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Perdones tardíos
14-07-2007, Raul Rivero

Cantaba en un club nocturno de La Habana. En los años 60, Armando Eloy fue, por un tiempo, el artista de relleno de El Escondite, un matadero que quería ser elegante y cerraba cuando se iba el último borracho y el sol estaba ya emboscado en la esquina.

Un hombre realizado. Sin mucha voz, pero afinado. Sensible, afable, discreto. Las cejas demasiado bien dibujadas para los patrones machistas de la época. Un maquillaje que sobrepasaba las exigencias de la actuación. Unos camisones florales que se cosía él mismo en el taller de Manolón, el sastre. Su mejor amigo, su pasión, su amor, la vida entera como dice la letra de ese bolero del viejo Ulloa.

Vivía la delicia de su vidita mediocre. Le gustaba su trabajo y creía que nadie cantaba mejor que él Arriverderci, Roma, Only you y Adiós, felicidad. Siempre en clave y bien medido, con buena dicción, aunque estuviera mas allá del quinto cubalibre.

Esperaba que, una noche, en plena actuación, llegara un empresario ambicioso y alerta a ofrecerle un contrato. A proponerle trabajar en un disco y comenzar de una vez la parte final de su camino hacia un sitio que en ese tiempo todavía se llamaba la gloria.

Armando Eloy en lo suyo. La música y sus amores. Era, ha sido siempre y seguirá siendo un hombre apolítico. Por eso, no quiso nunca inscribirse en las milicias, ni en los Comités de Defensa de la Revolución. Por eso, no iba a las grandes concentraciones de apoyo al socialismo. Ni en contra ni a favor. Un artista. Nada más que un artista.

El tipo trajeado que debía proponerle la fama y el dinero no llegó. El que llegó una noche al camerino célibe y con olor a colonia Tres Flores fue el administrador del club. Le dijo que ésa había sido su última actuación. No existía espacio en la nueva sociedad para los indiferentes y los desviados sexuales. Y él, Armando Eloy, estaba en los dos bandos.
Sin trabajo, como ayudante de Manolón en la sastrería instalada en un cuarto de un solar de Centro Habana, Armando Eloy integró a empujones la vanguardia de reclutas llevados a la fuerza a la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción).

Dio el primer rebote en un campamento cerca de un ingenio azucarero llamado Violeta, en la provincia de Camagüey, a más de 400 kilómetros de la pista del cabaret. Allí, de completo uniforme, las manos llagadas, rodeado de cercas de alambre y guardias armados, se pasó nueve meses. En los surcos de caña y en las espinas de los marabuzales dejó enterrado al artista.

Cuando lo liberaron, un viejo amigo de la gastronomía le consiguió trabajo de cajero en un restaurante más o menos chino llamado El Dragón de San José. Con la voz ya cuarteada por el aguardiente y el tabaco negro, metido con tenazas en una chaqueta de lamé azul pastel, Armando Eloy cantaba a cappella algunos sábados para sus amigos y para su sastre que trataba de pararse a aplaudir cuando el artista miraba al infinito y le decía al puño sin micrófono: adioooos felicidaaaaa, casi no te no te conociiiiií.
En el mismo cuarto del solar esperó la jubilación y le dijo adiós a Manolón, que amaneció muerto el segundo domingo de diciembre de 1998.

Armando Eloy ya no canta. Jura que se le han olvidado todas las letras de las canciones y que, en vez de música, lo que tiene en la cabeza es una confusión, una bulla muy grande que no le deja dormir. Se consuela un poco cuando escribe unos párrafos largos en una prosa plana con una ortografía donde reina la b de burro y no se han presentado nunca los signos de puntuación.

Duerme en una colombina con patas de hierro y bastidor de alambre. Sobre la cabeza tiene, al lado del resguardo, una foto de él y Manolón en el Prado. Junto a los santos y la virgen de la Caridad del Cobre, el cartel que lo anunciaba en 1964 en el club El Escondite: "Armando Eloy. La revelación del año". Todo en letras mayúsculas.

Asegura que tiene una vejez perra y que por eso le acompaña ahora un perro sato y medio ciego que se llama Trompo. Lo que él le dice en las cartas a su sobrino -un tipo medio amargado que vive exiliado en Santo Domingo- es que no entiende por qué le hicieron eso. Por qué ahora dicen que no ha pasado nada y que nunca persiguieron a nadie. Qué ganaron los del Gobierno con matarlo en vida. Qué falta le hacía al socialismo que Armando Eloy dejara de cantar y de ser feliz.

*Diseminado por Cubanet, publicado originalmente en El Mundo, España, 1 de julio de 2007.

 


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