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Curiosidades
08-12-2008, González, Oscar Mario

Cubamatinal/ Dicen muchos de los que gustan de filosofar, que la historia se repite en el tiempo aunque con diferentes rostros. La reciente participación de Raúl Castro en la ceremonia de beatificación de Padre José Olallo trae al recuerdo la asistencia de su hermano y mentor, Fidel Castro, al Primer Congreso Católico celebrado en la entonces Plaza Cívica el 28 de noviembre de l959.

Entonces el pujante y recién estrenado gobierno de los barbudos suscitaba recelos y suspicacias por parte de las fuerzas amantes de la democracia, contrarias al totalitarismo comunista. Las filas de aquellas huestes pro democráticas se nutrían de no pocos luchadores anti batistianos.

La desconfianza y los temores no tenían nada de infundíos ni aprensiones. Ya para aquel entonces poco quedaba del primer gabinete formado por sinceros demócratas, con el Doctor Manuel Urrutia a la cabeza, José Miró Cardona como Primer Ministro, y Roberto Agramonte como titular de Relaciones Exteriores.

Entre los sustitutos llamados a cubrir las vacantes descollaban Raúl Roa como nuevo canciller y Osvaldo Dorticós Torrado en el rango presidencial, ambos conocidos izquierdistas de tendencia marxista, pero camuflados bajo el disfraz de intelectuales “progresistas y anti yanquis”.

Como fenómeno generalizado, en las filas revolucionarias se abrían claros que pasaban a ser ocupados por elementos de filiación marxista. Esto lo habían observado desde temprano el jefe de la Fuerza Aérea Pedro Luis Díaz Lanz y Hubert Matos, entre otras figuras importantes.

La dimensión estatal ensanchada con la confiscación de propiedades a personas y entidades vinculadas al régimen anterior, así como la Ley de Reforma Agraria, causaban recelos. Un estado tan absorbente y abarcador bien podría verse tentado al totalitarismo.

Aún se mantenían relaciones con Estados Unidos en un plano de normalidad, a pesar del cruce de alguna que otra nota de protesta de ambas partes.

En tal contexto histórico las sospechas sobre un oculto propósito comunista de la revolución crecían a diario, y la situaban en franco peligro. La repuesta no se hizo esperar: “Esta revolución es más verde que las palmas”, decían los máximos dirigentes. Al mismo tiempo proclamaban que iban minando con su “gente” el equipo de dirección, a la vez que se cantaba: “Si Fidel es comunista que me pongan en la lista, que estoy de acuerdo con él”.

Bajo tal coyuntura la iglesia católica de Cuba efectúa su Congreso Nacional que resultó un éxito, si se tiene en cuenta la asistencia de más de medio millón de cubanos, según la prensa de la época, que por momentos habla de un millón.

En un ambiente nacional de fanatismo colectivo, asedio y terror difusos, la alta jerarquía católica de Cuba se esforzó por presentar el evento libre de toda intención política, pero la efervescencia social era evidente. Los gritos de ¡Amor!, ¡Caridad!, ¡Perdón!, eran la contrapartida a los de ¡Paredón! y ¡Abajo la gusanera!

El gobierno aprovechó para congraciarse con el clero organizador. Fidel Castro, entonces Primer Ministro, el Presidente Osvaldo Dorticós; Juan Almeida, a la sazón Jefe del Estado Mayor del ejército y Efigenio Almeijeiras, Jefe de la Policía Nacional Revolucionaria, hacían acto de presencia en gesto cordial, y hasta ofrecían el avión de la presidencia para el traslado al Cobre de la imagen de la Virgen de la Caridad.

La revolución se sentía asediada y cuestionada. No era el momento de presentar batalla sino de contemporizar. Meses después se iniciarían las hostilidades pidiéndose el fusilamiento para los curas “traidores” y “falangistas”.

Cuarenta y nueve años más tarde y coincidiendo en la fecha, el sucesor de Fidel Castro, necesitado de alguna credibilidad internacional que sirva de justificación a sus benefactores de España y la Comunidad Europea, no tiene reparos en asistir a la ceremonia de beatificación del Padre Olallo; aceptar y agradecer el obsequio de una Biblia contentiva de la verdad revelada y encender una velita al Altísimo entre fieles de la iglesia ortodoxa rusa.

Es bueno que Raúl Castro, nada proclive al tema religioso, contemporice con las cosas del más allá. Aquí cabe aquello de que “cuando se afloja el cordón es porque el zapato aprieta”.


 


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