceso natural y donde las políticas y las ideologías estén al margen del proceso vital de su población; el lugar donde el individuo se esfuerce por la búsqueda de su felicidad, necesariamente con una Sociedad Civil que proteja sus derechos y donde se admiren más los hechos de un padre de familia que los de un león en combates de ¿victorias? pírricas.

Se requiere mucho más valor para fundar una familia y llevarla adelante que para participar en batallas, si no lo creen, hurguen en las vidas familiares de tantos “héroes” que hoy día dirigen los destinos de la nación, muchos ni siquiera tendrán a su lado a los hijos para cerrarle los ojos a la hora de la muerte.

Por qué debemos mirar nuestro destino pensando en la gloria, si nuestro propio Martí expresó que “... toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz...”, aunque Pablo Milanés se desgañite cantándole a la gloria que se ha vivido, por supuesto de los que hayan vivido en la gloria que proporciona para algunos la “Revolución”.

Cuando un pueblo identifique en la vida cotidiana y el desarrollo natural de la persona, el origen y fin mismo de su existencia; estará en condiciones de pensar más en la vida que en la muerte, mirar sus propios problemas y no querer hacer de todos los problemas del mundo el suyo propio, si no; imaginemos lo que dirían aquellos que cayeron en Etiopía defendiendo al gobierno de Mengistu Haile Marian, si hoy pudieran levantar la cabeza.

Es necesario tener Patria, pero no la que dibujen los políticos a su voluntad; La que nos acoge a todos, nadie es dueño de la Patria, como dijeron los civilistas, “La Patria es de todos” y queremos Patria con vida, la Patria con muertos solo sirve a los que han sabido vivir de ella.


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