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Tirar un hueso a los perros
05-12-2008, Hugo J. Byrne

Cubamatinal/ Cuando el ex Primer Ministro británico Tony Blair condujo a su Partido Laborista a la victoria electoral, algunos socialistas radicales en el Reino Unido y Europa continental contaban si nó con un regreso directo a la economía regimentada, al menos un parcial retorno a las regulaciones y controles “orwellianos” que impusiera el equipo de Clement Atlee y Ernest Bevin a mediados de los años cuarenta. Se trataba del primer gobierno laborista después de la liberación económica que desarrollara Margaret Thatcher, quien deshizo con indiscutido éxito la mayor parte del ruinoso colectivismo del viejo “Labor Party”.

Blair no había dejado lugar a dudas que sus intenciones no eran esas. Comprendía que la prosperidad económica de los años de Thatcher podía disolverse rápidamente y que el estancamiento y pobreza de las décadas de la postguerra podían retornar de súbito, acarreando impopularidad al nuevo equipo gobernante. En consecuencia, la economía de mercado libre del gobierno conservador se mantuvo intacta, con modificaciones estéticas sólo en la periferia inconsecuente. Esto hizo posible que Blair se mantuviera en la cima de la popularidad política hasta que su apoyo a Estados Unidos en la guerra de Irak cambiara todo eso.

Fue en el aspecto “cultural” donde los neolaboristas de Blair hicieron un esfuerzo por contentar a “su base”. Usando su amplia mayoría en Los Comunes el laborismo logró, a través de legislaciones paulatinas, desarmar por completo al pueblo británico. Ya que las acciones criminales no pueden controlarse por legislación, el crimen armado se disparó enorme e inmediatamente y por la primera vez desde su fundación por Robert Peel, la policía londinense se vio en la necesidad de armarse hasta los dientes. Es el resultado ingrato de un irracional dogmatismo político idióticamente consagrado en ley.

Sin embargo, era necesario algo más dramático y un gesto condenatorio a las “derechas” no estaría de más. La oportunidad para eso se presentó como anillo al dedo con la visita a Gran Bretaña del ex dictador chileno Augusto Pinochet, quien buscaba tratamiento médico en Londres. Pinochet estaba entonces acusado de genocidio por un juez activista del izquierdismo español llamado Baltazar Garzón. A propósito, es interesante anotar que por ese entonces Garzón acusaba a Pinochet de la muerte o desaparición de menos de 3000 personas, las que había podido “identificar adecuadamente durante un proceso exhaustivo de muchos meses”. Hace algunos años el National Geographic Magazine, publicación científica de antaño y que está hoy “en la cama” con las causas del radicalismo ambiental y otros muchos “ismos”, publicó sin presentar la menor evidencia que el genocidio de Pinochet ascendía a 10,000 muertos.

Pinochet fue detenido por orden del gobierno Blair y sujeto a arresto domiciliario en Gran Bretaña durante varios meses que vieran una frenética acción diplomática por parte del juez Garzón, quien insistía en la deportación del ex dictador a España y por parte del nuevo Presidente de Chile, Patricio Elwin, antiguo opositor de Pinochet, quien a pesar de ello consideraba que el arresto del ex Jefe de Estado de su país constituía una mayor violación de protocolo y un insulto diplomático.

Como era de esperarse, Pinochet fue finalmente puesto en libertad, regresando a Chile, donde fue procesado políticamente. Los ridículos vaivenes de ese proceso aún continuaban cuando sobrevino la muerte del viejo soldado, dando final al sainete.

¿Estamos contemplando una situación similar ahora en los Estados Unidos? Eso creo. Hoy observé al “Mesías” electo escoger a varios miembros de su primer gabinete. Las libertades fundamentales que garantiza el “Bill of Rights” están en gran peligro a pesar de las sonrisas cocodrilianas y del cacareado bipartidismo. Para empezar, dos de los más importantes designados, la próxima Secretaria de Estado y el próximo Procurador General, han demostrado con acciones prácticas un rechazo filosófico a varias de las diez primeras enmiendas de la Constitución.

Hillary Clinton y Eric Holder se oponen al derecho de los ciudadanos a poseer legalmente armas de fuego para defensa personal y desearían eliminar la segunda enmienda, o anularla de facto con legislación arbitraria, usando como excusa las necesidades del Departamento de “Homeland Security”. El record oficial de Holder incluye su opinión de que poseer armas de fuego no es un derecho individual sino “colectivo”, que se aplica solamente a la milicia. Aún desconociendo el reciente fallo de la Corte Suprema, sería necesario preguntarle a Holder porqué los firmantes de la Constitución exigieron que a cambio de esa firma se agregaran las diez primeras enmiendas garantizando derechos individuales e inalienables. Si no garantiza un derecho individual, ¿por qué se incluyó segunda enmienda en el “Bill of Rights”? Holder, al igual que Hillary Clinton, no es ignorante del tema.

Este tenebroso personje (también como Clinton) es sólo deshonesto. Deshonesto y peligroso. Se le sospecha cómplice en el perdón extendido por el ex Presidente Clinton a terroristas puertorriqueños que cumplían prisión por asesinato de ciudadanos de Estados Unidos, con el objeto mercenario de ayudar a Mrs. Clinton a obtener el voto boricua en su campaña para una senaduría de New York. A eso se podría agregar su notoria complicidad con Clinton en otros perdones ejecutivos y otras varias actividades del mismo nivel ético que lo incapacitarían para confirmación a Fiscal General por cualquier Senado, salvo el que quizás exista en Washington después del 20 de enero del 2009.

 

Aunque no hay todavía un consenso o una decisión oficial al respecto, todas las conjeturas convergen en que el “Mesías” traicionará a su “base política” postponiendo indefinidamente tanto el aumento a los impuestos como los muchísimos nuevos programas de gastos multibillonarios que prometiera. Le presente debilidad económica norteamericana ni remotamente se lo permite.

La permanencia de Gates en la Secretaría de Defensa, también parece insinuar que las obtusas promesas de evacuar inmediatamente Irak y de cortar los gastos de defensa, tan familiares durante las primarias y a las que empezara a poner sordina durante la campaña presidencial, eran sólo aire caliente para consumo de los quienes votaran por “el cambio”.

Sin embargo, tal como Blair en la década pasada, Obama se verá obligado a tirarle algún hueso a sus perros. ¿Qué medidas podrían satisfacer las aspiraciones de la izquierda radical demócrata? En la ausencia de programas domésticos de ruina, tendrían que ser en la política externa. Aparte de una subvención más generosa a la antinorteamericana ONU, ¿qué más? ¿Las prometidas conversaciones ejecutivas con Irán? Posibles pero bastante improbables.

Obama quizás no tenga condiciones previas, pero Ahmedinejad sí las tiene: entrega de Israel en bandeja de plata. ¿Arreglos de las “diferencias” con Rusia y China? Nunca ocurrirían sino a costa de los intereses nacionales y aceptar eso es políticamente peligroso para el muy prudente Obama. ¿Reducción de tensiones con el “Macaco Mayor” de Venezuela? No cuenten los lectores con esa posibilidad: Chávez es demasiado inestable y además ha insultado públicamente a la muy altiva próxima Primera Dama (“Aunque se vista de seda...”).

Sólo queda una tiranía en este mundo que cuenta con las simpatías de la extrema izquierda del Partido Demócrata y la que desea fervientemente que el depauperado tesoro de Estados Unidos le saque las castañas del fuego mediante la extensión y garantía de crédito. Los amables lectores saben cuál es. Está en La Habana y allí el Hermanísimo Raúl espera muy angustiado a que su mentor reviente de una vez por todas para extender invitación a Washington a recoger los despojos de Cuba.

Consecuentemente nosotros, los exiliados cubanos, somos el más probable hueso que Obama puede tirar a sus perros


 


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