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Sones para presos
27-08-2007, Raul Rivero

Es un ejercicio de crueldad proponerle un verso a quien necesita medicina y una canción a un hombre que sueña con un pan.


La Asamblea Nacional del Poder Popular inauguró en América la era digital. Desde su primera elección, todo el proceso de selección de los candidatos y las elecciones se realizaron al ritmo de las fluctuaciones del dedo índice de la mano derecha de Fidel Castro. Ese método revolucionario salva a la sociedad de las crispaciones, debates y reconcomios de unas elecciones libres, y permite que un diputado como el escritor Alejo Carpentier, residente en París, representara a la población de Guanabacoa, reservorio natural de los fundamentos de las religiones afrocubanas.

Todo eso, a pesar de que los últimos negros que viera de cerca el autor de Viaje a la semilla fueran los caleseros de los grabados de Víctor Patricio Landaluce. Pues bien, ahora el "Parlamento" ha aprobado una propuesta del diputado Silvio Rodríguez para llevar manifestaciones artísticas a la población penal. Él mismo está dispuesto a presentarse con su guitarra ante los condenados: unos 80.000 por delitos comunes y 250 por no compartir las ideas políticas de los parlamentarios. Por cierto, las mismas personas que integran el gobierno nacional y administran los casi 300 centros penitenciarios del país.

El problema es que los presos políticos son inocentes y están encerrados con condenas de hasta 28 años en juicios teatrales y de quincalla. Otro asunto es que muchos están enfermos (cirrosis, tuberculosis, trastornos cardíacos) y no reciben la alimentación ni la atención médica requerida. Se les prohíbe la entrada de medicinas. Viven en parcelas del infierno, acosados por piojos, mosquitos, roedores y cucarachas. Y son sometidos a tratos degradantes que incluyen linchamientos verbales y palizas.

Así están también los presos comunes. En ese sector predominan las penas por actividades delictivas económicas. Desde hurto y sacrificio de vacas y caballos, hasta asaltos a cafeterías y bodegas, robos de frutas y viandas en las granjas estatales, y otras fechorías derivadas de la pobreza y la ineficacia de un sistema que ofrece un salario promedio de 10 euros al mes. Con ese panorama no parece acertado comenzar a preparar brigadas de sonetistas, grupos folklóricos, combos, trabucos, ventú y charangas para ir a trabajar a los patios de las prisiones.

Que no inicie el Ballet Nacional los ensayos de Avanzada, ni la Sinfónica desempolve las contradanzas de Cervantes, ese es el repertorio que los funcionarios creen que el pueblo puede asimilar. Y los presos son gente también de esa sustancia. Es un ejercicio de crueldad proponerle un verso a quien necesita medicina y una canción a un hombre que sueña con un pan. Es ofensivo tratar de darle un somnífero de arte controlado a los presos políticos.

Ellos están detrás de las rejas porque creen en la libertad.


* Publicado en el diario español El Mundo.


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