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Cuba y su Realidad Social 27-03-2017

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Habla fotógrafo neoyorkino arrestado en Beijing

Por Tim McDevitt*

Cubamatinal/ Cuando Jeffrey Rae, fotógrafo de 28 años residente en Nueva York, fue contactado por Estudiantes por un Tibet Libre (ETL) para ir a China durante las Olimpiadas y documentar una serie de protestas que estaban planeando, él aceptó. No se imaginó que iba a tener contacto directo con la intolerancia que las fuerzas de seguridad de China tienen hacia las protestas.

ETL planeaba una serie de protestas durante las Olimpiadas de Beijing y quería asegurarse de que fueran documentadas y que la prensa las pudiera difundir fuera de

Rae estudió fotoperiodismo en el Instituto de Tecnología Rochester. Anteriormente había viajado a México con su colega documentalista Brian Conley luego de que se supo que un amigo en común, también documentalista, había sido asesinado por la policía local.

Rae aceptó ir a China a pesar de no haberse involucrado anteriormente en actividades pro-Tibet. “A decir verdad, no sabía mucho sobre el Tibet”, admitió Rae. Pero aceptó ir, dice, “Principalmente porque me preocupa mucho la libertad de prensa, y según lo que me dijeron, nadie iba a cubrirlos porque era muy peligroso”.

“Yo sabía que ellos se estaban arriesgando al hacer eso, y era importante registrarlo”, explica.

Hacia China


Con pasajes de avión comprados por ETL, Rae y Conley partieron hacia China el 9 de agosto. Iban a ser contactados por teléfono al llegar a Beijing. Rae recibió un llamado ya en China informándole que el 13 de agosto se iba a realizar una protesta en el Parque de las Minorías Étnicas de Beijing.

En el parque, un grupo de unos seis occidentales pro-Tibet desplegaron una bandera de “Free Tibet” (Tibet Libre) desde un edificio en el parque y luego engancharon todas sus bicicletas juntas en la entrada del parque. Con remeras de “Free Tibet” gritaron “Tibet libre” mientras sostenían una bandera que decía “Los tibetanos están muriendo por la libertad”. Rae pudo tomar fotografías sin interrupción. Luego subió las fotos a Internet para que ETL pudiera bajarlas.

Junto con Conley pasaron unos días como turistas en Beijing. Luego Rae recibió otra llamada para reunirse en CCTV (la cadena de TV del régimen chino) para otra protesta planeada. Iba a llegar a las 5:45 de la mañana de ese día pero llegó unos 15 minutos antes y pensó que sería sospechoso ver a un occidental solo en la calle a esa hora de la mañana.

Así que Rae decidió dar vuelta a la manzana. Cuenta que un vehículo policial lo siguió a paso de hombre por “unos 40 metros” y, consecuentemente, se perdió la protesta. Era otra bandera pro-Tibet desplegada desde el edificio de CCTV.

El 18 de agosto, Rae recibió instrucciones para reunirse en el “Bar de paso”, un restaurante en el distrito Dongcheng de Beijing. En el restaurante, dice Rae, “unas personas iban y venían, algunas hablaban de lo que iban a hacer”. Todos los manifestantes eran occidentales. A eso de la 1 de la mañana, Rae todavía estaba en el restaurante con otros dos; Conley había regresado al hotel temprano.

“Fue un poco inquietante”, dijo Rae, “Nos apuraron para salir del restaurante y cuando salimos las calles estaban completamente vacías”.

“Cuando llegamos a la esquina de la calle principal, había unos 40 oficiales de policía esperándonos, y un grupo de gente con cámaras de video y de fotos… Luego alguien en el centro de detención me dijo que estábamos en CCTV”, dijo Rae. La policía capturó a los tres hombres –Rae, Tom Grant y James Powderly– y les quitó sus pasaportes y teléfonos móviles.

Capturados e interrogados

Los llevaron a un hotel cercano donde los interrogaron por separado en salas de conferencias subterráneas. Después de 20 minutos de interrogatorio, alrededor de las 2 am fueron transferidos a otro hotel. Allí fueron sometidos a un interrogatorio de 22 horas, hasta la noche siguiente cerca de la medianoche.

Rae describe al interrogador principal como un oficial de policía de poco más de 30 años, con pobre dentadura y un aire mezquino. Le gritaba en chino en la cara, y luego traducían las preguntas en inglés para Rae.

“Querían cada detalle de cada día que estuve en China… querían saber a quién le había enviado las fotos”, y por sobre todo querían las claves del teléfono móvil y la computadora portátil de Rae, que él había bloqueado con contraseñas.

“El hecho es que estábamos tomando fotos o videos y luego distribuyéndolos. Para ellos eso era mucho peor que sacar una bandera o tener un cartel”.

Rae se rehusó a darle las contraseñas a la policía, lo que los enojó mucho. Un interrogador se paró amenazante frente a Rae con una barra de hierro en su mano. También lo golpeó en el hombro con la mano abierta. “No quiero exagerar lo que pasó”, dice Rae, “pero después de estar tanto tiempo despierto, es difícil cuando te golpean así”.

En un punto, Rae le preguntó a su interrogador qué le iban a hacer. “No nos decidimos si cortarte la garganta o dispararte”, fue la respuesta.

Centro de detención

Después de las 22 horas de interrogatorio, a Rae lo hicieron firmar y poner su huella digital en cada una de las 45 páginas de un documento que estaba todo en chino. Luego fue trasladado junto con los otros al centro de detención Chongwen, a unos 30 minutos de viaje. Los mantuvieron en celdas separadas y tuvieron que ponerse el uniforme de la prisión: pantalones cortos y remeras rojas. La policía le dijo que no estaba en la cárcel, que eso era “solo un centro de detención”.

Rae estaba entre los presos comunes, en una celda con una decena de personas y angostas tablas de madera que servían de camas, todas contra una pared. Cuando dormían, lo hacían hombro a hombro. Le dieron una manta militar que apestaba a orina y un tazón y una cuchara de plástico sucios para las comidas. Los prisioneros tenían acceso al agua potable solo 15 minutos al día. Rae consiguió una botella de plástico vacía para guardar agua para el día.

Uno de sus compañeros de celda era un chino sentenciado a un año por arrebatar entradas para las Olimpiadas.

Otro era un muchacho llamado Yi, que según Rae tenía 22 años de edad. Yi es practicante de Falun Gong y había sido arrestado luego de que le confiscaran libros de Falun Gong de su oficina.

“Era lo más inocente que vi en mi vida. La mayoría del tiempo, se sentaba allí y meditaba. Era el más pacífico del lugar”, decribe Rae. “Ese muchacho no había hecho absolutamente nada malo, solo que habían encontrado algunos libros en su oficina”.

“Yi hablaba muy bien inglés. Le habían dado dos años en un campo de trabajo forzado. Lloró al contármelo, y estaba muy asustado. Él sabía que muchas personas son torturadas y mueren en los campos de trabajo forzado. Al día siguiente los guardias vinieron y se llevaron a Yi”, dijo Rae.

Esa fue la última vez que vio a Yi. “Lo iban a enviar a algún lugar donde pudieran torturarlo y asesinarlo”, comenta Rae.

La mayoría de los días que estuvo detenido, después del desayuno a Rae lo llevaban a un pequeño cuarto. En el cuarto había una silla de hierro atornillada al piso y con una barra de metal que la atravesaba a la altura de la cintura. La silla estaba detrás de unas rejas, y por fuera de las rejas había un escritorio donde un oficial de policía se sentaba y lo interrogaba durante la mayor parte del día. Le decían a Rae que había “herido los sentimientos del pueblo chino” y lo hicieron firmar una disculpa por lo que había hecho.

Rae estuvo detenido seis días. Cuando pidió hablar con alguien de la embajada de EEUU, le dijeron, “Tu embajada no quiere verte –estás involucrado en actividad policial, y ellos no quieren participar de eso”.

Rae no vio a nadie de su embajada durante cuatro días. Cuando pudo verlo, fue en una sala con aire acondicionado “y la silla más linda que vi en China. Era muy cómoda y si eso es lo único que ves del centro de detención, te quedas con la ilusión de que no es un mal lugar”, cuenta.

El 24 de agosto, después del cierre de las Olimpiadas, Rae y a sus colegas fueron llevados al aeropuerto, donde los hicieron comprar pasajes de avión de regreso por U$S 2.000, aunque ya tenían pasajes de regreso. Rae se negó a comprar pasajes por U$S 4.000 para él y Conley (Conley no tenía tarjeta de crédito), y la policía lo forzó físicamente a firmar el recibo de la tarjeta de crédito o de otro modo lo enviarían de regreso al centro de detención.

De su experiencia en China, Rae dice, “Por mal que nos hayan tratado, no fue nada comparado con lo que enfrentaban otros. Conocí a un filipino que hablaba muy bien el inglés. Lo golpearon varias veces en la cara durante el interrogatorio”.

* Cortesía La Gran Época


 


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