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La crisis en los Derechos Humanos: ¿Cristo o Mahoma?
04-01-2009, Cárdenas, Santiago

Cubamatinal/ Era la desvastación. Las secuelas de la II Guerra Mundial. El holocausto; la desigualdad social; el colonialismo. Estas calamidades serían abordadas por las Naciones Unidas. También la ONU tenía que definir los derechos humanos, que habían sido esbozados unos años antes, en su Carta Constitucional, Para esto, se buscó un consenso entre varias naciones de todos los continentes; y el secretario general designó a las personalidades más eminentes de la época, encabezadas por el canadiense John Humphrey.

Así, el 10 de diciembre de 1948, se proclamó en el Palacio Chailot, de París, la Declaración- no un tratado- Universal de los Derechos Humanos. Cuarenta y ocho votos a favor; ninguno en contra y ocho abstenciones. Estas, marcarían definitivamente el sino del documento más publicado de la historia, al decir del libro Guiness de récords mundiales. Ellas fueron: la Unión Soviética y sus satélites, representando a las dictaduras de izquierda; Sudáfrica, a los gobiernos de seguridad nacional, las dictaduras de derecha; y Saudi Arabia, la cuna del Profeta, el país insignia del islamismo.

En el devenir de estos sesenta años la Declaración ha recibido valoraciones y elogios. Eleonor Roosevelt: ‘‘la carta magna de la humanidad"; Juan Pablo II: "la más alta expresión de la conciencia humana”. Y críticas. Las menores,-- tácticas,-- como la de los libertarios y las del liberalismo internacional. También estratégicas, las mayores, que vinieron desde el mundo árabe. En 1982, el canciller del Irán post revolucionario dijo que la Declaración era ""la expresión secular de la tradición judeo cristiana"', comenzando así una confrontación que abarca no a una; sino a cuatro civilizaciones (la clásica u occidental; la latinoamericana, la ortodoxa y la judaica, según la clasificación de Samuel Huntington). Y, entonces, se traspasó la línea divisoria de lo ideológico, a la teológica, puesto que lo común al judeocristianismo es la religión.

Las afirmaciones de Irán fueron secundadas por Pakistán, Arabia y Sudán. En 1990, cuarenta y cinco países árabes aprobaron en el Cairo la Declaración de los Derechos Islámicos; que fue ratificada diez años después, por cincuenta y siete países mahometanos. En sus artículos 24 y 25 explícitamente señala que ningún derecho es superior, ni anterior, a la Saharia o ley árabe. Desde entonces, en el mundo co-existen dos declaraciones excluyentes. La ""occidental"', la parisina; y la arábiga, la cairota. La influencia de esta última se extiende a mil quinientos millones de islámicos esparcidos por el mundo.

El núcleo de la moral judaica-- de la tribu de Judá, bisnieto de Abraham, asentados en la capital Jerusalén, al sur de Palestina-son los Diez Mandamientos, escritos "" por el mismo dedo de Dios"".Un milenio y medio después, en el norte, un galileo desconocido, el artesano Jesús, se sienta al pie de un monte y sermonea las Bienaventuranzas, que es el corazón de una nueva religión. No obstante, es Paulo de Tarso,-Saulo, el fariseo observante,- quien tiene una experiencia mística del mismo Jesús, camino a Damasco, el que cuando se convierte, sintetiza la visión judeocristiana, que años después, en los cuarenta, sería popularizada por el ex presidente Dwight Eisenhower.

A los judíos les debemos, además, el aporte de un Dios único, creador de todos los humanos en total igualdad (Libro del Génesis); y el concepto de libertad (Éxodo), cuando el paso del Mar Rojo por Moisés, según el Antiguo Testamento. A los cristianos agradecemos el amor, que dimana del Nuevo Testamento y su opción preferencial por los más pobres. A San Pablo, cuyo año internacional celebramos, una novedosa y practica pedagogía. El es el genio creador de múltiples comunidades en el mundo entonces conocido, donde: "griegos y judíos; hombres y mujeres; siervos y esclavos" (carta a los Gálatas), se sientan a la par en las asambleas, por vez primera en la historia. Y, en nombre del Cristo resucitado, comparten el pan y el vino, el abrazo, y un beso de paz.

Como en los párrafos anteriores está resumido el origen moderno de los derechos humanos, tal vez al mundo árabe le moleste, que el occidente haya despreciado el cilindro-documento del rey persa Ciro el Grande,--paradójicamente el libertador de los judíos cautivos en Babilonia,-- que contiene la simiente de libertad e igualdad para todo el mundo, desde el Oriente, seis siglos antes de Jesús de Nazaret. O ,quizás el origen de las desavenencias sea la impronta cristiana de los redactores de la Declaración, entre otros, Eleonor Roosevelt, la devota episcopal ; Jacques Maritain , el laico católico más distinguido del siglo pasado; o Rene Cassin, el francés, premio Nobel de la Paz, que fue el principal escritor e ""ideólogo"" de la Declaración. Cassin la comparó con la estructura de un edificio clásico greco- romano, el paradigma arquitectónico de nuestra civilización, que puede encontrarse, desde hace dos mil trescientos años, en el Panteón de Roma, o en la Casa Blanca de Washington.

Al celebrar su sesenta aniversario, los derechos humanos se mantienen bajo un doble acoso. Por un lado, el fundamentalismo islámico. Del otro, la pandemia de secularismo (laicismo) que recorre el mundo, y que con gran eficacia ha logrado desvirtuar, y subvertir los valores bíblicos. Atrás quedó el marxismo, con sus métodos y proposiciones ""científicas"', impuestas brutalmente. Ahora, asistimos a una nueva escala de valores en donde no se discute con la religión; simplemente se le desvirtúa. A Dios no se le ataca; se le ignora. Quién dudas tenga, que escuche la media. Y esto es válido en la conservadora Hialeah; el Central Park del New York liberal; o el dowtown de la neutral Melbourne, Australia.

Un niño en el altiplano americano; un anciano en Rusia; un joven empresario en San Francisco; o una adolescente en Albania, tenían, hasta ahora, un denominador común. Todos conocían, más o menos explícitamente, que no se puede matar, o robar, o mentir. Que deben honrar a sus padres, y que tienen un compromiso con los pobres. Esto, sin asistir a misa, ir al catecismo o entrar en una sinagoga. Esta "osmosis existencial" religiosa se va diluyendo en el tsunami liberal-laicista, al que asistimos, entre ignorantes y perpléjos. Por eso, alguien desde el Vaticano exclamó, recientemente: "nos quisieron imponer la dictadura del proletariado, para construir el hombre nuevo que atacaba a Dios. Ahora, proponen la dictadura del relativismo para construir al nuevo hombre, que, simplemente, lo ignora".

Al desteñirse la tradición judeocristiana,-- que es la columna vertebral,gústenos o no, de nuestras civilizaciones,-- al occidente judeocristiano, y por supuesto a los derechos humanos, les quedan pocas opciones...O la destrucción por implosión; la islamización; o el gris opaco y la mediocridad de siglos y siglos, característico de las culturas orientales. Aunque la palabra de Dios es eterna; las civilizaciones y las culturas que de ella dimanan son frágiles y pasajeras. El peligro es evidente.


 


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