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Tan sexis y tan tristes
26-11-2008, Luís Cino

Cubamatinal/ Están en ciertas páginas de Internet. Tras ellas, las paredes desconchadas y con cicatrices pregonan que malviven en La Habana. Se anuncian, en colores, al mejor postor. Esperan a alguien con plata, no importa la edad, el idioma ni como huela, que se las lleve lejos.

Son adolescentes tan bellas y sensuales, tan súper sexis que te hacen sentir mal. Tan mal como si también tú fueras culpable de sus impúdicas poses, de las sábanas revueltas, la humedad en las paredes o la tristeza que no logran ocultar sus ojos de niñas.

Me preocupé cuando vi sus fotos y en vez de excitarme, sentí algo muy parecido a la depresión. Pensé que me ponía viejo. Luego comprendí que la pena no tiene que ver con la edad ni la testosterona. La rubita de una foto me recordó a mi hija. Las demás, rubias, trigueñas o mulatas, me recordaron a las hijas de algunos amigos.

Ni siquiera para “las hijas de mujeres que amé tanto”, me he vuelto un santo. No vivo en las nieves de Laponia. Sé muy bien como es “esto”. Al duro y sin guantes. Precisamente por eso, hay cosas que mi estómago ya no puede soportar. Traté de digerirlas durante demasiado tiempo. Ya no puedo con tanta mierda.

No quiero me digan que no son putas, sino que están en la lucha. ¿Hasta cuándo vamos a embarrar las palabras y a hacerlas cómplices de la mala conciencia nacional? No me van a consolar con aquello de que son las putas más instruidas del planeta. Allá los degenerados que se consuelan con ese sofisma cínico e infame. De ser cierto, la vergüenza sería mayor. Esas muchachas, tan cultas y saludables, no tendrían necesidad de venderse a cualquier baboso por un trapo o una cena en La Cecilia.

No voy a negarlo. Putas siempre hubo. Aún después que la revolución anunció que había acabado con ellas. Sólo que no eran tantas ni tan jóvenes como ahora.

Recuerdo, cuando aún no las llamaban jineteras, con la falda muy corta, tras el rastro de los marineros griegos o de cualquier otro marino que no fuera ruso. Los tripulantes de los barcos soviéticos apestaban y tenían poco que dar. Apenas cigarros papirosas y camisas de nylon. Ellas, por lindas, desdichadas, y porque no eran culpables de ser putas, merecían mucho más.

Algunas fueron mis amigas. Les gustaban los pantalones Lee, las películas de Alain Delon, la música de las emisoras americanas. Ninguna aspiraba a pescar un dirigente. Me ayudaron a escapar. Sin comillas. Me mataron el hambre. Todas las hambres. Una noche, en el Scherezada, una me abrazó por la cintura, juró que me amaba y que siempre sería sólo mía. Como en una canción de Manzanero que bailamos muchas veces. No sé por qué rincón del mundo andará. Qué importa si mentía. Por entonces, todos, de una forma u otra, mentíamos. Sólo así pudimos sobrevivir.

Ellas tenían la mirada triste, pero no tan desoladoramente triste como la muchacha que se acaricia el clítoris, me saca la lengua y me mira desde la pantalla del ordenador. ¿A quién va a engañar con su risa y su lujuria de utilería? Tampoco me engañan las carcajadas huecas de las que esperan clientes en la puerta de La Macumba o de la Casa de la Música de Miramar. Tampoco me hacen creer que van contestas las que caminan, el culito apretado y la barriguita al aire, preciosa y vacía, por las aceras de Obispo rumbo al Parque Central.

Sabemos bien cuan terrible es lo que pasó y todavía pasa en nuestras vidas. ¿O será todo lo que no pasó? La juventud que nos robaron en espera del cumplimiento de las metas y las promesas. La felicidad que no pudimos tener porque la patria (o lo que llamaban la patria) siempre esperaba con gesto hosco por nuestro sacrificio.

No me engañan, pero puedo entender (¡qué remedio!) por qué se desnudan y miran desafiantes a la cámara. Ni siquiera tienen que justificar si se besan o restriegan con otras. No importa más allá del lente, son gajes de la lucha.

Ellas “no están en nada”. Sólo se aburrieron de comer mal y dormir en una barbacoa. De la telenovela brasileña y las canciones de Carlos Varela y Paulito FG. De limpiar los pasillos de las becas en el campo y chivatear a las amigas. De la bicicleta del novio y de la peste a sudor que deja hacer el amor, de prisa y con condón, entre los matorrales.

Alguien les dijo que la vida podía ser algo más y ellas reventaban de ganas de creer, por poco que fuera, en algo. Por ejemplo, un marido extranjero.

No me lo vuelvan a decir, acepto que “no hay más ná”. OK, pero no me pidan que me excite y se me haga la boca agua con sus fotos. No quiero pagar sus tarifas en cuc en uno de los inmundos cubiles habaneros de la gozadera. Me sentiría indigno y ruin. Y muy viejo. Tan viejo como los dinosaurios culpables del desastre. Mi generación, tan mísera y hambreada como la de estas muchachas, no se adapta a pagar por “hacer el amor”. Menos con niñas. Una buena señal, después de todo.


 


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