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Barrios olvidados
03-12-2008, Tania Díaz Castro

Cubamatinal/ Gumersindo es un hombre triste que se la pasa caminando de un lado a otro sin saber qué hacer. Viste como los mendigos del antiguo capitalismo criollo, pero dice que no es un mendigo. De vez en cuando come de fiado en el timbiriche de la calle 7ma. del municipio Santa Fe, donde trabajó en la limpieza durante un tiempo por pura lástima del dueño.

En sus cincuenta años, aunque parece que tiene veinte más por lo envejecido y famélico, siempre ha vivido en barrios marginales de La Habana. En lo último de El Bajo, en Santa Fe, barrio que colinda con otro llamado Luz Brillante, donde muchos cocinan con ese combustible tan peligroso para la salud, y propicio a las quemazones.

Gumersindo tiene su cuarto mínimo a orillas del mar, construido por él mismo con palos viejos y láminas de cinc recogidas de la basura. Su cuarto está rodeado de casuchas a punto de caerse, como ocurre en estos barrios que sobreviven en pleno siglo XXI, en el paraíso terrenal que es la isla de Cuba.

-Allí voy a dormir, no siempre, porque la verdad es que a veces, huyendo de los mosquitos de El Bajo, me agarra la noche en cualquier portal o pasillo de alguna casa. Pero no por eso me considero un mendigo, ni un paria de la sociedad. Soy un hombre como otro cualquiera que si ha robado alguna vez ha sido para comer.

Le pregunto por sus estudios. Dice que no tenía cabeza para los libros. Por eso se escapaba de la escuela hasta que fue ingresado en un reformatorio de niños con problemas.

-Niños con poca cabeza -me dice- o niños candela, de esos que no respetan ni a su madre. Allí me puse más rebelde, hasta que fui a parar al "tanque". ¿Sabe lo que es? La cárcel. Yo tenía 17 años. En el "tanque" viví más de cinco, cuando robé por hambre, como le dije.
Hoy, Gumersindo sigue buscando su comida no sabe ni cómo. Por eso acepta un trago de ron a quien se lo brinda, porque así controla el hambre y duerme mejor.

Me cuenta, mostrándome sus encías limpias de dientes, que el otro día, cuando el ciclón Ike, casi se va al otro mundo. Era de madrugada y soñó que flotaba en el mar, mientras contemplaba la luna embelesado, casi al alcance de su mano.

-Fue un sueño de lo más extraño. Luego, cuando sentí el agua salada en la cara, comencé a nadar y a nadar sin cansarme. ¡Yo, que tenía tremenda borrachera! Pero entonces se me tupieron las narices y no podía respirar. Era que me estaba ahogando. El Bajo estaba repleto de agua. Hacía horas que la marea subía y subía y yo soñando como un verraco. Estuve toda la madrugada sacando agua con un cubo, hasta de las casitas de los vecinos. Así se vive en estos barrios olvidados por la revolución.


 


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