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La sucesión castrista como hecho consumado
20-08-2006

De todas las hipótesis y conjeturas generadas por el vacío informativo en torno a la salud de Fidel Castro, la menos plausible fue la favorita de los servicios de inteligencia de Estados Unidos: la de que estábamos asistiendo a un ensayo general sobre cómo funcionaría la sucesión tras la muerte del dictador cubano.
Podría, con todo, considerarse como un ensayo en razón de que aún no nos hallamos ante la situación real de la ausencia definitiva de Castro, pero no en el sentido teatral que le quisieron dar los que incluso llegaron a imaginarse a un tirano socarrón entre bastidores observando a distancia la puesta en escena de la comedia sucesoria.
Aunque Castro ha podido constatar la respuesta pasiva de un pueblo aherrojado y el comportamiento ‘disciplinado’ de la cúpula gobernante ante la noticia del traspaso de poderes, el hecho cierto es que está gravemente enfermo. Lejos de una operación exploratoria o de un globo sonda de carácter político, lo que ha ocurrido en la práctica es una sucesión de hecho dentro de la estructura del poder en Cuba.
Si bien los voceros castristas argumentan que la sustitución de Castro por su hermano está prevista en la Constitución, eso precisamente convierte en un acto redundante e inconstitucional la designación testamentaria en el primer comunicado conocido como ‘la proclama de Fidel’, algo que no está contemplado en la legislación cubana vigente.
Aun cuando la constitución castrista no pasa de ser un documento espurio de legitimación del régimen, el Comandante una vez más se coloca por encima de ella como el patriarca supraconstitucional que todo lo decide y lo hace a su modo.
Dado que en Cuba no existe el acto de juramentación formal para la toma de posesión, tras la desaparición de Fidel Castro, o de su incapacitación para gobernar, su hermano y heredero designado tendría que ser proclamado como sucesor sometiéndose a la aprobación de la Asamblea Nacional y el pleno del Comité Central.
Si bien es cierto que las votaciones en esos órganos siempre han sido meras formalidades con resultados previsibles, no hay que descartar ninguna sorpresa. A evitar esa eventualidad va precisamente dirigido el insólito comunicado en que se anuncia el cambio de mando temporal.
En un giro imprevisto, hipotéticamente al menos, Raúl podría perder el poder frente a una fracción poderosa respaldada por los militares, en una especie de golpe de estado palaciego con fachada institucional.
Es en ese sentido que no fueron casuales las declaraciones de Ricardo Alarcón en una reciente entrevista concedida a la cadena Telesur. Al tiempo que evadía ofrecer detalles sobre la salud de su jefe, el presidente del ‘parlamento’ cubano aseveró que Raúl Castro había sido confirmado hace tres años y medio en sus cargos y por tanto no necesitaba de más confirmación para asumir la jefatura del estado y el gobierno.
De modo que estamos ante el hecho consumado de la sucesión hereditaria mediante el clásico dedazo. La delegación de los poderes en Raúl Castro ‘con carácter provisional’ no ha sido más que un artificio para que se vuelva definitiva sin pasar por ningún trámite legal. Una vez que el hermanísimo esté consolidado como dictador en funciones, llegado el momento solamente tendría que ponerse el rombo rojinegro de comandante en jefe.

 


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