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CASTRO: VOCACION AL HOLOCAUSTO
15-07-2007, Pedro Corzo

Es evidente que la dictadura cubana se nutre de las crisis, al extremo de que es capaz de provocarlas. El régimen no soporta una gráfica plana, sin accidentes.

Para las autoridades cubanas es vital sostener una acción protagónica en el ejercicio del gobierno, la irregularidad, el acontecer que interrumpa la rutina para así evitar un acomodamiento o anquilosamiento de los factores que sostienen la estructura de mando.

Cuando ocurren las crisis, una breve revisión histórica nos muestra que son periódicas, la dictadura procura culpar a terceros por el acontecimiento. La responsabilidad es ajena, nunca propia, es y así lo afirman, una “conjura” que afecta no solo aL gobierno sino que pone en peligro a la nación en su conjunto.

Si nos remontamos en el tiempo y sin pretender ser exhaustivos, podemos apreciar que desde el mismo año 1959 el régimen provee al mundo, con puntualidad, conflictos internacionales que tienen mas de un interlocutor aunque el preferido sea por lo regular Estados Unidos.

El gobierno de la isla, ha confrontado con Venezuela, Colombia, España, El Salvador, Sudáfrica, China, y muchos países más, y en cada conflicto el régimen es la víctima y en cada crisis se reabastece ideológica y políticamente para conservar el poder, ya que ese es su único objetivo.

En el año del triunfo de la insurrección el poder revolucionario intentó subvertir cuatro países del hemisferio, incluyendo Panamá, república sensible a los intereses de EEUU.

Desde los primeros meses de 1959 se vincula a la Unión Soviética, llegando a instalar cohetes con capacidad nuclear en la isla en 1962. Recordemos que en ese año el máximo líder le pidió a Nikita Jruschov que usara el poder nuclear soviético si su gobierno era atacado por Estados Unidos.

Entre los años 60 a los 80 sostiene la subversión en toda América Latina. En los 60 también incursiona en África, aunque fue en los 70 que las fuerzas regulares intervienen en los conflictos del continente convirtiéndose el ejército de la isla en una fuerza mercenaria de Moscú. No podemos pasar por alto que en estos años, entre otras operaciones imperialistas, incursiona en el Medio Oriente, apoyando a los sirios, respalda al gobierno de Yemen del Norte y envía esbirros a Viet Nam para que torturen a prisioneros de guerra estadounidenses.

En 1980 monta el espectáculo del Mariel, reeditando un show similar, aunque de mayores dimensiones, al Camarioca de los 60. Mas tarde impulsa la denominada crisis de los Balseros, 1994, agudizando la situación con el derribo de los aviones de Hermanos al Rescate para neutralizar el intento opositor de Concilio Cubano y así una vez mas “meter” en un asunto cubano a Estados Unidos.

La creación de estas crisis tiene sin lugar a dudas varios objetivos:

Galvanizar a los que integran el gobierno vinculándolos a un espíritu de sobrevivencia que haga conciencia de un destino común. Otro objetivo es la intimidación, desestabilización y destrucción del sector de la oposición que en un momento determinado le perjudique, (al régimen le conviene que exista oposición para sostener su política de estado de sitio, no olvidemos 1984,) y por encima de los objetivos descritos está el proyectar el conflicto nacional en el debate y diferendo que el régimen sostiene con Estados Unidos porque así de nuevo inserta sus crisis domésticas en el plano internacional.

El poder castrista que al parecer tiene un concepto divino de la autoridad, no admite que ésta le sea disputada por sus gobernados, por lo que siempre asocia a sus enemigos y adversarios a fuerzas ajenas al templo nacional.

Es prudente considerar que al parecer, y paradójicamente, el gobierno cubano estima que Estados Unidos es un enemigo más vulnerable y fácil de manejar que aquellos que le puedan contrariar en la estructura de su propio poder o en la población. La nomenclatura sabe que Washington se rige por leyes, que está sometido al dictamen de la opinión pública nacional e internacional y que la relación de fuerza es tan desproporcionada que de actuar decisivamente la Casa Blanca en su contra, los haría a ellos, al régimen, en términos históricos, los verdaderos vencedores.

En la memoria histórica de la dictadura están presentes los éxitos de Bahía de Cochinos y de la Crisis de Octubre y ahí es donde puede radicar su confianza de que el juego con Washington, aunque no es fácil, e implica riesgos, debe rendirle buenos dividendos.

No ignoran que la convicción de respetar los santuarios, los reductos ideológicos, tiene defensores hasta en los que rechazan el dogma. Están conscientes de que muchos tienen la convicción, particularmente en Hispano América, de que Cuba representa la clásica imagen de David contra Goliat, y que gracias a eso pueden canalizar a su favor la frustración y desencanto que han provocado los errores del Potomac y como colofón han logrado enraizar la errónea idea en sectores nacionales e internacionales de que el destino de la Nación Cubana está vinculado a la existencia de Fidel y la Revolución.

La naturaleza agresiva de la dictadura la impele a la actuación. Su vocación imperial y hegemónica encuentra satisfacción cuando es el centro de un debate. El régimen en su condición mesiánica se considera heredero de un legado histórico; defensor único de los intereses de los más desposeídos.

Pero también es fatalista, numantino, el todo o nada es el centro de su filosofía. Rinde culto a la muerte, a la tragedia y es por eso que el Faraón insular y sus dignatarios son propensos al holocausto, si no al de los hechos por lo menos al de las palabras. No obstante es válida la pregunta de que si cuando este cerca el fin de la dinastía, un delfín cualquiera, con los juguetes de guerra que disponga, no será capaz de iniciar una pira funeraria de proporciones catastróficas.


Julio/2007


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