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La verdadera esencia de las conquistas “revolucionarias” de Castro
02-09-2006

El manido tópico de las “conquistas revolucionarias” le ha servido a la izquierda mundial como coartada para justificar durante casi medio siglo la brutal dictadura de Fidel Castro. Y ahora, con la hospitalización del dictador y su sustitución ‘provisional’, no son pocas las voces que se levantan contra el posible escenario de una transición a la democracia en Cuba, so pretexto de preservar los supuestos logros de la revolución.

Los mismos que posan de progresistas, pero han hecho la vista gorda ante las violaciones sistemáticas de los derechos humanos en la Isla, son los que más horrorizados se muestran ante la perspectiva de que vuelva la democracia y la economía de mercado a la mayor de las Antillas.

Algunos, incluyendo a cubanos del exilio, llegan al extremo de advertir el peligro de que se restaure el capitalismo mediante una réplica exacta del batistato. De ahí que aconsejen insistentemente proceder con calma y cautela para conservar los supuestos éxitos castristas en educación y salud.

Ante esa avalancha de consejeros despistados o mal intencionados, conviene precisar una vez más que el balance de 47 años de comunismo cubano arroja un saldo, más que negativo, realmente catastrófico. La labor destructiva del régimen castrista excede con mucho la pregonada “obra de la revolución”.

Fue desde los primeros tiempos del poder revolucionario que la economía cubana quedó herida de muerte. A las expropiaciones festinadas, siguió la gestión torpe e ineficiente de los guerrilleros en el poder, lo cual, sumado al estilo impredecible de un tirano veleidoso, produjo un irreparable desajuste estructural que se ha ido ahondando de decenio en decenio. Hasta la emblemática industria azucarera, base de la vida económica del país, se ha degradado al punto de que ha tenido que ser prácticamente desmantelada porque ya no sólo es irrentable sino simplemente incosteable.

Los cubanos de la era post-Castro recibirán el legado de un país en ruinas, literalmente destruido, tanto en el campo como en la ciudad, con índices en todos los renglones de la economía y los servicios muy por debajo de los de 1958.

Nadie se propone, sin embargo, un imposible retorno a la década de 1950, aunque para las expectativas de entonces hayan sido los años más esplendorosos de la nación cubana. Fue la culminación de una época en que, a pesar de la corrupción administrativa y la dictadura batistiana, Cuba experimentó un crecimiento ascendente y sostenido que la situaba entre los primeros países de América Latina. Lo que permite afirmar categóricamente que ésos fueron verdaderamente los logros más impresionantes del siglo XX cubano, por más que los intenten negar los propagandistas desinformadores.

Por otro lado, no existe ningún plan para destruir lo poco de positivo que deje el régimen de Castro. Muy al contrario, los sistemas de salud y educación pública, seriamente deteriorados luego del cese de los cuantiosos subsidios soviéticos, no sólo deberán ser preservados sino rediseñados de arriba abajo.

Del mismo modo que a la caída de Machado en 1933 a nadie se le ocurrió dinamitar las importantes obras públicas emprendidas bajo ese dictador, para el poscastrismo ninguna organización del exilio o la oposición interna tiene en su agenda la demolición de los hospitales y escuelas, sino su urgente reparación y modernización.

El mayor problema que se presenta será qué hacer con las numerosas escuelas de la enseñanza media construidas en el campo, en sitios inhóspitos, con el fin expreso de que la inmensa mayoría de los estudiantes urbanos estén alejados del hogar y sometidos a media jornada obligatoria de labores agrícolas.

En la Cuba del futuro no tendrá ningún sentido la explotación de menores que se practica universalmente en la Isla con la aprobación y el aplauso del mundo. De modo que muchos de esos planteles probablemente deban ser destinados a fines ajenos a la enseñanza. Muchos de ellos quedarán como ‘elefantes blancos’, apenas como testimonio del trabajo semi-esclavo que ha sido la doctrina dominante de la educación castrista, supuestamente gratuita.

Inconcebiblemente, las personalidades más “progresistas” de la escena contemporánea optan por ignorar la verdadera realidad de Cuba y apuestan a que se mantenga congelada indefinidamente en el único pasado que conocen tres generaciones de cubanos: una revolución profundamente reaccionaria que implantó el régimen más represivo y brutal que hayamos conocido.

A pesar de todo, Cuba ingresará inevitablemente al siglo XXI, pero como una nación tercermundista empobrecida a niveles haitianos. Con todo, la tarea más difícil no será la reconstrucción del país, de lo cual hay precedentes históricos notables. La obra más ingente será la reingeniería total de una nación cuyo tejido social se ha dañado seriamente durante casi cinco décadas de despotismo totalitario.

 


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