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Incoherencias
03-01-2009, Jorge Olivera Castillo

Cubamatinal/ Raúl Castro cree que es válida la diferencia de criterios. Lo dijo recientemente en Brasil. Habría que ver si ese talante democrático salió de los talleres del corazón o del almacén de figuras retóricas que muchos políticos mantienen muy bien abastecido.

Más allá de fraseologías e indicios de querer bajar la temperatura de la intolerancia, la realidad aporta las claves para poner la duda en un sitial de honor.

En el sentido de los avisos de respetar y tolerar la opinión ajena, se desplaza el mismo dogmatismo de antaño. Este último con una ventaja kilométrica.

Al margen de cierto nivel de críticas en algunos círculos intelectuales y el hecho de haber permitido que miles de ciudadanos manifestaran su inconformidad en reuniones convocadas por instancias gubernamentales, el sistema ha mostrado la capacidad de digerir el descontento, e incluso sacar provecho en un juego a través del cual han conseguido ganar tiempo. Con vagas concesiones y reproducción de expectativas, el poder conserva su esencia, y por ahora ha logrado ensanchar el margen de maniobra para su supervivencia a un costo mínimo.

Los beneficios que representa la disponibilidad para entablar el diálogo con los Estados Unidos cuando Barack Obama sea el anfitrión de la Casa Blanca, combinados con los espaldarazos económicos, políticos y diplomáticos de los más importantes países de Latinoamérica, se erigen como un pasadizo por donde escapar de mayores cuestionamientos y exigencias en relación con la problemática de los derechos humanos.

Por el momento, la obtención de grados de legitimidad no ha estado asociada a un proceso de transformaciones que indiquen una finalidad democrática. Más que una perspectiva real de cambios, la realidad sirve para decorar el paisaje de las contradicciones.
Estas no son objeciones infundadas. Sobran elementos para encasillarse en tales determinaciones. Mientras el presidente cubano declaraba en Brasilia que “el mundo sería muy aburrido si todos pensáramos igual”, y que “la diferencia es una virtud”, en la Isla no había ni hay motivos para celebrar la vigencia de esos razonamientos.

Esas pequeñas revoluciones verbales deberían salir del núcleo de la frivolidad y arrasar con un código penal que criminaliza el acto legítimo de manifestarse por vías pacificas.

La permisividad es de puertas para afuera. El socialismo con libertad en Cuba es una quimera, al menos bajo el mando de una generación que ha envejecido en el poder. Ricardo González, Adolfo Fernández Sainz, Héctor Maseda, Fabio Prieto, Ángel Moya, Iván Hernández, Diosdado Marrero y Oscar Elías Biscet no necesitan muchas explicaciones. Son las pruebas de una filosofía apoyada en el exceso y la falta de escrúpulos. En la cárcel permanecen por su osadía. Actuaron sin mirar el guión del oficialismo, de frente y con la naturalidad de quien hace uso de un derecho universal. No están solos. Hay otros hombres lidiando con el encierro y la extrema brutalidad a causa de similares razones.

Como muro de contención para evitar un desbordamiento incontrolado de las críticas en intramuros, tiene el cartel de contrarrevolucionario y cárceles por doquier.

La libertad de expresión es un veneno para el control total y la vieja guardia del partido comunista no va a beber de esa pócima. Además, conoce el olor de la toxina y la textura del envase. Entonces que nadie espere, por largos meses o quién sabe otro quinquenio, un accidente o un suicidio. La idea es eternizarse como los estrellas.


 


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