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LA JERGA POSTIZA DE LOS POSMODERNOS
27-08-2007, Aguila, Nicolás

Por su jerga los conoceréis. Los teóricos posmodernos sienten aversión por el lenguaje común y te atiborran de términos metacognitivos aunque no vengan al caso. No importa que escriban para una publicación no especializada o que hablen en una reunión de amigos. Con ellos no hay arreglo. Confunden lo informal con lo solemne, el artículo con el paper, la tertulia con la cátedra y la charla con el teque. Se van con la de trapo.

Los preciosos ridículos –que en todas las épocas han creído ver en la pedantería un toque de distinción intelectual– de un tiempo acá han encontrado su caldo de cultivo en la nueva latiniparla posmoderna. Y han puesto de moda una nueva manía de complicarnos gratuitamente lo fácil y sencillo haciendo gala de un empaque terminológico en contextos donde no cabe. Y todo por la falsa creencia de que se es más teórico sólo con llenar de burbujas palabreras el vacío conceptual de un galimatías pretencioso.

Los posmodernos se toman tan en serio que ni siquiera usan los verbos "hablar" o "escribir" como cualquier mortal. Lo de ellos es "articular discursos". Tampoco leen del modo que se hacía en tiempos modernos y premodernos. Nada de eso. Lo que hacen es "aplicar estrategias para descodificar el mensaje del sujeto emisor". Y así se lanzan de lleno a la deconstrucción, directo a buscar las aporías y sacarle punta a la contradicción inevitable donde el texto derrapa y se clava el puñal de su propio discurso.

Los lectores posmodernos son tan agudos que, más que la propia lectura, lo que les priva es fijarse en los contextos, hallar los vasos comunicantes del intertexto y llegar al meollo del subtexto, que es lo que subyace al texto mismo y donde discurre la corriente subterránea de los palimpsestos. Una palabreja que por cierto les encanta, igual que eso de los sujetos, los códigos, las estrategias y las aporías.

Pero el empleo abusivo de la terminología analítica sólo conduce a su trivialización, cuando no al uso impropio y equivocado. Por ahí ya se ven los esnobistas de siempre banalizando el concepto de deconstrucción como si fuera sinónimo de "destrucción". Y algunos, por ejemplo, andan muy compungidos porque ven "deconstruir" sin miramientos el hábitat del oso hormiguero. Cosas veredes, miocardio, que te darán taquicardia.

Si ves a un posmoderno hablando de su última experiencia con la lectura de un ladrillo decimonónico, no te pierdas su apasionado comentario: "He emprendido, en tanto que sujeto receptor y desde la perspectiva dialógica del juego interactivo, la descodificación deconstructiva del subtexto homoerótico subyacente al discurso sociopolítico en los escritos sobre el cólera morbo de Tomás Romay, cuyos medulares trabajos siempre revisito…..." (Y ya con falta de aire, hace entonces una pausa digresiva nuestro amigo el posmoderno interactivo que, de más está aclararlo, nunca relee sino revisita. La relectura, lo mismo que la reescritura, es una cosa distinta y diferente en términos de la posmodernidad.) Y a continuación te ametralla con una enumeración caótica que va desde los laberintos borgeanos hasta el círculo hermenéutico, pasando por la carnavalización, el pastiche, el imaginario, lo paródico, el principio de incertidumbre y la teoría cuántica en versión aristotelizada. Siempre, por descontado, dentro del caos creativo de la cultura light y con más rollo que película.

El post-moderno (que a veces escribe la palabra así, a la premoderna, con te y guión) suele ser un postestrucutralista que nunca llegó a transitar por el estructuralismo. Y no pocas veces, un hegeliano vergonzante con pinta “neo” que ha adaptado su discurso en sí al reciclaje para sí. Un sujeto que siempre tiene en la boca a Foucalt, Derridas, Jung y otros santos tutelares del panteón post, aunque realmente no les haya dedicado muchas horas de estudio.

Los posties, como algunos críticos les dicen en inglés no muy cariñosamente, sienten también una atracción fatal por los infinitivos en función nominal. El ser y el pensar, o el decir y el hacer, simplemente los descocan. Aunque, como representan oposiciones binarias muy obviamente ligadas a la modernidad, los combinan–digamos– con la noción de otredad o de diversidad. Y tenemos entonces "los decires otros" o "los haceres multiculturales", lo cual suena más en la cuerda posmoderna. Y todo nuevo bajo el sol.

El posmoderno, aparte de pasarse la vida descodificando y deconstruyendo textos, alucina con la visión fragmentaria del mundo, con la ruptura de la coherencia textual y con la quiebra de la concepción sistémica. Reniega del binarismo estructuralista y le da una patada a la dialéctica. Al diablo con los metarrelatos y a celebrar hasta la borrachera postútopica la crisis de los paradigmas, el fin de las ideologías y el happy ending de la historia.Y así vive (in)feliz como sujeto/objeto (a)histórico, con su (de)formación teórica y con la visión propia y la visión otra en esta aldea global que sigue siendo un valle de lágrimas. (Hay que ver cómo le fascinan las construcciones antitéticas y los prefijos entre paréntesis para sugerir audaces connotaciones aleatorias.)

Pero a la hora del juicio final, ¿quién que es no es un poco posmoderno y no se ha dado sus buenos atracones metalingüísticos? A muchos les pasará lo que al burgués gentilhombre le pasaba con la prosa, que sin darse cuenta han venido hablando en posmoderno durante tiempo usando algunos de sus términos o presupuestos.

La historia, en este caso, se repite no sólo como farsa sino también como epidemia. Creo que, hoy por hoy, deben ser muy pocos los que se hayan librado del contagio de la posmodernidad, empezando por los abanderados de la neo-ensayística cursilona, tan dados a la profusión de citas irrelevantes y a las trivialidades de relumbrón presentadas como hallazgos teóricos, pero siempre cosechando más paja que trigo.

Yo tuve la (des)dicha de que me advirtieran a tiempo: "Posmodernízate, que estás fuera de onda". Lo agradecí, aunque no me lo tomé demasiado en serio. Me puse a revisar el "estado del arte" y sufrí un déjà vu con el efecto caja china y la reduplicación especular. Ya iba a exclamar ¡eureka!, pero me salió "Aurika" —esa prehistórica lavadora que traquetea como una concretara y luego te rompe los botones.

Lo pre-posmoderno, ¡cógeme ese toro pinto!, es como el guajiro que uno lleva adentro. Que al menor descuido se te sale y aparece por defecto en la pantalla.


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