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La vida sigue igual… o peor
05-01-2009

Cubamatinal/ Acaban de cumplirse 50 años de dictadura y la vida del cubano, tanto en la patria como en el exilio, sigue igual… o peor.

Nunca en estos cincuenta años ha sido tan profunda, humillante y descorazonadora la miseria que azota a nuestro pueblo. Miseria material, pero también moral, de valores éticos.

Los viajeros que regresan de Cuba, -no los extranjeros más o menos “conocedores” del tema-, sino los cubanos que regresan de visita, coinciden en una sola palabra; desesperanza. Cual peregrinos que eluden al Can Cerberos, creen ver a las puertas de su futuro la frase que el Dante situó en el pórtico del Infierno: “Los que aquí entráis, desechad toda esperanza”

Muchos aprovechan el buen tiempo atmosférico para apresurarse a intentar la reparación de sus viviendas – esas mismas que en muchos casos pagaron durante años al estado que las expropió de su anterior dueño y que ahora ciertos bufetes de abogados en el extranjero pretenden litigar en futuro- y la reparación se vuelve una necesidad imperiosa visto lo que ha pasado con los recientes ciclones y los “damnificados” que perdieron sus techos.

Sin embargo, esa desesperanza lleva en sí misma la semilla del cambio; ha sido el propio estado totalitario el encargado de demostrar con hechos y más recientemente con palabras que nada se debe esperar de él.

Y aunque es una verdad de Perogrullo, a un pueblo que se le ha mantenido obnubilado a base de la machacona palabrería de un dictador y su aparato de manipulación; reconocerle que nada debe esperar y que por demás le cabe aguantar igual situación por 50 años más parece ser la gota que desborda toda esperanza.

Mientras tanto, a la espera de un out mal cantado en el estadio el Cerro o una próxima crisis migratoria, el pueblo intenta sobrevivir a la última ola represiva que atenta contra la más potente institución nacional: el contrabando. Fuente de evasión de la muerte por inanición a la que el gobierno condenó a sus nacionales al implantar la cartilla de racionamiento, mientras abría -mirando hacia otro lado- la puerta de los almacenes, al más grande y generalizado trasiego de mercancías ilícitas que conociera la historia nacional.

Mientras tanto la oposición interna, ciertamente mejor organizada y con más experiencia que nunca, ha convertido su supervivencia como fuerza social en un arte y una ciencia a la vez; logrando sobreponerse a la ofensiva represiva de 2003, pero limitada por la falta de recursos, el trabajo de zapa de los órganos represivos y por su propia división interna.
Quizás la mayor fuerza se encuentre en aquella parte de la actividad opositora que ha sabido hacerse con un espacio en la sociedad civil, es decir; las Bibliotecas, el Periodismo y las Organizaciones Sociales independientes.

Vemos sin embargo, que al amparo de dificultades reales confrontadas con cierta parte del exilio – sobre todo en aquella referente a la representación de algunas organizaciones y el manejo de los fondos para tales fines- se ha desatado una cierta tendencia híper crítica en medios de prensa disidentes con las fuerzas de la oposición que se encuentran fuera de las fronteras nacionales y eso es malo, muy malo para la causa.

La oposición y el exilio, existen y se complementan mutuamente; el exilio sin oposición interna solo queda convertido en un club de nostálgicos. La oposición interna sin un exilio que sirva de eco y promoción exterior a sus actividades está condenada irremisiblemente a la desaparición por ninguneo.

Por otra parte en el exilio se mueven nuevas fuerzas sociales a la vez que nuevas y viejas manipulaciones.

La visión clásica de una generación de exiliados, -que cierto es cumplió su rol de mantener viva la llama de esperanza, no siempre por un cambio, sino también muchas veces por el regreso a la situación pre revolucionaria que engendró al totalitarismo-, esa visión va muriendo con la misma generación que le es portadora. La misma generación cronológica cuya antítesis implantó la dictadura en el país.

Se dice que el agua del río no pasa dos veces por la misma orilla y eso no parece entenderlo aquel que desconoce que la vieja y despectiva frase que calificaba a los cubanos como “un pueblo de café con leche y chicharrones” es imposible de aplicar a las generaciones que hoy habitan la isla. Crecieron tomando leche –en polvo- sólo hasta los siete años de edad, mezclando ínfimas proporciones de café con grandes cantidades de chícharo tostado y mirando al cerdo con la añoranza del que paga una libra por el equivalente del 10 % de su salario mensual.

De todas forma habría cambiado – nada es inamovible- pero la cultura vital de las generaciones que ya hoy son mayoría en el exilio se ha formado a la sombra de la dictadura. Y como el “guao” es una sombra que hincha y deforma.

Eso, lo sabe mejor que nadie el estado manipulador. Se requiere de tiempo para que un ciudadano educado en las especiales condiciones deformantes de una dictadura comunista, se adapte a la vida en democracia y bajo los preceptos de una sociedad de mercado. Pero no nos equivoquemos, esas generaciones tienen también sus propios valores forjados en la lucha por la supervivencia en condiciones que de sólo imaginar, provocaron en su momento la estampida de las generaciones que hoy los critican.

Precisamente con esas generaciones intentan trabajar los agentes del divisionismo castrista. Pretenden extrapolar – y en cierta medida logran- la doble moral imperante dentro de la Isla.

Se empeñan por todos los medios para convencer al mundo – y en buena medida a las nuevas generaciones de cubanos- que su huída de la patria no es más que una simple y común emigración económica. Lo que sería real, si en el país reinaran la democracia y el estado de derecho y el cubano al partir no perdiera la residencia en el país que lo vio nacer y no estuviera obligado a solicitar una “habilitación” del pasaporte para poder entrar a su tierra por un período de visita de un mes, prorrogable sólo por un mes más.

Si al emigrar no perdiera sus propiedades y se convirtiera en papel mojado su contribución de por vida a la Seguridad Social a los efectos del cobro de la jubilación. Es poco conocido que a los mayores de 65 años – previa solicitud y “análisis” por las autoridades- se les permite volver a residir en el país, siempre que tengan un familiar que los acoja bajo su techo y “los mantenga”, ignorando olímpicamente los derechos del anciano a la jubilación que pueda haber acumulado con su trabajo dentro del país.

Definitivamente, cualquier cubano al emigrar del país – salvo una ínfima minoría que obtiene el llamado PRE, “Permiso de Residencia en el Extranjero” – se convierte de hecho en un DESTERRADO-, pues pierde todo derecho en su patria; sin las ventajas prácticas de antaño, cuando el estado cubano en su afán de perjudicar a los exiliados los calificaba de “apátridas” emitiendo una carta de viaje que no un pasaporte, que por carambola obligaba a su vez a muchos estados firmantes de los acuerdos de refugiados de ONU a acoger al recién llegado.

Sobre esos jóvenes está trabajando el gobierno de La Habana, creando organizaciones tapaderas –muchas de ellas se mueven por las principales ciudades de España y otros entornos continentales- que se ocupan de desviar la atención hacia “actividades culturales y festivas” o “facilitar los viajes de vacaciones a la patria”. El objetivo es doble, quitar base social a la oposición en el exilio, politizando “sin politizar” a los recién llegados mediante la utilización de los conocidos resortes de la doble moral y los “estímulos”.

Pero no nos engañemos, la culpa de esos progresos la tiene el propio exilio, una parte del cual está enquistado sobre la bacinilla, el balón de oxígeno o la imagen idealizada de una Cuba ya ida y por otra en la lucha fratricida por sobresalir –tal pareciera que el
desproporcionado ego de Fidel Castro se hubiera apoderado de ellos- sin contar los que se dedican –por mandato de la Isla o no- a ir de grupo en grupo sembrando cizañas quizás con el mandato expreso de dividir, quizás otros pensando que pueden hacer de ello su medio de vida.

Del manicomio cubano habría mucho de qué hablar, pero preferimos alertar sobre las tareas inmediatas que aún quedan pendientes; la unidad en la diversidad, la creación de bases sociales con los jóvenes a partir de reflexiones sensatas sobre qué es hoy el pueblo cubano y la necesidad imperiosa de tomar la iniciativa.

Es imprescindible recordar que el gobierno de La Habana ha logrado lo increíble, mantener la figura de un cadáver, hacer referencia constantemente a sus supuestas “reflexiones” y evadir el conjuro de una explosión popular al dar la noticia de su muerte.

Evidentemente si aún estuviera vivo, no se encontraría en condiciones de significar NADA en la vida nacional. Menudo megalómano era para permitir que pasara el 50 aniversario de su engendro sin hacer aparición pública.

Lograron también – a costa de las inversiones en la isla- la complicidad de gobiernos que se dicen devotos de la causa de la democracia en Cuba, pero que sólo juegan a las inversiones actuales o futuras a la vez que apuestan a la gigantesca ruleta del geo- posicionamiento.

Una última acotación; se han puesto de moda, tanto en el exilio como en el interior de la isla los “estudios sociales”, logrando cierto eco en los medios de difusión masiva y en alguna medida en medios emergentes que se pretenden a sí mismos como “publicaciones de punta”, como si de investigaciones objetivas se tratasen.

La mayor parte de ellos, hasta donde hemos podido revisar carecen de protocolos previos con metodologías científicas validadas, personal especializado con experiencia en tales tipos de estudios y lo que es peor con evidentes conclusiones redactadas a priori de realizar el trabajo. A veces también priman los sentimientos y las ideologías en las referidas conclusiones. Un error pues de alguna forma puede contribuir aún más a la fractura de la nación.

El intrusismo profesional suele ser mayor cuanto mayor es el desconocimiento de los que acometen el abordaje de áreas de las que no son especialistas. Dada la repercusión de cualquier conclusión sobre el tema cubano, alertamos que con las mejores intenciones se pueden cometer los más grandes errores y este diario dedicará una sección mensual al análisis crítico de tales trabajos; con la participación de reconocidos especialistas con currículo de investigación de los temas. A veces criticando al diablo –cuando de hace erróneamente- sólo se propicia que este asome la pezuña.


 


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