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Dos retrocesos en política exterior argentina
27-07-2006, Andres Cisneros
Aunque todavía no nos hemos re-afiliado al Movimiento de No Alineados ni estamos otra vez exportando misiles a Medio Oriente y ya dejamos de venderle tecnología nuclear ilegalmente a Irán, y no volvimos a ser el quinto país del mundo que más votaba en oposición a Estados Unidos en Naciones Unidas, hoy en día tenemos algunos indicios de retrocesos verificables en nuestra política exterior. Claramente estamos avanzando en la misma dirección a como nos comportábamos en el pasado, especialmente durante los gobiernos militares, cuando nos peleábamos con los vecinos y pasamos a votar respecto de Cuba de la misma manera que Fidel Castro votaba protegiendo a Pinochet y Videla cuando los derechos humanos que se violaban eran los nuestros.
Dos de esos indicios son, por un lado, el regreso a políticas si no aún de hostilidad, sí de crecientes conflictos con los vecinos. Y por el otro, una clara tendencia al juridicismo, característica propia de los estados que, al encontrarse impotentes para cambiar la realidad, optan por actitudes meramente principistas, donde lo que importa más es tener razón antes que solucionar los problemas.
Los conflictos con los vecinos no pasan simplemente por una cuestión de temperamento personal de los gobernantes o por eventuales exabruptos protocolares sino por una entera forma de hacer política y, por lo tanto, de definir cómo nos vamos a relacionar entre nosotros y cómo nuestros gobernantes van a relacionarse con el mundo.
Desde hace tres años nos encontramos en el período más bajo de entendimiento con nuestros vecinos, con la emergencia de conflictos como el del gas con Chile o las pasteras con Uruguay en que no se percibe la aplicación de mecanismos de diálogo y negociaciones que caracteriza a las políticas de cooperación.
El MERCOSUR atraviesa por un momento difícil. Hoy por hoy, nos limitamos a discutir únicamente cómo podríamos, al menos, conservar el MERCOSUR.
En suma, la historia demuestra que nuestra región prosperó como tal en aquellos períodos en que se fortalecieron las políticas cooperativas, no las confrontativas. Y que, de nuevo, nos encontramos viviendo en el período de políticas más abiertamente confrontativas con la región desde que recuperamos la democracia.
De hecho, no son pocos los observadores que señalan un creciente abandono de nuestro eje tradicional Chile-Argentina-Brasil, después devenido en Mercosur más Chile, para pasar a un alineamiento novedoso con Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro, tres gobernantes que, precisamente, exhiben una tendencia al conflicto marcadamente mayor que las de Bachelet, Lula o Tabaré Vázquez. Esa es la dirección en la que nosotros vamos.

El otro indicio de nuestro retroceso en política exterior es el del juridicismo, entendido como una reducción de los problemas a sus aspectos legales, de derecho, con abstracción o minusvaloración de todo otro dato o elemento de la realidad, prácticamente identificando hasta confundirlos, a la política exterior con el derecho internacional.
Todos conocemos a una o más personas que pasan por la vida dedicándose a tener razón. Por lo general no solucionan ningún problema, pero eso si, en todos los casos se enorgullecen de haber tenido razón.
Con los países puede pasar lo mismo: ante la impotencia de poder cambiar los datos de la realidad, emigran a posiciones meramente principistas, confortablemente refugiados en el mundo del derecho y conformándose simplemente con tener razón, mientras más se desentienden de la realidad.
Malvinas es un caso dramático de juridicismo en que, desgraciadamente, nuestros justísimos reclamos basados en el derecho han demostrado ser sumamente útiles y necesarios pero, también, notoriamente insuficientes: hace medio siglo que existen las Naciones Unidas, peregrinamos allí todos los años y no hemos conseguido que nos devuelvan las islas. Y si alguien intenta hacer algo más, entablar negociaciones directas con Gran Bretaña, tratar de modificar esa realidad en beneficio de nuestros intereses, es casi seguro que termina acusado de traición a la Patria.
El retorno al juridicismo no se agota en el tratamiento de Malvinas. Cuando tenemos un diferendo nada menos con el Uruguay y terminamos clausurando todo diálogo para llevar el caso ante el tribunal de La Haya estamos, otra vez, confesando nuestra impotencia para administrar los conflictos en dirección a un acuerdo superador del problema. Y corremos a refugiarnos en algún Tribunal en procura de que alguien nos termine dando la razón, aunque eso no impida que las pasteras se construyan igual.


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