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Memorias de una tragedia anunciada
04-01-2009, Alfredo Cepero

Cubamatinal/ Este primero de enero de 2009 el pueblo de Cuba alcanzará la bochornosa distinción de haber sufrido la tiranía más larga que ha conocido América. Cincuenta años de miseria, opresión y barbarie que nos han transformado de una nación relativamente próspera y relativamente libre en 1959 en la nación más miserable del continente en el 2009, quizás con la excepción de Haití. Si queremos redimirnos como nación y liberarnos como pueblo es importante empezar por reconocer que la responsabilidad de nuestra tragedia nacional descansa sobre los hombros de todos los cubanos; tanto de los victimarios como de las víctimas y tanto los de dentro como los de fuera de la isla. Después de medio siglo de recorrer caminos de insurrección sin alcanzar metas, desarrollar proyectos políticos sin lograr resultados y sufrir desengaños a manos de propios y extraños se impone nada menos que una evaluación honesta de nuestros errores y un enfoque pragmático de las estrategias de lucha que puedan conducirnos a la meta añorada y, hasta ahora evasiva, de la libertad de Cuba.

Quizás un buen comienzo para determinar el origen de nuestros errores sea analizar la psiquis de quienes integramos el pueblo cubano. Aquellos que nos hemos opuesto desde su inicio al régimen comunista hemos destacado a lo largo de todos estos años que el comunismo no debió de haber triunfado en un país con el alto nivel de desarrollo económico, cultural y tecnológico que tenia Cuba en 1959. Se nos olvida o no queremos reconocer que, si bien habíamos alcanzado progresos en el orden económico, andábamos en taparrabos en lo relativo a nuestra madurez ciudadana y a nuestro desarrollo político. Y estas últimas son las estructuras que garantizan la estabilidad necesaria para progresar y perdurar como nación. No puede haber estabilidad económica sin estabilidad política. Por eso un ex Primer Ministro de Estonia, quién ocupó ese cargo en la etapa post-comunista, nos ha dicho que, una vez desaparecida la tiranía, los cubanos debemos consolidar nuestras instituciones políticas en el menor tiempo posible. El desarrollo económico, nos ha dicho, vendrá por añadidura cuando demos rienda suelta a la imaginación y la capacidad de trabajo del cubano.

Regresando a la psiquis, nuestra dicotomía entre la preferencia por el esfuerzo individual y la incapacidad para la actividad colectiva, entre el éxito en el ámbito económico y el fracaso en el orden político, entre la estricta moral privada y la cínica moral pública constituían ingredientes de una fórmula para el desastre. Todos ellos magnificados por la psicología del “vivo”, donde los gobernantes honrados eran tildados de “tontos” por respetar los fondos del erario público y los gobernantes corruptos de “inteligentes” por saquear la hacienda nacional en provecho propio. Con una moral pública donde el fin justificaba los medios el descarrilamiento era sólo cuestión de tiempo. Por lo tanto, nadie debió sorprenderse de la muerte de la República, herida ya en 1952 y fusilada en 1959, para dar paso al engendro diabólico y ominoso de la tiranía castro-comunista que cayó sobre nosotros con todas las características de una tragedia anunciada.

Por otra parte, no caben dudas de que aunque los cubanos somos diestros para la obra individual debemos admitir que somos totalmente ineptos para el trabajo en equipo. En la Cuba Republicana, el YO, primera persona del singular, predominaba sobre el NOSOTROS, primera persona del plural. Dábamos un ejemplo de arrogancia supina cuando, hablando de negocios, nos llenábamos la boca para decir “esto es mío y yo soy el que manda”. Ahí se manifestaba nuestro desdén por los organismos consultivos y nuestra deplorable tendencia a tolerar a los dictadores. Estos cincuenta años han demostrado hasta la saciedad nuestra tolerancia por el “caballo”, mejor dicho el penco moribundo y famélico que se niega a morir y se empeña en amargarnos la vida.

Ahora bien, en honor a la verdad, estos lodos tuvieron sus orígenes en lluvias que tuvieron lugar al inicio de nuestra República. El 20 de mayo de 1902 nace la República de Cuba con el lastre de la Enmienda Platt, que otorga facultades a los Estados Unidos para intervenir en los asuntos internos de la nación cubana. Sin embargo, sería injusto atribuir a designios hegemónicos de Washington la segunda intervención norteamericana bajo Charles Magoon en 1906. Los próceres de la Guerra de Independencia devinieron en políticos corruptos y arrogantes que prefirieron una intervención extranjera antes que una negociación entre cubanos. El Presidente Theodore Roosevelt accedió a la intervención solicitada tanto por el gobierno de Estrada Palma como por la oposición después de agotar numerosas vías para calmar las pasiones.

En 1933, con otro Roosevelt en el poder, causas y acontecimientos similares condujeron a la llamada “mediación” del Embajador Norteamericano Summer Welles, durante la crisis que se produjo con motivo de la caída del gobierno del General Gerardo Machado. Una vez más los cubanos, incapaces de entendernos para gobernar, abdicábamos de nuestra responsabilidad ciudadana y rendíamos nuestra soberanía nacional ante una potencia extranjera. El resultado fue una cadena de gobiernos corruptos, ineficientes y dictatoriales que crearon un estado de indiferencia y desesperación ciudadanas donde creció como la mala hierba el evangelio de odio del castro-comunismo. Gobiernos donde ni siquiera el poder judicial fue capaz de cumplir su misión de guardián de la constitución y de garantía de los derechos ciudadanos. Hasta la tan cacareada Constitución de 1940 devino en un instrumento inútil a la hora de ser aplicada como muro de contención a la dictadura. En su sentencia 127 de 17 de junio de 1953, y por votación de 10 a 5 de sus magistrados, el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales desestimó un recurso interpuesto por 25 ciudadanos contra los Estatutos Constitucionales promulgados por el régimen de Batista el 4 de abril de 1952 con el objeto de otorgar legalidad al golpe de estado de 10 de marzo de ese mismo año. Al legalizar el golpe los magistrados declaraban su propia ilegalidad.

Andando el tiempo, el triunfo de los cuatreros de la Sierra Maestra se produjo en forma tan inesperada y súbita que los barbudos del Movimiento 26 de Julio disfrutaron de impunidad para llenar a sus anchas el vacío de poder, desmantelar el ejército y neutralizar a otras fuerzas de la oposición. Los cubanos cerramos los ojos ante los fusilamientos indiscriminados y optamos por ignorar los antecedentes criminales y las alegaciones de militancia comunista de los líderes de la revuelta. De nuevo optamos por poner nuestros destinos en manos foráneas y nos decíamos que Washington jamás toleraría un régimen comunista a 90 millas de sus costas. Cuando despertamos del sueño, la mayoría optamos por la fuga masiva que se ha prolongado hasta nuestros días y permitido a los esbirros consolidar su tiranía. Como ya sabemos, después vino la traición de Girón, la farsa de la Crisis de los Cohetes, la infamia de quienes quedaron atrás bajo el comunismo y la indignidad de quienes optamos por el exilio, donde se nos permite ganar el pan pero se nos impide luchar por nuestra libertad.

No podemos concluir estas notas sin reconocer que en el horizonte se vislumbran nubarrones de cambio, en la Habana forzados por el calendario y en Washington por la ideología. Nuestro poder es limitado para influir sobre esos cambios y solo el tiempo dirá si los mismos serán para beneficio o perjuicio de la causa de nuestra libertad. Ahora bien, es de esperar que cincuenta años de obstáculos, errores y desengaños hayan descorrido de una vez por todas, el velo de nuestra credulidad en falsas promesas de fuentes foráneas. Y sobre todo, que nos hayan convencidos de que si queremos contribuir a la liberación de Cuba tenemos que tomar las riendas de nuestro destino nacional, sin suplicar ayudas y sin pedir permiso.

Para ello, tanto los cubanos de dentro como los de fuera tenemos que aprender a trabajar en equipo y a aplazar para más tarde nuestros egoísmos y protagonismos. Los de fuera tenemos que aumentar nuestra contribución financiera a la hostigada oposición interna, desarrollar una mayor actividad en la labor de explicar al mundo la realidad de la tragedia cubana y demandar solidaridad con la causa de la libertad de Cuba a los políticos que solicitan nuestros votos. Los de dentro tienen que dejar de vitorear y aplaudir a los déspotas en los actos de masas, negarse a participar como corderos en denigrantes trabajos voluntarios, inhibirse de delatar a sus vecinos y, en la medida de sus posibilidades y hasta el límite de sus miedos, hacer causa común con los miembros de la oposición. Para los que se animen, les recuerdo la frase de Mahatma Gandhi “La fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable”. Solamente nuestra voluntad nos hará libres.


 


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