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Los antibatistianos retrospectivos
21-04-2007, Aguila, Nicolás

Fulgencio Batista huyó de Cuba hace casi medio siglo, pero todavía algunos no se han enterado de la noticia. Y no lo derrocó Fidel Castro solo, disparando con su fusil de mira telescópica desde la loma recóndita donde plantó su comandancia. Al 'negro' lo tumbó todo un pueblo, incluyendo a los niños que cantábamos inocentemente aquella conga racista: "Batista no tiene madre porque lo parió una mona."

Tal parece que a Batista lo odiaban más por mestizo que por dictador. Que se vaya el negro, decían los mayores. Y lo repetían los estudiantes que lanzaban botellas en la calle sin que nadie los delatara. Cosas de muchachos revoltosos, se lamentaba y hacía la vista gorda un policía muy querido en mi barrio. Y el pago que le dio la revolución triunfante fue imponerle una pena de diez años de cárcel. Todavía se preguntan por qué todos los que lo conocían.

Con la misma facilidad que encarcelaron y ejecutaron sin pruebas a cientos de batistianos, todos supuestamente esbirros, luego fusilarían y enviarían a prisión a muchos de aquellos mismos jóvenes revolucionarios. Por un simple delito de opinión, hubo muchos que tuvieron que cumplir más años de cárcel que los hermanos Castro por haber atacado una fortaleza militar provocando decenas de muertos y heridos.

De ahí que, cuando Zoé Valdés afirma que “Batista es un niño de teta al lado de Castro”, lo que quiere decir es que el régimen del 10 de Marzo no pasó de ser una dictablanda en comparación con lo que vino después. Lejos de intentar la angelización de Batista, la frase vale como reacción desmitificadora contra el viejo truco de escudarse en una tiranía anterior para justificar otra más larga e implacable que, por añadidura, es la que estamos padeciendo.

Parece elemental, pero no son pocos los que todavía no entienden la diferencia abismal entre un gobierno autoritario y un régimen totalitario. Los mecanismos represivos del totalitarismo llegan a un nivel de perfeccionamiento tal que resultan muy difíciles de apreciar para quien no los haya vivido o sufrido en carne propia. Lo que caracteriza al totalitarismo no es tanto la brutalidad policial como el terror que inspira la policía política, omnipresente y todopoderosa. Con el castrismo, la represión batistiana devino supresión total del individuo en aras del Estado —una entelequia que en Cuba tiene dos nombres, pero un solo apellido.

En términos absolutos no admitiría ninguna apología posible un gobierno autoritario que asaltó las instituciones democráticas. Pero en términos relativos cabe una revalorización positiva del batistato, entendido como época, si se traza un paralelo entre lo que sin duda fue un periodo floreciente (a pesar de Batista) y la destrucción total del país durante la era castrista. Frente al todo con partes disfuncionales, ni de lejos resiste la comparación esa nada total del todo totalitario que ya dura cinco décadas. El castrismo, además de haberse cargado todas las instituciones de la república, ha puesto en peligro la esencia misma de la nación cubana.

Sorprende por eso que haya figuras de relieve internacional, secundadas por algunas voces cubanas de la diáspora, que se sientan aterradas por el posible retorno a la escena política del espectro de Batista, seguido de un séquito de mafiosos y truhanes dispuestos a reabrir los célebres casinos de los años 50. Se trata de personajes tan poco coherentes que desde la comodidad del capitalismo aconsejan a los cubanos mantener en conserva las ruinosas reliquias del comunismo —eso que la propaganda izquierdista sigue llamando ‘conquistas revolucionarias’.

No se conoce, de entrada, ninguna organización del exilio o de la oposición interna que pretenda desmantelar los sistemas de salud y educación pública, ni demoler las deterioradas instalaciones escolares y hospitalarias. De esa orgía de destrucción no hay antecedentes históricos en la Isla, ni siquiera durante el caos que siguió a la caída de Machado en 1933. A nadie entonces se le ocurrió ir a dinamitar el Capitolio y demás obras públicas erigidas por el dictador en fuga, si bien es verdad que se desató una ola de saqueos y linchamientos que aún rondan el imaginario del pueblo cubano. Ése, por cierto, pudiera ser el precio a pagar por la prolongación excesiva del castrismo más allá de la muerte del patriarca, al parecer aún postrado en su lecho de enfermo crónico.

Da la impresión de que no es muy casual, en la actual coyuntura, el florecimiento de esa extraña corriente ‘neoantibatistiana’. “No volváis a aquel pasado batistiano del capitalismo oprobioso, queridos camaradas cubanos”, nos advierten desde diversos medios los antibatistianos retrospectivos, cuando en realidad lo que nos piden es no volver a la democracia y pare de contar. ¿Por qué nos advierten con tanto afán que no volvamos a ese pasado, pero al mismo tiempo justifican la perpetuación de un régimen decrépito con base en las supuestas conquistas de hace más de 40 años?

El castrismo es el único pasado que han conocido tres generaciones de cubanos, nacidos o criados bajo ese sistema. Y lo que Cuba quiere no es un regreso al pasado anterior a este largo pasado en que está enquistado su presente. La inmensa mayoría de los cubanos quiere —queremos— salir definitivamente de esa obsoleta conjugación de pretérito indefinido y futuro hipotético con que han postergado nuestros mejores sueños.

Aparte de la imposibilidad del regreso al pasado, se requiere haber perdido todo contacto con la realidad para suponer que exista cualquier plan para restaurar una dictadura depuesta hace casi cincuenta años. Por obvia que parezca la observación, no está de más aclarar que quienes se rebelaron contra Batista no pretendían retroceder cinco lustros para reponer la dictadura de Gerardo Machado. Ni los que lucharon contra el machadato en 1933 lo hacían para volver a la colonia de fines del siglo XIX.

En esa misma línea, la oposición a la dinastía de los Castro no aspira a retrogradar en la historia. El objetivo es dejar atrás el pasado imperfecto que los dos hermanos representan, acceder por fin al presente y poder vivir de cara al futuro.


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